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No es lo mismo ganar elecciones que gobernar

Una de las primeras enseñanzas que empieza a dejar la joven democracia argentina es la diferencia que hay entre lograr imponerse en las urnas con un indiscutido apoyo de la voluntad popular y conducir los destinos de un país marcado por fuertes asimetrías y atravesado por las lógicas tensiones que, en todos los niveles, genera la puja distributiva.

Acaso el error de cálculo que cometió días atrás el jefe de Gabinete de la Nación, Marcos Peña, cuando volvía de sus vacaciones en Uruguay, al quedarse sin nafta el vehículo que lo traía de regreso al país, sirva como figura retórica para interpretar la coyuntura política, social y económica que pone en apuros al gobierno de Cambiemos, con el presidente Macri a la cabeza. De hecho, fue el propio Peña el que en la primera conferencia de prensa oficial de este año anunció que el Ejecutivo nacional resolvió que no llamará a sesiones extraordinarias del Congreso en febrero, dejando así al descubierto el tremendo desgaste que sufrió el oficialismo con la sanción de la reforma previsional, un triunfo casi pírrico que dejó más heridos que puentes en pie con la oposición. ‘Otra victoria como ésta y volveré solo a casa‘, aseguran que dijo el pelirrojo rey de Epiro al comprobar el alto costo de su triunfo en el campo de batalla. Las evidentes heridas que dejó la aprobación de la reforma previsional, así como el proceso de fragmentación que atraviesa el peronismo, un actor político complejo y siempre en ebullición que no debe subestimarse, sumado al zamarreo al que está siendo sometido el sindicalismo, transformaron el escenario en apenas dos meses. Si a fines de noviembre y en los primeros días de diciembre de 2017 las principales espadas del gobierno nacional confiaban en que todo, o casi todo, marchaba sobre rieles, a tal punto que ya se hablaba de una eventual reelección en 2019, por estas horas el humor social y el clima político anticipan que será extremadamente difícil para el Ejecutivo, por no decir imposible, avanzar este año con la polémica reforma laboral que envió en diciembre al Congreso tras acordar con la CGT.

En la calle, al ciudadano de a pie no le hace mucha gracia comprobar que el poder adquisitivo de sus ingresos cada vez es menor, que no paran los aumentos de tarifas y que la inflación no cede pese a que Macri, el hombre que definió a su equipo como “el mejor de los últimos 50 años”, había asegurado en plena campaña electoral que bajar los precios era lo más fácil que podía hacer un gobierno en la Argentina. En otro andarivel, por donde circulan los que aseguran tener el conocimiento que permite pronosticar el comportamiento de la economía, varios especialistas -entre ellos algunos que adhieren a las políticas que impulsa Cambiemos- vienen alertando sobre el rojo de la balanza comercial, el alto déficit y el peligro de pretender basar el éxito de un programa económico en el sobreendeudamiento externo. En otras palabras, el gobierno nacional comienza a comprobar que enfrenta una realidad mucho más compleja y difícil de abordar de lo que esperaba para este recién iniciado 2018. A eso debe agregarse que también deberá lidiar con un sindicalismo atomizado y un peronismo fragmentado que, como enseña la historia, no se sienten a gusto cada vez que advierten que no se los quiere reconocer como interlocutores válidos.

Cambiemos ha demostrado ser eficiente para generar expectativas en buena parte del electorado y en hacer que deposite su confianza en las urnas. Pero ganar elecciones es apenas un punto de partida. La tarea de conducir los destinos de una nación es infinitamente más compleja. Es un trabajo que requiere mucho más que cotillón electoral y promesas de una revolución de la alegría. La caída que experimenta la imagen del gobierno nacional, según advierten distintas encuestas, fruto del desencanto que experimentan muchos jubilados y trabajadores frente a polémicas medidas como la reforma previsional, confirman las enormes dificultades que tienen los actuales inquilinos de la Casa Rosada para avanzar por la senda que inicialmente habían trazado.

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