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Honrar el verdadero templo que es la persona

Cuando sentimos hablar de templos naturalmente pensamos en los edificios materiales, sin embargo, Cristo le dará una nueva dimensión a este concepto, al considerar templo a la misma persona y declarar que es, justamente la persona, el lugar sagrado por excelencia donde de hecho puede habitar Dios.

“El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él”. También el libro del Apocalipsis cuando habla de la Iglesia primitiva como “la Jerusalén celeste” o “la ciudad santa”, está haciendo referencia a la “comunidad de los creyentes”, vale decir, a la “congregación de los fieles que reunidos en el nombre del Señor”, conforman ese “gran templo” donde, “la gloria de Dios resplandece como la más preciosa de todas las perlas”. Tan claro es este texto en relación a la nueva comprensión del templo que afirma: “No vi ningún templo en la ciudad, porque su templo es el Señor Dios todopoderoso y el Cordero”.

Son las personas entonces el lugar privilegiado donde Dios puede habitar. Las consecuencias que se sigue de esto es obvia, la persona es sagrada y merece según la palabra de Dios, esta consideración. Si bien es cierto debemos un sagrado respeto al templo material por lo que simboliza, no podemos olvidar que el más sagrado de todos los templos es la persona. Cuántos ultrajes a ese templo en los miles de inocentes que mueren cada día a causa de las guerras, de la corrupción y de la injusticia.

Es probable que Dios si bajara hoy al mundo no iría a las iglesias, porque de hecho Él vive en la Santa Eucaristía, sino a los lugares donde ultrajan a las personas. Iría con látigo a los lugares donde se promulgan leyes para la muerte de los inocentes ya sea por atentar contra la vida como para privilegiar intereses personales , ideológicos o de corporaciones que matan millones de niños, ancianos y pobres todos los días. Iría a los lugares donde se imparte la justicia a desenmascarar la injusticia justamente de una justicia potable a los más poderosos y privilegiados antes que la custodia y la protección de los más frágiles. Jesús iría a los estamentos de poder, como hizo cuando entro al templo de Jerusalén que expresaba la elite religiosa de aquel tiempo para desnudar la falsedad y la hipocresía de aquellas autoridades bajo el disfraz de una santidad y una pureza ficticia. Iría seguramente con el látigo a todas las expresiones de nuestra vida social donde se explota al pobre y se le priva de lo esencial al pobre e inocente, porque ese es el mayor ultraje y ofensa que se le puede hacer al templo, en la persona del pobre, donde vive preferencialmente el altísimo.

Por eso vivir, vivir nuestra fe solo desde la perspectiva del templo material es no haber entendido aún la palabra de Jesucristo y estaríamos todavía de algún modo atrapados en la comprensión de la fe desde el punto de vista “material” y no desde la hondura espiritual a la que nos lleva entender y vivir la fe desde la comprensión de la iglesia como un templo vivo, edificado justamente, por cada una de las piedras vivas que son los hijos de Dios en cada bautizado. Para explicar concretamente lo que pretendo decir pensemos en las veces que cuando entramos a una Iglesia cambiamos la cara, los gestos y las posturas y nos sentimos los seres más buenos del mundo; nos inunda la certeza de “lo sagrado” y sentimos que por estar en ese lugar estamos más cerca de Dios. Sin embargo, cuando salimos de ese lugar volvemos a la realidad profana y nos comportamos como profanos, vale decir como personas sin sentido de lo sagrado y nuestro comportamiento no expresan en el modo como tratamos al prójimo, ni bondad ni santidad.

En el templo nos volvemos santos y afuera donde interactuamos con cientos de templos, nos transformamos demonios, algo así como como el doctor Jekyll y el señor Hyde, la famosa historia de esa doble personalidad en la que en un mismo hombre convivían la bondad y la maldad al mismo tiempo. Rezamos mucho, comulgamos asiduamente, leemos la palabra de Dios, pero no amamos al prójimo y en muchos casos, especialmente a los pobres, los tratamos muy mal. El templo de Dios está en la persona y es a las personas a las que tenemos que tratar bien, para honrar realmente a Dios en espíritu y en verdad. Adoramos la presencia de Dios en la Sagrario pero nos cuesta tanto hacerlo en los hermanos. Ser fieles a Cristo y cumplir sus mandamientos, significa por lo tanto honrarlo y amarlo en el prójimo donde él vive.

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