Cambiar la figura del mundo
En el camino cuaresmal nos encontramos este domingo con la imagen de la transfiguración, es decir, Jesús de Nazaret que en el monte Tabor cambia su imagen terrenal de carne y hueso para mostrar en transfiguración su verdadera identidad de hombre - Dios.
En el fondo lo que la palabra de Dios nos revela con este relato es que la venida de Jesucristo al mundo tuvo como misión cambiar la figura falsa del mundo por aquella verdadera que tiene que ver con la esencia divina que tiene la entera creación, por el solo hecho de que toda ella es obra de Dios.
Podríamos decir que el ADN de todo lo creado tiene el sello divino, en tanto cuanto todo ha salido del dedo de Dios. Sin embargo esa creación que emergió del amor divino totalmente inocente, fue contaminada por el pecado del hombre. Dios por ser amor hizo al hombre libre y se suponía que el ejercicio de esa libertad debía ser siempre en orden al bien, en plena sintonía con la voluntad de aquel que le había dado la existencia.
Lamentablemente eso no sucedió de esta manera. En efecto, el hombre corrompe el orden moral de justicia, armonía, inocencia y santidad que le había conferido a todo lo creado y transgrede el mandato divino corrompiendo toda la creación, al violar la ley divina. Errante a lo largo de los siglos el hombre irá degradando sistemáticamente todo, como consecuencia de esa desobediencia.
La muerte, la injusticia, la violencia, las guerras, serán la expresión cabal de ese desorden que introduce el pecado en la creación. Y ese jardín del Edén, paraíso terrenal, que debía ser una imagen del paraíso celestial desde donde había salido todo, se transformó en mundo nefasto que lejos de reflejar el cielo, lo que reflejara será el infierno, que es justamente el núcleo maligno desde donde emergen todos los males del hombre. Así de descompuesta la obra perfecta soñada por Dios, tal desorden y caos, moverá a compasión el cielo que inmediatamente después de la caída del hombre a instancias del pecado original, iniciara el proceso de la restauración y, de la regeneración de todo aquello que el pecado había destruido.
El cometido será devolverle a la entera creación la imagen y semejanza de aquel que la había creado, para que esta vuelva a ser el reflejo indudable del amor creador de Dios. Todo el antiguo testamento es prueba de esa historia de salvación que Dios llevará adelante a lo largo de los milenios para recuperar al hombre de la maldad y del pecado. El instante luminoso de esa restauración será la venida del Hijo de Dios al mundo. Jesucristo viene en efecto, a colocar la historia de nuevo en la dirección correcta para cumplir plenamente el proyecto de Dios. Cada gesto, palabra, milagro e instrucción que sale de la boca y del corazón de Jesús, tienen que ver con este cometido restaurador y salvador. En efecto si miramos atentamente la biografía de Jesús de Nazaret, el Cristo, nos daremos cuenta que cada cosa que Jesús hace, sana, libera, restaura, devuelve vida y deja en claro que esa acción la ejecuta como Dios.
En Jesucristo, la segunda persona de la santísima Trinidad, Dios mismo en el Hijo que es indivisible como Dios en comunión perfecta con el Padre y con el espíritu santo, vuelve a recrear la entera creación, para devolverla a su estado de inocencia original. De este modo a instancias de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, la deuda humana fruto de su rebeldía, queda cancelada por el Dios humano y divino que en perfecta justicia salda la deuda humana en la humanidad de Cristo que como humano, padece las consecuencias del pecado y como Dios vuelve a crear todo gracias al sacrificio vicario de Jesús el salvador.
Así, la segunda persona de la santísima Trinidad se ofrece en inmolación de amor para que la historia vuelva a su curso natural de manera que pueda completar en el espacio y en el tiempo el diseño de amor para la que fue creada. El pago vicario de esa deuda necesitaba de una ofrenda de amor dada en sacrificio purificador y restaurador. En efecto, Dios podría, porque es Dios, restaurar todo lo que el pecado había dañado por otros caminos, no quizá por el camino de la cruz y el del sufrimiento, pero entonces esa acción restauradora de parte del hombre no tendría ningún mérito porque todo la habría hecho Dios. Es por eso que Dios decide tomar carne, para salvar al hombre desde y en su propia carne. Y allí si la salvación del hombre obtendrá el mérito necesario para que tal acto salvador tenga también la participación del hombre. Sin embargo, el hombre debía llegar a conocer que en esa carne vivía un Dios omnipotente y todo poderoso que por amor había decidió humillarse y bajar a la condición humana para rescatarnos del infierno.
En otras palabras, Dios desciende al infierno para secarnos de allí. La transfiguración de Cristo revela por un instante a algunos discípulos privilegiados la verdadera identidad de Jesús de Nazaret, al cambiar su figura humana por la del Cristo. La transfiguración del señor nos recuerda de esta manera que la figura del mundo, tan oscura, tan pecadora y tan alejada de Dios, llegará en algún momento a su transfiguración, vale decir, al paso de la oscuridad a la luz, de la mentira a la verdad y de la muerte a la vida.
Es lo que está sucediendo de hecho hace dos mil años, millones de seres humanos que entrando en la dimensión de Cristo, cambian su figura humana para convertirse en seres luminosos cuyos cuerpos resplandecieron en su época para iluminar el mundo y siguen resplandeciendo para guiar la historia al deber ser de su designio divino. Desde los apóstoles hasta todos los santos de ayer de hoy y de siempre.










