Tantos talentos desperdiciados
Cuántos dones, riquezas, tierras, cuántos hombres y mujeres en la patria, cuanta solidaridad, cuánto compromiso social, cuanta creatividad, cuanta capacidad de goce festivo y artístico, cuanta fuerza intelectual, cuanta vida fluye realmente en la patria, cuanto legado heredado de nuestros ancestros que perviven en nosotros y que no logramos ver y explotar al máximo.
Cuánto talento desperdiciado, ¿no? Talentos que no siempre se han visto acompañados por proyectos con continuidad en el tiempo y que no ha logrado tampoco convocar a la conciencia colectiva. Esta es la triste realidad de la patria por la que todos tendremos que rendir cuenta a Dios algún día, porque claramente cada uno de los actores del presente somos responsables de tantos talentos enterrados y desperdiciados.
De cara a esto, nadie puede lavarse las manos, ni como Iglesia, ni como institución política, los tres Poderes, ni como como familia, educadores, profesionales o empresarios, trabajadores y sindicatos, ni como fuerzas de seguridad, todos hemos contribuido de uno u otro modo al desperdicio de tantos talentos que Dios puso en nuestras manos para el bien de la patria.
Recuerdo que mi padre y mi madre miraban el futuro de la Argentina con una gran ilusión, se ilusionaban con un país reconocido en el mundo como una gran nación por su progreso humano, económico, intelectual y espiritual, y hasta le habían puesto un nombre a ese sueño: “la Argentina potencia” y trabajaron mucho por esa ilusión que cuando se dieron cuenta que ellos ya no verían cumplida, comenzaron a ilusionarse con que sus hijos y nietos sí lo harían.
Pero lamentablemente en el presente sus hijos y nietos sabemos que tampoco nosotros lo veremos y que ese hermoso sueño por el que muchos de ellos dieron la vida, ha resultado una ilusión. ¿Quiénes somos los responsables de tantas ilusiones frustradas? Todos nosotros, pero fundamentalmente una clase dirigente muy mezquina y muy torpe, que ha transformado la política en una oportunidad para enriquecerse ellos individualmente sin que les interese en lo más mínimo los sueños y las ilusiones del pueblo.
Aunque no lo dicen en público, muchos de nuestros dirigentes manejan un discurso que según ellos mismos lo dicen en sus reuniones secretas, es para los” giles” o “la gilada“. Ese discurso lo tienen muy claro a la hora de llevar adelante sus campañas políticas. Nos damos cuenta de que esto es realmente así, porque sus acciones en el ejercicio de las funciones en las que el pueblo los coloca cada vez que los elige, muestran de manera categórica que realmente lo único que les interesa es ganar plata y mantener privilegios.
Pueden incluso con el objetivo de no perder privilegio ni dinero cambiar hasta sus convicciones ideológicas más profundas, con el solo fin de mantenerse en el poder y de este modo seguir viviendo del Estado, ellos y su selecto entorno que tiene que ver con familiares y amigos.
El valor de la palabra y de los pactos se ha traducido en fotografías grotescas llenas de mentira e hipocresía con un grado de impunidad y de inmoralidad que repugna a la conciencia de los ciudadanos de bien. Dice la palabra de Dios, sin embargo, que el justo juez nos pedirá cuenta de cada talento que nos ha dado para que sea multiplicado en obras buenas para el prójimo.
Pero como el “santo temor de Dios” está también muy debilitado en la conciencia de los argentinos, especialmente en nuestros dirigentes, sé que estas palabras tendrán un impacto débil o nulo en muchos. De todos modos, no puedo no advertir a la conciencia a de quien quiera escuchar y reflexionar, que quien se ha enriquecido con la plata del pueblo y de los pobres, si no se arrepiente a tiempo, lo que le espera es el infierno.
El infierno es un estado en el que el alma queda separada totalmente de Dios de manera definitiva. El infierno, en efecto, es una opción de vida que cada uno va eligiendo en cada decisión que toma en la vida. Quien ha optado por el dinero y para obtenerlo inventa todo tipo de estrategias, incluso cuando eso signifique sufrimiento para los pobres, está eligiendo el infierno. El infierno es la libre decisión personal de autoexcluirnos de Dios, por haber permitido que en nuestra vida no prevalezca el amor sino la arrogancia y la avaricia. El príncipe de las tinieblas se presenta de manera muy atractiva y seductora y seduce el alma de los ingenuos con la ilusión del poder material y terrenal como si en eso consistiera la plenitud de la vida.
Imaginan que el máximo disfrute está aquí, y que todo concluye con la muerte, por eso el máximo placer hay que procurarlo aquí, no importa cómo. Es verdad, quizá que uno puede darse un máximo desfrute aquí en el mundo, pero hemos de saber que eso dura como mucho ochenta años y que esos ochenta años son determinantes moralmente, para bien o para mal, para el más rotundo éxito o el más garrafal fracaso de la existencia.
El infierno es eso: el odio y el resentimiento de las almas que allí están ante un amor infinito ofrecido, que fue rechazado y que nunca más se podrá recuperar. Y así como el cielo es un estado terminal y definitivo de plenitud, el infierno también, pero al revés, es decir un estado terminal y definitivo de dolor y angustia del alma; drama, odio y anarquía que va avanzando cada vez más hacia un mayor dolor y caos. El cielo nos implora conversión, pero como dice la palabra de Dios: “Pongo delante de ti la vida y la muerte, tú escoges”.










