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El peligro de naturalizar los discursos de odio

Los resultados de las elecciones celebradas en Alemania confirman que, por primera vez desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, los representantes de un partido xenófobo y ultranacionalista lograron convertirse en la tercera fuerza política de ese país y colocar cerca de 90 diputados en el Parlamento germano. Mientras tanto, a más de 6.000 kilómetros de Berlín, en Washington, un magnate inmobiliario devenido en presidente alienta la construcción de un muro fronterizo, hace gala de su xenofobia y se empeña en utilizar polémicas frases contra musulmanes, mujeres, negros y latinos.

Hace pocos días, la organización no gubernamental con sede en Amsterdam, United para la Acción Intercultural que apoya a los inmigrantes y trabaja contra el racismo, publicó un documento en el que destaca la necesidad de debatir sobre el importante valor de la libertad de expresión y su relación con la protección de otros derechos nos menos fundamentales, como el derecho a vivir sin ningún tipo de temor o intimidación, el derecho a la dignidad, tanto individual como colectiva, y el derecho a la igualdad social, sin ningún tipo de discriminación o exclusión. Tras advertir que la difusión de puntos de vista racistas derivó en el Holocausto, la organización observó con preocupación el surgimiento en distintos países europeos de discursos xenófobos con los que grupos de extrema derecha pretenden promover prejuicios o incitar a la violencia contra personas por motivos de su pertenencia a una etnia, género, edad, colectivo étnico, nacionalidad, religión, orientación sexual, identidad de género, discapacidad, lengua, opiniones políticas o morales, estatus socioeconómico, ocupación o apariencia (como el peso o el color de pelo).

Lo grave es que este tipo de discursos comienzan a ser tomados con cierta naturalidad por sectores de la población que legitiman con sus votos a figuras políticas abiertamente xenófobas y racistas, o a personajes que son ambiguos a la hora de condenar las más evidentes prácticas discriminatorias que afectan a distintas minorías. El terreno ganado por la ultraderecha en las últimas elecciones germanas donde el partido neonazi Alternativa por Alemania logró un significativo apoyo, además de empañar la victoria de Ángela Merkel, debe ser un llamado de atención de todos los ciudadanos que creen y defienden los principios de la libertad y la democracia.

El discurso xenófobo y provocador de los ultraderechistas alemanes es similar al utilizado en sus respectivas campañas electorales por el Frente Nacional en Francia con Marine Le Pen a la cabeza; por el líder islamófobo Geert Wilders en Holanda; y por Donald Trump en Estados Unidos, que no se queda atrás con sus polémicas posturas antiinmigrantes. Pero si estos dirigentes logran avanzar es porque hay una ciudadanía que los apoya, y por eso es necesario subrayar que estos mensajes con contenidos racistas o xenófobos no pueden ni deben ser equiparados a cualquier otro punto de vista legítimo que pueda expresarse en el discurso público. Es importante promover una mirada crítica hacia estos mensajes a fin de evitar que sean adoptados con naturalidad por la ciudadanía.

Existen sobrados ejemplos históricos que enseñan que nada bueno puede salir de la incitación al odio, y acaso la tragedia vivida por los pueblos de la antigua Yugoslavia, el paso del nazismo en la misma Alemania y el apartheid en Sudáfrica, demuestren los extremos a los que se pueden llegar cuando no se reacciona a tiempo frente a expresiones que van en contra del respeto a la diversidad cultural, étnica, política o religiosa. Es imprescindible que ya desde temprana edad a los niños se les enseñe a las escuelas la importancia clave que tiene el respeto por la diversidad, y que en las horas dedicadas a la enseñanza de Historia se recuerde que la discriminación por motivos étnicos, religiosos, culturales o por razones de nacionalidad han generado, en distintas partes del mundo, desde migraciones forzadas hasta aberrantes crímenes de lesa humanidad.

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