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Cómo proteger El Chaco

El viaje de un colectivo de artistas -8.000 kilómetros en furgoneta- concluye con una obra heterogénea que busca salvaguardar el patrimonio natural y cultural de una región.

Por Roberto Varela 

El proyecto Chaco Ra´anga es un viaje científico y cultural al corazón de Sudamérica: para señalar en el mapa regiones apartadas cuya idiosincrasia se encuentra en peligro, amenazada por la expansión de los núcleos urbanos y las explotaciones agrícolas, ganaderas, energéticas y otros intereses externos. 

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Una de las imágenes emblemáticas del proyecto Chaco Ra´anga.

Chaco Ra´anga es el resultado de una expedición realizada por 12 viajeros, y promovida por Cooperación Española (Aecid), por El Gran Chaco, en el corazón de América del Sur, una amplia región que abarca zonas de Bolivia, Paraguay, Brasil y Argentina, que alberga la segunda reserva boscosa más grande del continente después del Amazonas y una variedad de etnias y culturas propias que mantienen las esencias de sus pobladores primigenios. 

En el centro del continente, a resguardo del mestizaje de las costas y de la uniformidad de las grandes ciudades, le ha permitido salvaguardar una variedad ambiental y humana única: coexisten 40 etnias, con sus lenguas y costumbres milenarias aún vivas, además de una fauna y una flora de una pluralidad abrumadora, con 3.400 especies de plantas, 500 de aves, 150 de mamíferos, 120 de reptiles o 100 de anfibios. 

Este patrimonio corre un futuro incierto.             

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Portada del catálogo reciente.

De 1976 a 2011 se perdieron 15,8 millones de hectáreas, un 20% del total, y la merma de las zonas verdes continúa, pese a algunos intentos gubernamentales por limitarla. Como consecuencia de la búsqueda de materias primas o de la expansión de las explotaciones agrarias o ganaderas, a su vez, las poblaciones indígenas ven amenazados sus modos y medios de vida, o encuentran más dificultades para proteger sus rasgos culturales más característicos.

Las fotografías, videos, dibujos, sonidos y palabras recopilados desde 2015 intentan reflejar la tensión entre desarrollo e identidad, entre apego a la tradición y a la herencia de una naturaleza aún conservada con su riqueza original prácticamente intacta y las ventajas del progreso material.

Algunos de los trabajos expuestos en la muestra de Casa de América: Territorio acotado/expandido (que finaliza mañana) dan sentido al viaje colectivo.

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Portada del primer catálogo.

El gallego Emilio Fonseca, con su cómic Verde invisible, por ejemplo, refleja en sus viñetas las particulares costumbres y hábitos que se encontró en las comunidades indígenas durante su periplo, mientras que la argentina Agustina Pérez Rial titula Mombyry guive (Desde lejos veo) a la selección de retratos que expone, consciente de la importancia de las lenguas vernáculas como elemento de identificación y el vacío incalculable que supondría su pérdida.

Otro buen ejemplo es el de Alejandra Delgado, natural de Bolivia, uno de los países cuya geografía nacional se yuxtapone con la del Gran Chaco. En su trabajo Lo que persiste, expone retratos wichí, qom, weenayek, menonia, totobiegosode o sawhayamaxa, en blanco y negro. Delgado explica que supone un intento por señalar una condición común desde la diversidad: “reunidos forman una unidad que pide atención para conocerla, los retratos individuales representan un conjunto, una colectividad”.

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Los expedicionarios aseguran que la experiencia los transformó y esperan trasladarla a más personas.

Tensiones históricas

A pugnas habituales en el resto del continente, como los procesos de independencia o la llegada española, se añadieron otras derivadas de las rivalidades fronterizas entre países limítrofes, como la sangrienta Guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay, la peor confrontación armada del continente en el siglo XX, y ya en la década de los setenta y los ochenta las purgas y persecuciones que sucedieron durante el mandato del dictador paraguayo Alfredo Stroessner.

Ahora las agresiones a las que se enfrentan sus habitantes tienen un aspecto más sutil, la de los intereses económicos y empresariales y la voracidad de un desarrollo que parece más centrado en beneficios inmediatos que en la sostenibilidad de una región.

Esta expedición sin biólogos ni científicos, reunió a creadores de diversos ámbitos: músicos, artistas visuales, cronistas o arquitectos, que tras un viaje de 8.000 kilómetros de furgoneta y muchas horas de trabajo y documentación produjeron una obra colectiva y heterogénea, la suma de sus fotografías, instalaciones, documentales o relatos, con que tratan de hacer un repaso histórico y de la problemática actual.

Un mes de viaje, “te cambia”, dice Lía Colombino, la comisaria de la exposición (abierta hasta el 15 de enero) y una de las precursoras del proyecto, que acude también a una cita del artista paraguayo Ticio Escobar para ilustrar el efecto: “Nadie regresa del Chaco: quien vuelve es, en parte, otro”.

Con pocos enigmas que revelar, ahora el reto debe ser proteger todo aquello que deslumbró por primera vez a los primeros viajeros. Es la premisa que Cooperación Española impulsó y con ese espíritu ha incluido la cultura dentro de sus políticas de desarrollo, en una decisión en sintonía con las adoptadas por los propios habitantes del Chaco. No en vano, así lo estableció también en unas actas recientes la Asamblea del Pueblo Guaraní, al determinar las estrategias para la mejor defensa de su causa, no dudó en señalar el método más eficaz: “La lucha no se debe hacer con arcos y flechas, sino con lápiz y papel”.

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