La reconciliación argentina pendiente
La Argentina necesita dirigentes y estadistas que piensen el país en el largo plazo, con la mirada puesta en las próximas décadas; y para eso también es necesario que quienes tienen las mayores responsabilidades públicas estén dispuestos a elevar el nivel del diálogo político. Así lo señaló el presidente del Episcopado, monseñor José María Arancedo, tras regresar de Colombia donde participó de la visita del Papa Francisco y fue testigo del histórico llamado a la reconciliación que hizo en Bogotá el Sumo Pontífice.
La preocupación del arzobispo de Santa Fe y titular de la Conferencia Episcopal es también la preocupación del Papa, y se explica por el clima de desacuerdos que ha imperado en los últimos años en la sociedad argentina y que se ha agudizado en estos días por la campaña electoral, sobre todo entre quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos. De ahí el pedido para elevar el nivel del diálogo político que, desde luego, está en sintonía con la prédica de Jorge Bergoglio a favor del encuentro entre todos los argentinos. Pero esa convocatoria, vale aclarar, está dirigida al conjunto de los ciudadanos y no solamente a la dirigencia de los partidos políticos; por eso es importante que la ciudadanía también se comprometa en la construcción de una cultura del encuentro, esté dispuesta a renunciar a ciertas intransigencias, a enriquecer el diálogo y a demandar a sus representantes propuestas superadoras que vayan más allá de los enfrentamientos estériles y de las circunstancias que se presentan en un momento determinado. Sería un error que la sociedad quede entrampada en los problemas de la coyuntura, que los apasionamientos le impidan ver con claridad que las posiciones extremas no conducen a nada y que el respeto por las ideas del otro es fundamental para afianzar los lazos de una comunidad.
Como bien señaló Arancedo en declaraciones públicas que realizó esta semana, las polarizaciones dejan heridas difíciles de cerrar, y por eso no es conveniente que el país esté inmerso en un clima de confrontaciones permanentes. Es imperioso que las políticas públicas sean pensadas en términos de largo plazo, para la Argentina de las nuevas generaciones; y eso requiere aprender a ejercitar todos los días el respeto cívico, lo que no significa que se promueva la uniformidad en el pensamiento de los argentinos, sino la convicción de que el diálogo con el otro que no piensa lo mismo es la piedra angular en la construcción de una nación próspera con justicia, sin impunidad y con equidad para todos.
Hoy, a 34 años del regreso de la democracia que alumbró un nuevo tiempo político en la Argentina, todos los esfuerzos deben estar destinados a rescatar a esa importante porción de la población que todavía está por debajo de la línea de pobreza; a fortalecer las instituciones de la República y a hacer que la actividad política sea una actividad que permita mejorar la calidad de vida de todos los argentinos. Aunque no son numerosos, existen en el mundo ejemplos de sociedades desarrolladas donde la ciudadanía ha comprendido que de dos o más posturas diferentes se puede llegar a una síntesis que supere y mejore incluso esas diferencias, aunque para eso es necesario que exista de antemano una predisposición de todas las partes a renunciar a algo y a evitar las tensiones que conducen a situaciones violentas.
Cristalizar el mensaje de entendimiento que predica el Papa Francisco solo será posible si cada uno de los argentinos da ese paso necesario hacia la cultura del encuentro. La reconciliación que está pendiente no es una meta sencilla de alcanzar, pero los mismos obstáculos que se ponen en su camino hacen que sea un objetivo valioso que, sin dudas, ayudará a todos a unirse alrededor de un gran proyecto común: el de la construcción de una gran nación.










