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La vida es un cuento

Tierna dureza

“Las armaduras van cayendo a medida que te conozco, y me entrego a contemplarte por completo”.

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Cuando ingreso al comedor observo la escena: la nena en su regazo, cada movimiento de sus brazos delicadamente, tomando mechón por mechón desenredándolo para no hacerle doler. Con mucha habilidad le hizo una colita con un agogó rosa.

- Él cuida de sus tres hijos, uno desde arriba grita, ¡papá quiero hacer caca!, desde la otra habitación otro dice ¡cambiame de canal que no puedo!, y el bebé en sus brazos llora. Como espectadora sin saber que hacer solo atiné a observar, porque él en un segundo resolvió esos sucesos.

Entro a su casa, pasá me grita, estoy ocupado. Me acerco de donde venía su voz, entrá me dice. Lo veo sentado al lado de la bañera de su hija jugando con unos juguetes.

Él y yo caminábamos por veredas enfrentadas, nos miramos de lejos, nos flechamos, él se cruzó, un solo hola bastó para que el amor nos haga transitar desde ese día en el mismo sentido, y por la misma senda (Cristian y Adrián).

Me temblaban las piernas. “Sostener en brazos a mi hijo recién nacido, el verlo tornar sus ojos hacia mí al escuchar por primera vez mi voz fue una sensación única, como si una topadora de felicidad y gozo me aplastara, lloraba de alegría”.

Andan por ahí escondidos debajo de sus trajes, blindados, que les impide mostrarse quienes son, miedos, inseguridades, exigencia, peso en los hombros, desconexión con sus emociones, rigidez, cerrazón, impermeabilidad, manotazos de ahogados por momentos, enojo, un poco de cansancio. Los veo perder sus sentimientos a medida que crecen, como si fuera una condición excluyente, de la hombría en la adultez, acorazarse y mantenerse al margen de toda emoción; sintiéndose fracasados, incapaces de amar y ser amado, temerosos al dolor: aquel que puede causar en las personas que amó.

Veo que muchos saben pensar, saben hacer, cumplir y les cuesta disfrutar de los logros. Se les ve en el cuerpo: miran hacia abajo, encorvados, rígidos.

Otros más transgresores, libres, abiertos, sin tabúes, atrevidos, confiados, expresando su sensibilidad que les permite desenvolverse, instalando poco a poco estos nuevos paradigmas, cuesta verlos, pero están.

Tienen mucho cariño, que socialmente no está bien visto. Se los tilda de ‘tiernos’, ‘amorosos’, ‘sensibles’, ‘maricas’.

Con corazones nobles, ansias de encontrar aquella persona que libere todo ese potencial que llevan guardado, aquél que se expresa con caricias, miradas que llegan al alma, abrazos y besos apasionados. Entrega absoluta.

Quieren risas en sus casas, bullicio, juegos a las escondidas, trenzas cosidas, rodetes bien armados, paredes manchadas con las pinturas más preciadas, tortitas de barro, noches en vela, de mamaderas y algunos resfríos, acompañar a su hijo al colegio tomados de la mano, darles un beso, decirles que los aman, estar presentes cuando empiecen a caminar y cuando tengan su primer novia/o, se gradúen del colegio y elijan una profesión, se casen, poder recibir en sus brazos a sus nietos. Abrazar a una mujer, protegerla, hacerla sentir querida, valorada, única, especial. Muchos de ellos se animaron a elegir un par de su mismo sexo, viven juntos, se cuidan, crecen, proyectan, adoptan, viajan de mochileros, usan ropa cómoda, se dejan el pelo largo, hacen yoga en las plazas.

Más que nada no puedo dejar de mirarnos como mujeres, que criamos estos hombres. Somos parte de ellos con nuestra crianza, hagámoslos libres capaces de expresar sus sensaciones.

Me gustan los hombres, sus abrazos y su presencia. ¡Gracias! a mis bellos amigos varones que compartieron su sentir, y a una amiga querida Laura Del Piano que los describió tan dulcemente.

Facebook: La Vida es un Cuento. Corina Schaefer- Coach.

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