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Ultramaratonista

Sebastián Armenault: kilómetros de solidaridad

A los 40 años corrió por primera vez. “No me gustaba correr, pero acompañé a un amigo y lo tomé como un desafío”, recuerda Sebastián Armenault. Recorrió sus primeros dos kilómetros alrededor de los lagos de Palermo, sin sospechar que luego vendrían varios miles más.

Cinco años más tarde participó en su primera ultramaratón, los 170 kilómetros del desierto de los Emiratos de Omán, con muchas dificultades porque perdieron su bolso con todo el equipo. Esto no lo desmoralizó e insistió en participar, revelando un tesón que sería clave en su elección de vida. Al regreso, renunció a su trabajo y comenzó un nuevo proyecto: conseguir espónsor por correr y que los fondos se destinen a ayuda solidaria.

Su perseverancia y determinación lo llevaron a convertirse en el primer sudamericano en pertenecer al exclusivo Club 7 Continents, por haber corrido al menos una maratón en América del Sur, América del Norte, Asia, África, Europa, Oceanía y Antártida.

A los 50 es un referente único por su proyecto, junto a las empresas que lo apoyan. Corrió más de 25.000 kilómetros y donó más de cinco millones de pesos.

¿Cómo decidió dedicarse a correr?

-La primera vez me invitaron y fui para acompañar. No me gustaba correr, si bien desde muy joven jugué al rugby. Y, aunque era un “patadura”, corría durante lo que duraba un partido. Me propusieron dar una vuelta a los lagos de Palermo, dos kilómetros aproximadamente. Esos primeros pasos me revelaron que, en lo profundo, me gustaba correr. Y fui por más.

Me propuse seguir sumando kilómetros en cada carrera y corrí tres, y después cuatro… Y descubrí que mi victoria era superarme sin preocuparme por los tiempos o por subir al podio.

Comencé a anotarme en carreras cada vez más largas, mientras llevaba una vida “normal”: trabajaba en una oficina, cocinaba, lavaba la ropa, porque tengo dos hijas que en ese momento eran chicas, etcétera.

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170 kilómetros en el salar de Uyuni, Bolivia.

¿Qué trabajo hacía entonces?

-Era gerente comercial en una empresa de telecomunicaciones. Iba a la oficina de lunes a viernes, viajaba mucho, todos los días de saco y corbata, como tanta gente.

Entrenaba una hora y media, cuatro veces por semana. Y así lo sigo haciendo, porque la idea también es demostrar que está al alcance de todos.

Fui participando en carreras cada vez más largas, hasta los 170 kilómetros del desierto de Emiratos de Omán, que fue el punto de inflexión.

Una carrera que sentí en lo profundo porque pasé muchas dificultades, empezando por la pérdida de mi bolso con el equipamiento. Pero me propuse intentarlo pese a la negativa de los organizadores.

En medio del desierto, rodeado de una soledad absoluta, provocó que surjan facetas y recursos propios desconocidos.

El proyecto “SA 18”

Hasta ese momento corría con su propio esfuerzo, también económico. Luego llegaron los sponsors…

-Sí, decidí renunciar a mi trabajo y armé el proyecto. No tenía respaldo económico, ni siquiera tengo casa propia. Mi madre era maestra, mi padre empleado y en mi familia nunca sobró nada.

Así, con 45 años renuncié a mi trabajo y comencé a golpear puertas que de a poco se fueron abriendo para seguir avanzando en viajes cada vez más largos y costosos.

¿Se presenta con la propuesta de ser pagado por cada kilómetro?

-Propongo a las empresas que me apoyen de manera de transformar en solidario cada kilómetro corrido. Y busco participar en las carreras más largas del mundo para conseguir donaciones mayores.

Pero a la vez, quiero mostrar, que no terminar una carrera -como me ha pasado-, no es una derrota.

No tiene que ser a “todo o nada”, como se vive en nuestra sociedad, donde sos un fracasado si no sos campeón del mundo.

Si en el kilómetro 180 de una carrera de 200, no puedo seguir, esos 180 kilómetros se transforman en solidarios. No es poco.

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50 kilómetros en la Antártida.

Superarse es ganar 

Es como un doble desafío demostrarse a uno mismo y a los demás, ¿de ahí nombre de su libro Superarse es ganar?

-Estas carreras son desafíos contra las propias limitaciones, los propios miedos... Demostrar que superarse uno mismo es la victoria. Y a la vez un mensaje que puede ayudar a los demás. 

Avanzar en carreras cada vez más difíciles, con más obstáculos, en los lugares más distantes e inhóspitos del mundo, con grandes complicaciones en los traslados, los viajes, uno logra conocerse más profundamente.

Cuando corrí los 250 kilómetros del Sahara, el ganador se llevó un premio de cinco mil dólares. Terminé 793° y conseguí donaciones por más de 50.000 dólares. El primero ganó su carrera, para lo cual se rompió el alma entrenando. Yo, que llegué entre los últimos, gané mi carrera. Me siento campeón del mundo sin competir con nadie. Gana quien cumple su sueño.

