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Italia elige nuevo gobierno

Hoy se vota en el país del equilibrio inestable

Superadas las rebeliones antiglobalización de principios de siglo, y fracasada la intervención italiana en la ocupación de Irak, la política peninsular intentó superar su crisis mediante aquel extraño y tácito acuerdo tripartito Prodi-Berlusconi-D’alema en 2006 en un país con más de 70 años de extraños acuerdos de convivencia en el poder. Eso llevó al gobierno a Romano Prodi, con un programa de reducción de gastos sociales y profundización de la flexibilidad laboral, más la promesa de bandera verde para el movimiento de capitales europeos en el mercado italiano.

   Cierto apoyo internacional y la depresión causada por las frustraciones populares ofrecieron a Prodi un primer período de inmovilismo político, que algunos confundieron con estabilidad. Pero tanto el gobierno como su programa para superar la crisis local se vieron inmediatamente sacudidos por la crisis mundial eclosionada en 2008, cuyas profundas consecuencias siguen sacudiendo al mundo, y obviamente a Italia. 

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Los tres líderes que encabezan las fuerzas que se disputan la elección. Sólo Di Maio y Renzi podrían acceder al gobierno, ya que Berlusconi está legalmente impedido por condenas judiciales.

   Esa nueva crisis trajo al poder nuevamente a Berlusconi, que a su vez debió dimitir en medio de escándalos de todo tipo en 2011, y entonces vino un par de gobiernos “técnicos” impuestos por la “troika” conformada por el Banco Central Europeo (BCE), el FMI y el Consejo Europeo. La experiencia dejó a Italia con un PBI per cápita inferior al de 2008 y, según el FMI, sólo podría recuperar ese nivel… ¡en 2024! Como extras, el sistema bancario peninsular tiene el 40% de los préstamos incobrables en el conjunto de la zona euro, y una deuda pública del 130% del PBI (dos billones de euros). El paisaje político se pobló de caras extrañas, como el Movimiento 5 Estrellas y los Hermanos Italianos…

   Entonces, llegó una nueva promesa de estabilización: Matteo Renzi. El exalcalde de Florencia, ex “independiente”, en un magnífico golpe de mano en el río revuelto se hizo a un tiempo con el control del Partido Democrático ─el engendro que combinaba a la derecha excomunista con la izquierda cristiana─ y tomó el gobierno en 2014. Renzi ejecutó un par de trucos que parecieron estabilizar el escenario, entre ellos, el logro de sostener por unos meses la financiación de los virtualmente quebrados bancos italianos a costa del BCE, en contra de los deseos de la mismísima Angela Merkel.

   En ese momento, el primer ministro creyó llegado el momento de lanzarse con un proyecto que le daría armas excepcionales para encarar el caos económico y bancario del país, el más profundo y temido de toda Europa. Propuso un plebiscito donde se votara una reforma política, con la que pretendía transferir poderes de los gobiernos locales al gobierno central para ejecutar privatizaciones y concesiones, por un lado. Por otro lado, quería imponer una vía judicial rápida para tramitar quiebras de bancos y ejecutar deudas impagas, requisitos imprescindibles para una buena temporada de liquidación y rescates bancarios.

   Pero Renzi había convocado este plebiscito antes del Brexit… La amplia derrota de su llamado a votar “sí” no fue menos impactante que la del premier británico antes que él, y que la de Clinton a manos de Trump, apenas después. Por ello, tras la renuncia de Renzi, Italia viene de transitar un año en el que su sistema político ha quedado todavía más débil que su sistema bancario. Así, el logro más grande de sus sucesores, el presidente Sergio Mattarella y el primer ministro Paolo Gentiloni, ha sido el de llegar a las elecciones. 

