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La historia de una mujer solidaria

Textos y fotos de Fabio Javier Echarri- El merendero ‘Una esperanza para los chicos’ fue creado para mitigar el hambre de unos niños y se mantiene gracias al esfuerzo, lucha y tesón de María Aguiar. El lugar es un ejemplo de la cultura de la solidaridad y un valor imprescindible en estos tiempos.

A ella, por alguna razón, recurrían todos. Joan Picas Contreras, de la Universidad de Barcelona, en el artículo Las ONG y la cultura de la solidaridad: la ética mínima de la acción humanitaria, sostiene que la palabra solidaridad deriva del latín solidarius, que es ‘un tipo especial de obligaciones jurídicas compartidas por una pluralidad de sujetos’. La misma expresión se origina en la locución in solidum, cuyo significado es ‘íntegramente’. En la cultura griega se relaciona ‘con el equilibrio y la armonía que debe existir entre el todo y las partes, entre el yo individual y el nosotros social’.

Por su parte, Terry Eagleton en ‘La idea de cultura’, define a ésta como ‘el conjunto de valores, costumbres, creencias y prácticas que constituyen la forma de vida de un grupo específico’.

María se ajusta a éstas definiciones: es íntegra y forma parte de un grupo de argentinos cuyo estilo de vida se sustenta en valores, costumbres y prácticas solidarias. Por ello, ver la pobreza en el barrio le partió el alma. Y entendió que algo había que hacer, porque era cosa de todos los días que algunos chicos pasaran por su casa -vecinitos-, y le pidieran algo para comer. Así que les daba lo que tenía: un pedazo de pan o un vaso de leche. Como se hizo repetitivo, armó una mesita en la galería, los citaba a las seis de la tarde y les servía un cocido con leche. Otros se enteraron y se sumaron.

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Al merendero de Fontana también van adultos con varias necesidades.

Así con el mismo entusiasmo, fuerza y trabajo con que hizo frente a las adversidades personales y familiares, se organizó y decidió poner un merendero. Lo hizo para alimentar a los niños -para algunos esto se convertiría en su cena- y también para darles esperanzas. Como antes, salió a golpear puertas, a pedir y exigir.

De Desarrollo Social logró una cuota mensual de alimentos: 15 kilos de leche en polvo, un pack de harina, otro de azúcar, 5 kilos de yerba, grasa y miel. Con esa provisión alcanzaba para una merienda semanal para 50 chicos durante un mes. Ella se propuso darla de lunes a jueves. Necesitaba más mercadería y no quedó alternativa que apelar a la solidaridad de la gente.

Un espacio que crece

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María comenzó poniendo una mesita para unos nenes que acudían esporádicamente a su casa a pedirle algo para comer.

Al principio, solo una pequeña mesa y pocas sillas agrupaban a los niños que tomaban su merienda de pie. Luego consiguió que el grupo de padres del primer año de catecismo de la iglesia María Auxiliadora le donaran mesas y 20 sillas. Por otro lado, consiguió dos ventiladores.

Hay gente que en forma espontánea colabora con harina, chocolate, azúcar, leche. Mientras tanto ella sigue con ganas y poniendo la cara, como suele decir, su derrotero en oficinas públicas. Así logró que las nuevas autoridades de Desarrollo Social le prometieran ocuparse más a partir de 2018 (y esperamos que cumplan). Y un joven funcionario, Leo Romero, de la Municipalidad de Fontana, le entregó fideos, aceite, polenta, arroz, yerba, azúcar.

Además de los chicos se agregaron algunos adultos. Unos de avanzada edad, otros con discapacidad. Y a pesar de que en ciertas oficinas públicas le dijeron que sólo se les debe dar la merienda a niños menores de 12 años, ella no puede dejar a nadie afuera. “¿Cómo decirles que no cuando te dicen que quieren comer?”, cuestiona.

Hay días en que la merienda se enriquece porque se pudo comprar carne molida y un poco de queso. Entonces, su trabajo en el merendero comienza a las 2 de la tarde, después de haber trabajado toda la mañana afuera. Pese al intenso calor chaqueño cocina empanadas y pizza. Esa tarde, los chicos probarán algo distinto.

Como si fuera poco, su ‘trabajo’ no termina en la cocina. Consigue ropa nueva y usada, zapatillas, remedios, etcétera. Lleva un censo de cada uno de los chicos. Sabe cuántos van a su casa, si sus padres trabajan y si están enfermos -incluso logró que de un centro de salud fueran a vacunarlos-, lo que le permite ser más equitativa a la hora del reparto de la mercadería y ropa que logra reunir.

María, la del barrio

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La creadora del espacio se convirtió en una referente barrial. A ella acuden hasta por gestiones relacionadas con la salud.

Cualquiera pensaría que María tiene sus problemas solucionados y por eso ayuda a los demás. Pero no es cierto. Batalla con una enfermedad sumamente rara de su hija menor: síndrome de Ehlers-Danlos, tipo artrocalasia, que le demanda consultas permanentes, estudios complicados, largas esperas e internaciones periódicas en el hospital.

Ella no se queja. O sí, se queja ante quienes tienen que cumplir con su trabajo. Si recibe un no como respuesta, no se amilana ni se quiebra, se levanta e insiste. María es un ejemplo para Fontana, para el Chaco, para el país. Seguramente muchas más hacen algo similar, ella es nuestra y se ocupa de nuestra gente.