Dice que uno logra conocerse más profundamente atravesando situaciones límite, ¿qué mensaje propone a quien elige seguir “yendo a la oficina”?

-Esto se aplica a la vida. Mi mensaje es seguir los propios sueños. Pero estas aventuras, donde se pasa mucho tiempo solo, sacan a la superficie lo bueno y lo malo que permanece oculto en la vida cotidiana. Estás solo en el desierto, el polo sur, el Himalaya, lugares remotos donde no hay nada.

Es una parte del desafío, enfrentarse a uno mismo. Hay momentos en que querés llorar, querés volver a tu casa… pasas de la euforia, una extrema felicidad, a una angustia y tristeza profundas.

Carrera de mente 

Mencionó lugares icónicos del mundo e imaginando esos momentos de dificultad, ¿recuerda alguno en particular por la dureza? 

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270 kilómetros del Cañón del Colorado. Acompañando a un competidor argentino que estaba deshidratado.

-En todas hubo algún momento difícil que fue clave. En el Cañón del Colorado quedé eliminado al segundo de los siete días de carrera, por acompañar a otro argentino que estaba deshidratado. Tuve que explicar mi situación a la organización, porque, pese a poder continuar, no podía ignorar al compañero que ya estaba orinando sangre, perdido en el desierto. Solicité seguir en carrera para sumar kilómetros, pese a estar descalificado. Ese momento requiere de una gran fuerza mental para motivarse y arrancar el tercer día. Fue un trabajo interno de toda una noche, en condiciones extremas, para convencerme que lo mío eran los kilómetros, las donaciones y dejar de lado el ego de la descalificación. Sin embargo, toda esa energía la usé a mi favor y terminé feliz. Me sentí campeón del mundo. T

ambién me sucedió en la maratón del Aconcagua. Por primera vez subía a una montaña y alcancé los 6.450 metros. Faltaron 400 metros para llegar a la cumbre, que ya se veía, pero por una tormenta de nieve hubo que bajar con el objetivo tan cerca. El orgullo, el honor, son aspectos que tuve que trabajar en el descenso de tres días y al llegar me sentí feliz. Ese trabajo interno de utilizar esa energía para reponerte a las adversidades, te fortalece y es el mejor aprendizaje.

Entrenamiento

¿Hace algún ejercicio en particular, además del gimnasio y correr?

-Nada diferente a lo habitual. Trabajo mucho la fuerza de piernas porque tengo cuatro operaciones en las rodillas, mi punto débil.

Además, tengo que simular la geografía de la próxima carrera con ejercicios de fuerza, para lo cual utilizo las escaleras del tren, subir cuestas, etcétera, que me proporcione ese plus de fuerza en las piernas.

Se puede suponer que requiere un entrenamiento en doble turno para tanta exigencia

-Como los profesionales. Pero no. Y, en mi caso es más fuerte el mensaje que el resultado. Si entrenara seis veces por semana en doble turno, terminaría las carreras en mejores posiciones. Pero me pondría en un lugar donde pocas personas pueden estar y cambiaría el mensaje. Prefiero llegar último haciendo un entrenamiento que está al alcance de la mayoría.

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Con NORTE, en su visita a Resistencia, en ocasión de la Maratón Tierra Avanza, en noviembre pasado.

¿Hay una “elite” de ultramaratonistas?, ¿encuentra regularmente a los mismos corredores?

-Sí, se crean relaciones y es otra gran satisfacción. Hay una minoría que corre para ganar. Y muchos, la mayoría lo hacemos con el objetivo de llegar. Hace cinco años, en los 250 kilómetros en el desierto de Gobbi, en China, conocí a un taiwanés a quien reencontré tres años después en el Cañon del Colorado. En 2017 vino al país y pasamos un par de días juntos, lo llevé a conocer la ciudad. Se siente una extraña familiaridad. No tiene precio.

Es un adicional a las experiencias que se viven durante las carreras

-Me quedo con eso. No hablo de resultados ni de tiempos ni de performances. Hablo de las aventuras y las vivencias de estas carreras, de las que sigo asombrado. La carrera pasa a un segundo plano porque suceden cosas increíbles en lugares increíbles.

El retiro

¿En alguna oportunidad pensó “ésta es la última”?

-No lo pienso. Hay corredores de 60 o 70 años y me parece que hay tanto por hacer y por recorrer. Y como mi motivación es donar por kilómetro, no pienso en dejar. Cada vez tengo más ganas de seguir luchando por conseguir donaciones y llevar mi mensaje. Puedo terminar último, pero hay empresas de primer nivel que apoyan mi proyecto.

Motiva ser el primer sudamericano en pertenecer al Club de los Siete Continentes y demostrar que, pese a llegar entre los últimos, puedo estar en un cuadro de honor a nivel mundial.

En definitiva: armo mi proyecto, lo que me llena de orgullo, me siento campeón del mundo y no necesito ganar ni competir con nadie. Simplemente ser leal a lo que siento. Y, si yo pude con 40 años, cuatro operaciones de rodillas, once yesos, 90 kilos y no me gustaba correr… todos pueden.

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Maratón de Oncativo, Córdoba. Acompañando al joven Pablo Giesenow, quien perdió sus piernas en un accidente.

