Armas nucleares no hacen el mundo más seguro
Desde que el mundo contempló, azorado, la tragedia humana provocada por la primera bomba atómica que Estados Unidos lanzó sobre Hiroshima en agosto de 1945, la lucha por lograr la prohibición de las armas nucleares y avanzar hacia el desarme total se ha convertido en uno de los desafíos más urgentes que tiene la comunidad internacional para evitar un conflicto bélico nuclear con consecuencias impredecibles para la humanidad.
Según los cálculos de la Organización de Naciones Unidas, actualmente existen alrededor de 150.000 armas nucleares en todo el mundo, una cantidad más que suficiente para borrar todo vestigio de vida sobre la tierra. A esto debe agregarse que el comercio de armas, en general, es una de las actividades más lucrativas del planeta y hay un sobrado caldo de cultivo para el surgimiento de mercados ilegales que no están bajo la lupa de los organismos de control de armas.
Frente a este escenario preocupante, esta semana el secretario general de la ONU, el portugués António Guterres, hizo un llamado a gobernantes de todo el mundo para realizar un nuevo esfuerzo global con el objetivo de librar al planeta de las armas nucleares. En la oportunidad, el titular del organismo internacional también lamentó que muchos todavía sostengan erróneamente que ese tipo de armamento hace al mundo más seguro, cuando en realidad lo vuelve más vulnerable. Así lo señaló en la Conferencia de Desarme que se acaba de realizar en Ginebra, donde se remarcó que además de ser las más peligrosas de la Tierra, las armas nucleares tienen capacidad para matar a millones de personas y poner en peligro tanto el medio ambiente como la vida de las generaciones futuras, ya que sus efectos a largo plazo resultan devastadores. Expertos de organizaciones no gubernamentales que promueven el desarme nuclear coincidieron en señalar que la sola existencia de estas armas ya supone un riesgo muy alto para la humanidad, y en ese sentido son preocupantes tanto los ensayos nucleares que realizó Corea del Norte, a pesar de las sanciones que la ONU impuso al régimen de Pyongyang, como la postura que asumió el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, cuando hizo alarde de tener a mano un botón nuclear “más grande” que el de su par norcoreano.
Pero así como es necesario que el mundo avance con los procesos de desarme nuclear, también es importante que los gobiernos acuerden un más efectivo control de las de tipo convencional y las llamadas de nueva generación. En ese sentido, conviene detenerse en lo que planteó esta semana en Ginebra el secretario general de la ONU al observar que es necesario poner la lupa sobre los riesgos potenciales y desafíos que suponen las armas del futuro, ya que el empleo de nuevas tecnologías en la industria militar ha permitido desarrollar armas autónomas y automáticas, y sistemas basados en inteligencia artificial que son mucho más letales que las armas convencionales.
Los países de América Latina y el Caribe tienen algo que decir en este tema ya que la firma del Tratado de Tlatelolco, que tuvo lugar en 1967, convirtió a Latinoamérica en la primera zona libre de armas nucleares en una región densamente poblada en el planeta. Cabe recordar, por otra parte, que recién un año después se adoptó el Tratado de No Proliferación de las Armas Nucleares, que está en vigor y ha logrado que solo un número reducido de países cuenten con arsenales nucleares.
Esta semana en Ginebra se insistió en señalar que las armas nucleares, mientras existan, son la mayor amenaza que se cierne sobre la humanidad, ya que la enorme capacidad destructiva de una sola de ellas es suficiente para matar a cientos de miles de personas y devastar ecosistemas, economías, regiones agrícolas y establecimientos sanitarios en pocos minutos. La comunidad internacional debe redoblar sus esfuerzos para librar al mundo de las armas atómicas, y si bien hasta ahora han sido utilizadas solo dos veces en la guerra en los bombardeos sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945, es evidente que los programas de desarme son el mejor camino para evitar que el mundo siga viviendo con el temor de sufrir una destrucción masiva.