Empate “catastrófico”

   Hoy se llevan a cabo los comicios generales para renovar las dos cámaras y elegir nuevas autoridades. Italia, república parlamentaria, elige 630 diputados y 315 senadores, que elegirán luego su primer ministro y equipo de gobierno. La campaña electoral viene “sucia”, con temas como discriminación, racismo, inmigración, antieuropeísmo, en el tope de la agenda, con la situación social en decadencia, y proclamas electorales que van de la radicalización a la barbarie por parte de muchos candidatos. La economía italiana no se ha recuperado de la crisis de 2008, con un crecimiento relativo muy lento, empleo precarizado y de baja calidad, con amplio descontento en extensos sectores sociales.

   Las encuestas muestran a tres grandes bloques dominando la elección: la heterogénea coalición de derecha y extrema derecha conformada por la Liga Norte y los Hermanos Italianos, liderados por el inagotable Silvio Berlusconi con su Forza Italia. La coalición de centro, liderada por el exprimer ministro Matteo Renzi del Partido Democrático, y el Movimiento 5 Estrellas, partido con varias elecciones encima, pero que mantiene su impronta de imprevisibilidad, con posibilidad de aliarse a uno u otro bando, o de forzar nuevas elecciones en poco tiempo.

   Se vaticina una ventaja de los derechistas berlusconianos sobre los otros dos, aunque ninguno de los tres alcanzaría mayoría en las cámaras. Incluso dentro de la centroderecha conviven posiciones diversas que van desde el europeísmo de Berlusconi al antieuropeísmo de Matteo Salvini, el líder del partido Liga Norte. Según los politólogos, cualquier empate, sea dentro de la coalición de derecha o en la elección general, sería “catastrófico”. Si no hay claros ganadores, se abrirían tres posibilidades: una gran coalición “a la alemana”, mediante acuerdos de algunos sectores entre bloques; un gobierno “del presidente”, es decir otro gobierno “técnico” con agenda acotada (lo que implicaría volver a 2011); o bien, una nueva elección, lo que vendría a prolongar la agonía presente.

“El paraíso populista”

   Si el “empate catastrófico” no se resolviera con una “grande coalizione” entre los partidarios de Renzi y Berlusconi (la solución más deseada en las capitales europeas), una cuarta opción, tan poco probable como temida por todo el establishment, es una alianza entre Beppe Grillo (M5S) y Matteo Salvini (Liga Norte). Entonces Italia -uno de los países fundadores de la UE y tercera economía del bloque-, se convertiría en un “paraíso populista”, un laboratorio político para nacionalistas xenófobos y demagogos oportunistas que podría acarrear incalculables desastres para la Italia republicana y europeísta (virtudes ambas que sin embargo la han traído a esta situación) y sombrías repercusiones en los países del continente donde crecen fuerzas ultraderechistas y nacionalistas (casi todos).

   El mismo Salvini, que pretende disputar el liderazgo de la coalición derechista a Berlusconi, sugirió la posibilidad de una alianza con Grillo. “Podría llamar a Beppe la noche de las elecciones si no hay un vencedor claro”, deslizó la semana pasada, pasando por encima del candidato oficial del M5S, Luigi di Maio, quien se hizo con la candidatura aprovechando ciertos cuestionamientos partidarios contra Grillo. El líder de los grillini -como llaman a sus simpatizantes- aceptó el diálogo, aunque rechazó la oferta de plano: “Son acosadores. No queremos compartir nada con ellos”. Pero en Italia nadie se sorprendería si al final Grillo cambiara idea. No sería la primera vez en su corta carrera política.

   ¿Sería viable una alianza así? “No veo muchas posibilidades que se dé una situación semejante”, dice Roberto Biorcio, profesor de la universidad de Milán y autor de El populismo en la política italiana. “Las diferencias entre Grillo y Salvini son demasiadas: por ejemplo, el Movimiento no tiene una postura antinmigrantes tan fuerte como la de la Liga, mientras la Liga no comparte la idea de los grillini de una renta básica universal”. Pero muchos creen que podrían alcanzar acuerdos sobre todo respecto de la relación con la Unión Europea -ambos partidos critican “el chaleco de fuerza del Euro” y más de una vez propusieron la salida de Italia de la moneda única. Otro punto en el que alcanzarían postura similar es en la “mano dura” contra la inmigración.