Dos cosas sorprenden: 90 kilos de peso y cuatro operaciones en las rodillas. Algunos hasta dejarían de caminar.

-Con voluntad es posible sobreponerse a las dificultades. En octubre corrí tres kilómetros con un chico que sufrió la apuntación de sus dos piernas. Pesar 90 kilos y tener las rodillas operadas es una pavada comparando con la voluntad de ese chico. Está en tu cabeza, en sentir lo que te apasiona.

Termino las carreras entre los últimos, al límite y siempre aparece alguien que te alienta o te ayuda. Eso mismo hago cuando acompaño a personas que padecen dificultades, pero tienen la fuerza de voluntad de seguir adelante.

La familia

¿Cómo son los vínculos, cuando se ausenta por las carreras?

-Esto empezó de a poco. Mis hijas fueron viendo cómo crecía el proyecto. Me han acompañado algunas veces. Así, de a poco, fui entendiendo y mostrando a ellas que esta es mi pasión. Y me llena de orgullo que mi hija más grande, Felicitas, de 23 años, se está por recibir de profesora de Educación Física, que es su pasión. Y Justina, de 19, estudia abogacía y trabaja en una Fiscalía.

Si a los 45 años descubrí mi pasión, mi gran orgullo es que mis hijas, con 23 y 19 años hoy estén en el camino que ellas eligieron. Si mi experiencia les sirvió para abrirse camino, es mi medalla de oro. Si lo que elegí fue un ejemplo positivo para mis hijas, no me hace falta más nada.

¿Cuál fue su última ultramaratón?

-En Madagascar, 150 kilómetros. Fui con la locura de organizar un partido de fútbol con la gente de las aldeas. Llevé 12 camisetas, 20 pelotas y un silbato. Al terminar la tercera etapa, propuse el partido esperando que se sumaran unas 20 personas. Llegaron 500. Con dos cocos partidos al medio hice los arcos. Jugamos en medio de la nada, en plena isla de Madagascar. 

Llevé 400 chupetines que repartí entre los chicos. Y al terminar el partido se iban abrazados, saltando, felices. Me senté en el medio de la cancha, observándolos. Fue inolvidable y creo que para ellos también. Es lo que más disfruto. Pese a estar tan cansado después de la tercera etapa, me recargué como para seguir corriendo otros 100 kilómetros.

Es otro desafío: encontrar lo que a uno lo llena, sin esperar el reconocimiento de los demás.

Sin imposibles

Sebastián es un referente y pionero en transformar en donaciones solidarias: lo que recolecta por kilómetro corrido. Su oenegé “1 Km 1 Sonrisa” fomenta la práctica del deporte para mejorar la calidad de vida y ayudar a los que menos tienen.

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La tapa de su libro "Superarse es Ganar".

En 2015 publicó su libro Superarse es Ganar, dio más de 200 charlas y conferencias en casi 20 países. Es embajador de las empresas Weber, Total Magnesiano, OMINT, GAES, Shimano, Gatorade, entre otras, y de la Bandera de la Paz de la Fundación Mil Milenios. 

Para él parece no haber imposibles. “Quiero demostrar que todos pueden seguir sus propios sueños”, insiste. Sus vivencias denotan la empatía y desapego de un ciudadano que decidió dejar su vida rutinaria para seguir esa voz, casi inaudible que, desde lo profundo brama para ser escuchada.

Esa voz ahora le susurra cuál es el próximo desafío, y Sebastián la escucha con claridad. “No es que todos deban dejar sus vidas actuales”, aclara, pero “hacer caso a esa voz interior es infalible”, manifiesta quien no pudo desoír esa voz. Su aventura se puede seguir en Facebook “sa18” y en www.sa18.com.ar

El encuentro con Francisco 

¿Cómo fue el contacto con el Papa?

-Cuando se editó mi libro, los dos primeros ejemplares eran para mis hijas y el tercero quería que fuera para él. Insistí hasta conseguir que me reciba. 

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Entregó al Papa un ejemplar de su libro, luego de correr 910 kilómetros del camino de Santiago de Compostela.

Pero, como no quería llevarle sólo el libro, decidí hacer el camino de Santiago de Compostela que son 788 kilómetros. Corrí los primeros diez días a razón de 50 kilómetros por día, hasta que entendí que me sobraba el tiempo. Entonces completé 910 kilómetros. En cada pueblo que pasaba hacía sellar el libro y en Muros y Finisterra, donde te dan un diploma por haber llegado, lo hice hacer a nombre de Jorge Bergoglio.

Cuando me recibió, le di el libro y, al ver los sellos de los pueblos por donde pasé, se sorprendió, me miró a los ojos y me dijo: “Argentino, este es tu camino”. También le llevé una bolsa con 600 fotos de personas que estaban con problemas de salud para que él les dé una bendición y le mostré los diplomas a su nombre. Todavía me emociono con el recuerdo.

Allí no había largada, ni llegada, no había copa, ni premio. Con que me reciba el Papa, se quede con mi libro y tener una foto era mucho. Me dio un abrazo y un mensaje en forma particular. Me sentía campeón del mundo.

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