La grieta de Trump
La sociedad norteamericana también tiene su grieta, y aunque las divisiones en el país del norte no son nuevas, la novedad hoy está dada por el hecho de que quien tiene la más alta responsabilidad de unir a esa nación, es decir el presidente Donald Trump, parece empeñado en caldear los ánimos y agravar las tensiones.
Un artículo publicado esta semana por el New York Times advierte que en el transcurso de un solo día el siempre polémico Trump batió todos los records de enfrentamientos entre un mandatario y figuras de distintos sectores. Además de jugar con fuego con el dictador de Corea del Norte, Kim Jong-un, el magnate de los negocios inmobiliarios ahora devenido en presidente de la mayor potencia mundial disparó frases incendiarias primero contra el senador por Arizona John McCain, a quien señaló como el responsable del nuevo fracaso republicano para derogar la actual ley sanitaria que impulsó Obama; luego criticó al senador demócrata Chuck Schumper; también atacó verbalmente al jugador de los Golden State Warriors de la NBA Stephen Curry, y como si todo eso fuera poco también confrontó con jugadores de la Liga Nacional de Fútbol Americano (NFL, por sus siglas en inglés) que no cantan el himno norteamericano antes de cada partido en protesta por los abusos policiales contra las minorías que se acentuaron tras la llegada de Trump al poder. El historiador y ganador del Pulitzer Garry Wills, que realizó varios trabajos sobre la vida de presidentes de EEUU, dijo un poco en broma y un poco en serio que “no hay otro que dispare semejante balacera de insultos personales de manera omnidireccional‘. Sobre este comentario, el New York Times observa que la excepción a esta regla son el presidente ruso, Vladimir Putin, y los supremacistas blancos de Charlottesville, Virginia, que nunca han sido criticados con dureza por el nuevo inquilino de la Casa Blanca.
En realidad, los conflictos y tensiones están presentes en todas las épocas, en todas las sociedades. Lo grave es cuando estas divisiones comienzan a profundizarse por el predominio de posturas autoritarias que no aceptan otros puntos de vista o descalifican las opiniones que no coinciden con una única manera de ver el mundo. Días atrás, el corresponsal en la Casa Blanca de The New York Times Peter Baker escribió: “Pendenciero hasta el cansancio, Trump se ha erigido en el apóstol de la ira norteamericana, un verdadero diácono de la división”. ¿Exagera? Todo parece indicar que no. Las últimas noticias sobre las polémicas intervenciones del mandatario dan la razón al periodista, y prueba de ello es el rechazo que recibió Trump luego de que, en un acto en Alabama, denunciara la supuesta actitud antipatriótica de las estrellas de la NFL por negarse a ponerse de pie durante el himno en protesta contra el trato discriminatorio que reciben las minorías.
Pero, como dice la prensa norteamericana, Trump confrontó con casi todas las instituciones más importantes de EEUU: el Departamento de Justicia, el Congreso, los demócratas, los republicanos, los medios de comunicación, los militares, la OTAN, Hollywood, los organismos de inteligencia y ahora también con las estrellas del deporte.
Nicole Hemmer, investigadora de la Universidad de Virginia, se mostró sorprendida por el nivel de confrontación que plantea el discurso de Trump. En ese sentido, aseguró que en EEUU nunca se vió “un presidente que disfrutara tanto generando animosidad y odio entre los norteamericanos”.
Por estas latitudes, y como suele suceder en muchos aspectos de la vida nacional, los argentinos creemos que lo mejor y lo peor de este mundo ocurre sólo en nuestro país; que la inigualable letra de Cambalache solo se aplica a estas pampas. Sin embargo, si se mira con una cuota razonable de desapasionamiento lo que ocurre más allá de nuestras fronteras, se puede advertir que, en el fondo, esa autopercepción que nos asegura que vivimos en el único país del globo que está partido al medio no es otra cosa que un exceso de amor propio. Acaso el ejemplo de la tensión que se vive por estos días en EEUU, con el polémico Donald Trump a la cabeza, confirme que las divisiones no son un problema exclusivo de la sociedad argentina.