La izquierda ausente

    Italia fue el país que albergó al Partido Comunista más grande y con mayor influencia de occidente. Ese partido, a su vez, fue el primero, a mediados de los ’70, en eliminar de su programa el concepto de gobierno obrero, y el primero en aceptar la posibilidad de gobernar bajo la tutela de la OTAN, cuando aún existía la Unión Soviética. Aquel sacrificio extremo de su programa y estrategia lo llevó a la desaparición completa como fuerza política actuante en menos de tres décadas.

   La sociedad y la política italianas albergaron algunas de las primeras grandes rebeliones contra la globalización, cuando promediaban los ’90. La mayoría de los protagonistas de aquellas luchas, o bien se mantuvieron en el terreno de la “resistencia cultural” o, cuando ingresaron en la arena política formal, optaron por subordinarse a alguna expresión de las “menos malas” de la Europa del euro. Estos antecedentes explican buena parte de la situación actual, donde el electorado de izquierda o progresista deberá optar entre el voto a un candidato que no le gusta -o que detesta, o la abstención.

Finale ma non troppo

   Detrás de toda la habitual parafernalia electoralista, superdimensionada en Italia, dos proyectos económicos muy radicales aguardan definiciones y esperan imponerse para superar el estancamiento y revertir el estado de quiebra virtual del sistema bancario. Uno es el patrocinado por la Unión Europea, ya conocido en todo su ámbito, de recortes, austeridad, precarización laboral y ahogo del consumo, a cambio de financiación e inversiones. Otra corriente del empresariado italiano se opone a las pretensiones de la Comisión Europea porque provocará una recesión feroz, y plantea en cambio una privatización generalizada del patrimonio cultural del país para reducir el conjunto de la deuda pública, sin verse obligados a hundir la demanda interna con asfixia impositiva y recortes.

   La paradoja es que hasta el remate del grandioso filón cultural necesita financiación internacional, y por eso no fue implementado hasta el momento. Otra paradoja, la especie más abundante en Italia y en el mundo actual, es que ambas propuestas económicas tienen candidatos en todas las fuerzas, desde la ultraderecha nacionalista hasta el centroizquierda más europeísta. Y esa es la razón de fondo del probable “empate catastrófico” tan señalado por los observadores.

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Una vista del sobre que recibieron los votantes sudamericanos.

Argentina, esa región italiana

   Los italianos que votan en el extranjero eligen un cupo de 12 diputados y 6 senadores. Las regiones electorales en el extranjero son cuatro: Norteamérica, Sudamérica, Europa y Asia (más África y Oceanía). De ellas, la América de Sur es la que tiene el mayor electorado italiano, con 1,6 millones de votantes. Y la Argentina sola aporta el 50% de esa cifra.

   Los cuatro diputados y dos senadores que deben ser electos en Sudamérica serán de vital importancia en la elección del próximo Jefe de Gobierno italiano, dada la situación de virtual empate que anticipan las encuestas. Esto ya se vio en 2006, cuando un senador electo por Sudamérica fue clave para lograr la mayoría circunstancial para el gobierno de Romano Prodi.

   De allí que muchos vecinos de las principales ciudades argentinas hace al menos quince días que recibieron por correo un gran sobre con el material electoral para votar en las elecciones italianas, y ya enviaron su boleta por correo al consulado, que las recibió antes del 1 de marzo y ya las mandó a Italia, donde se contarán este domingo, junto a los sufragios de la península.

   En Sudamérica se presentaron nueve listas, algunas de agrupaciones “locales”, otras de partidos italianos. Entre las fuerzas de aquí se cuentan el MAIE, el USEI y Unital, con reivindicaciones específicas de los italianos que viven en Sudamérica. Entre los partidos peninsulares se ofrecen el Democrático, Forza Italia, Liberi ed Iguali, + Europa y el Movimento 5 Stelle. Los conocedores creen que conseguirán las bancas en disputa el MAIE y el Partido Democrático.

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