La industria del vino en su peor momento
Hasta hace poco, en la Argentina siete de cada diez hogares compraban vino al menos una vez al año, mientras que la mitad de los mayores de 18 años lo consumían en forma habitual. Pero estos hábitos, que hacen que esta bebida sea un producto de consumo masivo en el país, comenzaron a cambiar en los últimos meses por la abrupta caída del poder adquisitivo de la mayoría de los bolsillos. Como ocurre con otros sectores afectados por el achicamiento del mercado interno, la industria vitivinícola enfrenta una profunda crisis, que se agudizó en el último semestre por la caída de las ventas, la suba de costos y las malas cosechas.
Según el informe elaborado por el Instituto Nacional de Vitivinicultura titulado “Anticipo de comercialización de vinos y mostos” el sector viene de sufrir las dos peores vendimias de los últimos 50 años, con el agravante de que además tuvo que enfrentar un aumento de costos por la inflación. Ese difícil escenario, para colmo, se presentó con un contexto económico nacional que se caracteriza por un mercado interno deprimido que hizo que las ventas de vino se desplomaran un 9 por ciento el año pasado, y un 5 por ciento más en lo que va de 2017, a lo que debe agregarse una caída de casi el 6 por ciento en las exportaciones del sector.
Para algunos bodegueros, la caída en el mercado interno es la principal responsable de una caída de casi el 80 por ciento de las ventas, pero además los cambios introducidos por las políticas económicas actuales colocaron a distintos eslabones de la cadena de valor de esta industria en una situación difícil que se tradujo en la pérdida de competitividad y posterior pérdida de mercados. El nuevo escenario económico, que beneficia a los que más tienen, también se sintió en la industria del vino: sólo las ventas al público de los productos de precios más altos se mantuvieron sin cambios, pero los vinos de mesa y del segmento medio cayeron en picada. Los empresarios bodegueros reconocen que algunas medidas económicas nacionales como la quita de retenciones, la política cambiaria y la apertura en las importaciones de ciertos insumos beneficiaron hasta cierto punto a la industria, esas ventajas comparativas se perdieron por efecto de la inflación y la suba de costos. En ese sentido, observan que por cada botella de vino que se produce sólo el 35 por ciento está generado por el valor del contenido, mientras que el porcentaje restante se origina en impuestos, fletes, etiquetado y envasado.
Como sucede con todas las economías regionales que están alejadas de los principales puertos del país, en el caso del vino también ocurre lo mismo con las provincias productoras que deben lidiar con el alto costo del flete y una pesada carga tributaria de casi el 40 por ciento que quita competitividad, a lo que se suma ahora el lastre de una economía inflacionaria. De esta manera, la industria vitivinícola se ve obligada a reinventarse para hacer frente tanto a los problemas del mercado interno, con cada vez menos consumidores, como a las complicaciones que se presentan a la hora de exportar.
Un informe elaborado por el Observatorio Vitivinícola Argentino estima que la producción primaria en la vitivinicultura genera más de 55.000 empleos, que deben sumarse a otros 21.000 relacionados con la elaboración del producto, más los puestos de trabajo generados por los eslabones de distribución y comercialización, así como también el creado por otras actividades, como el enoturismo. La crisis en la industria vitivinícola es un reflejo de la difícil coyuntura que sufren también miles de pequeñas y medianas empresas de otros sectores de diferentes puntos del país que están al borde de la supervivencia, poniendo en peligro las fuentes de trabajo.










