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Invertir en innovación es clave para el desarrollo

Los sorprendentes avances logrados en el campo de las tecnologías han generado una revolución silenciosa en las sociedades modernas, con repercusiones en prácticamente todos los rincones del planeta. Frente al nuevo escenario global que se configura a partir del uso masivo de dispositivos electrónicos, las economías nacionales se enfrentan al desafío de generar nuevos desarrollos tecnológicos con alto valor agregado para ofrecer al mercado mundial, o conformarse con el rol de ser simples promotoras del consumo.

Uno de los países que vienen apostando fuerte a la innovación tecnológica es Israel. Gracias a una decidida política de Estado que se puso en marcha hace casi dos décadas, este país de Medio Oriente logró posicionarse como la segunda potencia tecnológica del mundo, ubicándose solo por detrás de un gigante de la tecnología como lo es Estados Unidos. La apuesta de Tel Aviv ha sido tan decidida y firme, que en solo una década Israel se convirtió en el más productivo semillero de empresas emergentes (también conocidas por el término startups, en inglés). Se trata de emprendimientos con productos innovadores que se apoyan en desarrollos tecnológicos y los ejemplos israelíes más conocidos son Waze, la aplicación de tráfico y navegación que acaba de comprar Google por 1.000 millones de dólares; Trusteer, un software que emplean los principales bancos del mundo para garantizar un servicio seguro a sus clientes usuarios de homebanking, que fue comprado por la multinacional IBM, también por 1.000 millones de dólares; o Primesense la empresa que desarrolló una tecnología de mapeado en tres dimensiones de reconocimiento corporal y que tuvo tanto éxito que terminó siendo comprada por Apple en 345 millones de dólares. A esta lista puede agregarse Onavo, empresa especializada en el consumo de datos móviles que fue comprada por Facebook en 120 millones de dólares, y otras más que hacen que Israel sea hoy uno de los países con mayor tradición emprendedora y tecnológica de todo el mundo.

Lo más llamativo del caso es que se trata de un país que durante muchos años careció de agua, no posee petróleo y tiene una escasa superficie cultivable. Esos factores condicionantes de la economía no fueron un obstáculo para que el Estado de Israel apostara a la innovación, para lo cual primero dio un gran impulso a la educación, lo que dio como resultado que hoy el país tenga uno de los índices más altos del mundo de ingenieros en relación con su fuerza de trabajo: 140 profesionales de la ingeniería relacionados con la electrónica y el software por cada 10.000 trabajadores. Muchos de estos ingenieros fueron los que dieron vida a empresas emergentes que comenzaron a comercializar productos tecnológicos innovadores que tuvieron un gran impacto en la vida de las personas. Pero el Estado isrealí fue más allá de la formación de profesionales y también acompañó con financiamiento a los proyectos tecnológicos más prometedores, y alentó a las universidades a desarrollar sistemas de transferencia de tecnología que terminaron dando muy buenos resultados. Este círculo virtuoso permitió que el ingeniero israelí Dov Moran, creador del pendrive, obtuviera la patente por ese invento y reciba hoy cerca de un millón y medio millón de dólares por año por los derechos, mientras que la universidad que apoyó el proyecto ha logrado facturar unos 15 millones de dólares por año por esa original creación.

Invertir en la formación de ingenieros vinculados con el campo de la tecnología y la innovación es fundamental para el desarrollo económico y el progreso social de los argentinos. También es importante que se multipliquen, sobre todo en regiones como el NEA, las incubadoras de proyectos; se aliente en los jóvenes la pasión por investigar y crear y se promueva la vinculación entre las universidades y las empresas.

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