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El amor es el punto de equilibrio de la justicia

¿Cómo equilibrar la objetividad que debe tener la práctica de la justicia con la vivencia de la fe cristiana que muchos de nosotros seguramente profesamos? En términos jurídicos, pensamos, no se puede involucrar el corazón, pero lo cierto es que tenemos corazón, vale decir sentimientos y alma

La ley para ser más o menos objetiva debe sustraerse de cualquier otra cosa que no sea el marco jurídico para garantizar lo más posible un juicio justo. En términos de fe, sin embargo, la “ley marco” es el amor, y, en este sentido, en términos de fe, el amor está por sobre la regulación de los principios y normas que rigen y ordenan la moralidad de las conductas de los creyentes. Jesús dijo que “no vino a abolir la ley sino a llevarla a su plenitud”.

Pues bien, la plenitud de la ley en el ámbito de la fe la da el amor. Podemos en efecto ser muy cumplidores de preceptos, muy correctos en todo lo que se refiere a prácticas religiosas y sin embargo tener un corazón demasiado frío. Por tanto, la ley que debemos cumplir como hombres y mujeres de fe debe fundarse en primer lugar en un corazón compasivo y misericordioso que se conmueve frente a la situación del otro. Una cosa es el tratamiento jurídico que le debo dar a una situación, pero si soy bautizado, soy también “discípulo y misionero del Señor”, como define Aparecida a todo bautizado. Si esto lo pide y enseña la Iglesia, debo, también desde la función, profesión o labor, cualquiera sea esta, darle un tratamiento pastoral a las situaciones que se me plantean cada día. Esto es un gran desafío, equilibrar en nuestra actividad “secular” lo propio que tiene la función, con la acción pastoral donde lo relevante debe ser la compasión y la misericordia.

Esto nos lleva naturalmente a preguntarnos si somos cristianos, ¿Cómo nos tratamos entre nosotros como colegas?, ¿y cómo tratamos los expedientes sabiendo que detrás de cada uno de ellos hay personas? Funcionalmente no puedo involucrar el corazón en la administración de la justicia, pero pastoralmente sí; y acaso si como Cristo nos involucramos con el dolor del otro y los sentimos como propio, llegaríamos por qué no, a una práctica más humana de la justicia. El cristiano ve el mundo desde el filtro de la fraternidad: “Todo hombre es mi hermano”. Esta es en realidad la revolución cristiana, transformar el mundo en una gran fraternidad universal. Podemos desde la fe y la función establecer un vínculo formal con las personas sirviéndolas no con el alma, sino apenas, desde lo mínimo indispensable que marca la ley. Desde la perspectiva de la fe creemos que es posible un mundo unido desde el principio fundamental que Cristo mismo ha puesto como base fundamental de la entera ley del antiguo y nuevo testamento: el amor a Dios y al amor al prójimo. Se decía de Jesús que “todos estaban asombrados de su enseñanza porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas”. Jesús enseñaba y ejercía la función para la que había venido al mundo desde el amor.

El cristiano no puede ser solo escriba en el ejercicio de su función, porque por el bautismo es también discípulo y misionero de Cristo, vale decir que en su actividad está implicada también una mirada pastoral, que le deja un espacio al amor, a la compasión y la misericordia. Esto implicara esforzarnos para que la letra fría en el ejercicio de la justicia, le sirva también al alma; para que quede en claro que tanto los que dictan sentencia como los sentenciados tienen alma. Lo peor que le puede pasar al mundo es perder el alma, cuando hemos perdido el alma hemos perdido también lo esencial, porque habremos perdido el signo más distintivo que nos caracteriza como seres humanos. El amor es la clave del éxito en todos los órdenes de la vida: “Ama y luego haz lo que quieras”. Es la regla de San Agustín. La fama que debemos extender en nuestro comportamiento como cristianos tiene que ver con nuestra capacidad de amar y de servir, lo dice Francisco: “El poder es servicio o no es poder de nada”. Que se hable por tanto de nuestra misericordia y no de nuestra dureza y frialdad.

La fama de Cristo era tal porque amaba y servía y no porque daba cátedras y dictaba sentencias. La cátedra y la sentencia es para los escribas, Jesús sin embargo nos pide a los cristianos que nos destaquemos por el amor, la compasión y la misericordia. En la caridad y el servicio compasivos y misericordiosos ante la necesidad de los hermanos es lo que en clave de fe queremos decir cuando decimos que la autoridad del amor está por sobre la autoridad de la ley y que en verdad el punto de equilibrio en la práctica de la justicia, la da el amor.

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