Un encuentro con luces y sombras
El Encuentro Nacional de Mujeres pasó por Resistencia. Demostró una vez más su gran capacidad de movilización (la convocatoria fue menor que la del año pasado en Rosario, pero de todos modos fue multitudinaria) y tuvo su mayor profundidad y valor en los talleres realizados durante el fin de semana, más de setenta espacios en los que se discutieron temas tan diversos como educación, salud, hábitat, acoso y abuso sexual, discapacidad, maltrato, migraciones y medio ambiente, entre otros.
Pero es innegable que para quienes siguieron la movida desde afuera, lo más visible fue la agresividad, la intolerancia y el autoritarismo de los grupos que a pura violencia parecen creer en una supremacía de género simétrica a aquella contra la que en teoría luchan.
Esas presencias se combinaron con una estrategia oficial de zona liberada, negociada en los meses previos con la organización del encuentro, que en nombre de lo políticamente correcto dejó a la ciudad (y a los potenciales blancos de las acciones violentas en particular) sin vigilancia de la fuerza pública, como si su sola presencia implicara una arbitrariedad.
Es posible, con todo, que la decisión de retirar casi por completo la presencia policial de todos los sectores de la ciudad ocupados por participantes del ENM haya sido una determinación sabia. El argumento oficial es el mismo que se esgrime desde hace muchos años frente a las protestas de movimientos sociales: que los uniformes son, para los manifestantes, “una provocación”.
Esa explicación no impide que sea sorprendente que una sociedad que ya lleva 35 años de democracia continuada no pueda contar con seguridad del Estado para actividades masivas que en cualquier lugar civilizado del planeta ameritan una custodia oficial proporcional a las dimensiones del evento.
Recién en la noche del domingo, cuando ya se habían lanzado pinturas y elementos en llamas contra la Catedral, hubo una breve intervención de policías y bomberos, sobre todo para impedir que se produjera una batalla campal entre las activistas autoras de esa acción y las personas que se habían concentrado espontáneamente a pocos metros para repudiar lo que estaba sucediendo.
En esas circunstancias, numerosos periodistas (incluido el equipo de NORTE que transmitía en vivo las actividades del encuentro) fueron insultados y golpeados por participantes del ENM que los acusaban de ser “prensa burguesa”, y que bajo esa consigna arruinaron sus elementos de trabajo (cámaras, teléfonos móviles y accesorios). La misma prensa burguesa a la que las organizadoras habían recurrido en los meses previos para difundirla y apuntalarla, encontrando siempre las puertas abiertas para ello, y la misma que también le dio generosa cobertura a toda la agenda de este fin de semana largo.
En los discursos de cierre del encuentro no hubo un solo mensaje de condena a estos episodios, sino sólo una toma de distancia en declaraciones aisladas, por lo que cabe suponer -que como mínimo- el Encuentro como organización no los consideró relevantes.
Somos una sociedad cruzada por fisuras y tensiones. También atravesada por una sensación culposa -en parte devenida de los años de totalitarismo y de lecturas sesgadas de nuestra historia- que nos llevó a tener un serio conflicto con los conceptos de autoridad y de orden. “Acá hacemos lo que queremos”, fue una de las frases que escucharon los periodistas de este diario agredidos el domingo.
El sábado, dos adolescentes católicos que se habían parado junto a las vallas de la Catedral, en señal de respaldo a su credo religioso, habían sido golpeados y pateados. El mismo día se pintaron comercios y edificios públicos y privados con consignas de todo tipo, alegando que eran “intervenciones”. Algunos comerciantes intentaron impedir que les arruinaran sus vidrieras, y entonces se los trató de “castradores” y violentos.
Al mismo tiempo, más de 30.000 asistentes al ENM debatían en los talleres, se vinculaban respetuosamente con la ciudad que las había recibido, cuidaban como si fuesen propios los sitios en que fueron alojadas.
Y, sobre todo, esas decenas de miles de personas buscan con la diversidad de argumentos que exponen en cada convocatoria y - se pueden compartir o no- encontrar caminos que permitan arribar a una sociedad más plural e inclusiva, donde cada quien pueda ser lo que desea, en la medida en que ello no afecte a terceros.
Es una pena, por eso mismo, que el cierre de las actividades no haya incluido una definición categórica contra las agresiones a personas y propiedades, que en el fondo sostienen la idea de que los pensamientos se modifican a los golpes. Un paradójico machismo ejercido por mujeres.
Sean cuales sean los términos de ese punto de encuentro entre todos los modelos sociales que hay en pugna hoy, éste será totalmente inviable si no se apoya sobre una fórmula tan vieja como indispensable: respetar las convicciones de los demás tanto como deseamos que sean respetadas las nuestras, y asumir que los derechos de unos no pueden pisotear a los de otros.
Por eso, haría bien el Encuentro de Mujeres en adquirir la capacidad de ver qué le suma y qué le resta, y en tener en cuenta que su llegada a una ciudad diferente cada año se concreta no sólo merced al encomiable esfuerzo de su propia estructura, sino también por los aportes que efectúan los gobiernos locales al disponer en su favor de fondos, logísticas e infraestructuras públicas que son pagados por las comunidades receptoras.
Lo cortés no quita lo valiente, así como nadie espera que lo receptivo le reste a lo reivindicatorio.










