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El drama de los abusos y las maternidades forzadas

En una reunión que se realizó esta semana en Montevideo, Uruguay, representantes de más de un centenar de organizaciones de la sociedad civil de Argentina y de otros países solicitaron a los miembros de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que sesionaron esa ciudad rioplatense que exijan a los Estados de los países de la región que garanticen el acceso a los servicios de salud reproductiva a las niñas que son víctimas de violencia sexual.

Entre las organizaciones que presentaron el reclamo a la CIDH están Amnistía Internacional, Planned Parenthood Global y el Grupo de Información en Reproducción Elegida (GIRE) que, a su vez, pusieron en marcha la campaña #NiñasNoMadres para informar sobre las graves consecuencias que tienen los embarazos forzados en las vidas de las niñas latinoamericanas. Según la oficina de Unicef en Argentina, en nuestro país ocho niñas de 14 o menos años se convierten en madres cada día. Los expertos conjeturan que, por la edad, estas gestaciones son el resultado de situaciones de abuso sexual que derivan en maternidades forzadas. Por otra parte, observan que la pobreza, la imposibilidad de acceder a la educación y la violencia sexual son factores que explican el crecimiento de esta problemática, que es cada vez mayor en países de Latinoamérica y el Caribe, que se ha transformado así en la única región del mundo donde vienen en aumento, según se denuncia en la campaña #NiñasNoMadres, donde se advierte el serio riesgo que implica para la salud y la vida de las niñas que se ven obligadas a enfrentar esta situación. Como parte de esta campaña de concientización, las organizaciones que la promueven realizaron investigaciones con el fin de visibilizar ante las autoridades y la sociedad los efectos que tienen las maternidades forzadas en las vidas de las niñas latinoamericanas. Estos informes dan cuenta del dolor, el miedo, la ansiedad y la sensación de vulnerabilidad que conlleva una maternidad cuando aún se es una niña y ofrecen una perspectiva sobre los sueños rotos y las dificultades que enfrentan las víctimas de abuso en nuestra región. Según estos trabajos, en México, de cada 10 víctimas de violaciones, 4 son menores de 15 años; en Colombia, cada hora una niña de entre 10 y 14 años es víctimas de abuso sexual; en Ecuador, por cada 10 denuncias sobre violencia sexual, 8 son de niñas menores de 14 años. En Guatemala, en tanto, cada 46 minutos se comete violencia sexual contra una niña y cada día se registran 5 embarazos de niñas menores de 14 años. Los integrantes de las distintas organizaciones que reclaman garantías en el acceso a los servicios de salud reproductiva a las niñas que son víctimas de violencia sexual coinciden en que en América latina las maternidades en niñas aumentan cada año, ante la indiferencia de la ciudadanía y la falta de políticas p úblicas que hagan frente, de manera integral, a este problema que vulnera los derechos de las niñas latinoamericanas. Por esa razón remarcan la necesidad de que los Estados adopten, en forma urgente, medidas integrales para respetar y proteger los derechos sexuales y reproductivos de las niñas. Las organizaciones no gubernamentales advierten que la violencia sexual que padecen las niñas es el resultado de varios factores de riesgo que se combinan, y por eso plantean que no es adecuado que se responda a esta problemática solamente desde un enfoque de persecución penal, sino que debe responderse desde un enfoque comprensivo de la salud pública y de la importancia de una educación que haga hincapié en la prevención de la violencia y el acceso a servicios y apoyo apropiados. La violencia sexual contra niñas y mujeres que se registra en América Latina confirma que los países de la región mantienen valores, normas y tradiciones en una cultura que alientan a los hombres a creer que tienen el derecho de controlar el cuerpo y la sexualidad de las mujeres. Es necesario revertir esta situación y garantizar una educación sexual integral en las escuelas, basada en información científica y veraz, libre de estereotipos de género.

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