Todas las manos suman

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Para elaborar una merienda María necesita dos paquetes de leche, medio kilo de yerba, 5 kilos de harina y un kilo de azúcar. Lo hace unas dos a tres veces por semana. En la cuenta no suma sus propios gastos: gas, electricidad, transporte para hacer los trámites, etcétera. Y cuando le preguntamos qué necesita para optimizar el funcionamiento, responde: una heladera, otra cocina, ventiladores, sillas plásticas apilables, ropa para cualquier edad, mercadería.

Como si mantener el merendero fuera poco, se ocupa de otras cosas. Así, una familia muy humilde de Fontana fue a verla porque una mujer con ACV necesita pañales para adultos.

Un hombre en silla de ruedas que hace tortas fritas y vende en la calle, tuvo un accidente por el mal estado de su medio de locomoción. Ella se encargó de tramitar ayuda y el concejal Barbetti se ocupó del tema.

Si alguien no es atendido en el hospital, recurre a ella. Es quien entra en las oficinas, habla directamente con los médicos y logra la atención. La atienden, porque exige, pelea, y termina ganando por cansancio. En Facebook se la ubica como “merendero Una esperanza para los chicos” y el servicio voluntario funciona en el barrio Villa Oro, a 50 metros de avenida 25 de Mayo 3.200, en Fontana.

Historia de vida

María Ester Aguiar nació en 1973, en Cote Lai, hoy un pequeño pueblo de unos 1.700 habitantes a 70 kilómetros de Resistencia. Sus padres, Ángel Aguiar y Julia Romero, le dieron 11 hermanos. Ella recuerda el nombre de los que conoció: Raúl Ángel, Ángel Ramón, José Luis, María Estela, Julia Beatriz, María Julia, Angélica Emilia, Rubén Mario y Manuel Oscar.

Los abuelos paternos tenían una chacra donde trabajaba toda la familia. El padre logró instalar una panadería, así que había para comer y subsanar las necesidades primarias.

Un día la desgracia golpeó la puerta. Ángel murió en un accidente, María tenía 10 años. A Julia, que era analfabeta, la engañaron -no recuerda bien cómo- y perdió la chacra, un polideportivo que era del marido y que hoy administra el municipio, y la hasta la casa: con la excusa de que iban a construirles una más grande, los sacaron de allí y fueron a parar a un muy precario rancho de adobe. Los hijos mayores partieron en busca de un mejor destino y Julia quedó con los 7 menores.

Tiempos difíciles

María pudo cursar hasta tercer grado en la escuela 73 de Cote Lai. No más. Había que salir a buscar comida.

La madre se ofrecía para el servició doméstico o para hacer cualquier tarea. Mientras, ella iba diariamente al comedor de la parroquia a ayudar a las cocineras a pelar papas y cebollas, poner la mesa, limpiar el lugar, y obtener de esa forma, algún alimento para llevar a casa. La pobre dieta se enriquecía cuando iban a mariscar al riacho Palometa y lograban algunos pequeños peces que aportaban proteínas. Los ojos de María lagrimean cuando recuerda que llegaron a comer cualquier ‘porquería’ porque el hambre hacía doler demasiado las tripas.

Recuerdos que aún duelen

Cuando tenía 14 años conoció a su marido, Carlos Alberto Espíndola, que trabajaba en un consorcio caminero. Después vinieron los hijos: Luis, Yanina, María Laura, Alejandra y Andrea, que nacieron en Cote Lai, y luego Osmar, Cristian y Nahiara, en Resistencia.

El primer domicilio de la familia en Resistencia fue pasaje Bustos 300. A Carlos le demandó dos años conseguir empleo de maquinista en una empresa. Durante un tiempo María salió a pedir trabajo para limpiar o lavar la ropa, daba lo mismo, trabajo es trabajo.

Lo que nunca pudo entender y hoy no puede olvidar es el maltrato que sufrió de ‘gente bien’ que cortaba al medio un bidón para darle agua o le revisaba el bolso al salir. Habla y vuelve a quebrarse: “Eso yo no entendía, si les dejaba mi documento, donde estaba mi dirección y sabían dónde vivía, ¿cómo pensaban que podía quedarme con algo?”.

Así un día, nació una nueva María. O se despertó la María que los golpes de la vida mantenían dormida. Y dijo basta. Se prometió que nunca más iba a soportar que la humillaran y renunció a su trabajo a pesar del ruego de su patrona para que no la dejara.Los golpes la fortalecieron. La cambiaron de alguna manera.

Una nueva etapa

Los dueños de la casita que alquilaban la vendieron y debían irse. Aunque la familia ya había hecho los trámites en el Instituto de Vivienda. Día por medio María caminaba seis kilómetros de ida y otros tantos de vuelta para acelerar trámites, hasta que el destino le hizo un guiño: el mismo día que debía mudarse -y sin saber a dónde-, le avisaron que le adjudicaron una vivienda en Fontana. Allí se fueron todos.

Entre todos comenzaron a mejorar la casa propia: le agregaron habitaciones, cerraron el muro, construyeron una galería. Ella, el marido y sus hijos: ladrillo sobre ladrillo, acarreando arena y paleando cemento. Dos de los hijos ya terminaron el secundario y el mayor egresó como técnico en Administración Privada en la UNNE, en simultáneo trabaja en un emprendimiento propio de estampado, bordado, y fabricación de uniformes escolares.

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