Ciudadanos del reino versus partidarios del maligno
En el contexto de campañas políticas como consecuencia del ejercicio democrático de los ciudadanos de la patria, la palabra de Dios de este domingo viene a darnos luz a través de las parábolas, para ayudarnos a reflexionar y discernir en este tiempo en el que tenemos que decidir a quién confiamos los destinos de la Nación.

El texto nos coloca en un escenario de esperanza, porque afirma que el bien crece junto al mal y que al final habrá un juicio donde los ciudadanos del reino brillaran por su fidelidad a Dios y los partidarios del maligno serán cortados y arrojados al fuego eterno. Al mismo tiempo en la pequeña semilla de mostaza y la levadura se nos garantiza que el reino de Dios de amor justicia y verdad avanza de todos modos, aunque no lo veamos. Este reino está creciendo en todas partes, en esa porción de humanidad que mimetizada en el mundo está empujando la historia al nivel de su más profunda razón de ser: Dios que es amor.
El día en el que triunfe esa verdad y la conciencia humana evolucione hasta ese estadio para cumplir a cabalidad con su paradigma que es Cristo el hombre nuevo, todos viviremos por fin reconciliados construyendo y experimentando una genuina civilización del amor.
Ahora bien, sin embargo, corresponde a nosotros los hombres de este tiempo ayudarnos mutuamente para conducir la historia hacia esa plenitud y en este sentido la palabra de Dios es nuestro auxilio, ya que en primer lugar ella es el faro que ilumina nuestros pasos, y, por otra parte, Cristo es la palabra eterna pronunciada sobre la historia y salida de la boca del Padre. Allí, en esa palabra, no hay confusión ni doble discurso, sino tan solo esplendor de verdad. En este sentido la palabra de este domingo nos dice que hay ciudadanos del reino y partidarios del maligno. ¿Dónde están unos y otros y cómo podemos distinguirlos? No es tan difícil descubrir a los partidarios del maligno que a plena luz del día y con desfachatez operan el mal. Tienen la habilidad de camuflarse como corderos, pero la piel de lobo les brota por todas partes y aunque tienen discursos conciliadores y se presentan como paladines de la justicia social y como muy comprometidos con los pobres, la mentira que dicen y en la que viven fácilmente es detectable. Basta que miremos los lugares donde viven, los vehículos que manejan y las propiedades que ostentan para darnos cuenta cual es el real espíritu que los gobierna. Afirman amar a los pobres y que están comprometidos con ellos pero la realidad es la única verdad y la realidad dice que ese amor y compromiso es solo discurso vacío ya que miran a los pobres de lejos y jamás se involucran con el drama y la injusticia real que padecen ellos: ancianos, niños, mujeres, jóvenes, familias enteras a la deriva, mientras que con sus discursos grandilocuentes ofenden la dignidad de los que todos los días deben salir a la calle a morder el polvo para poder sobrevivir. Se visten con ostentación y sus fiestas son fastuosas y aunque afirman que todo eso es fruto de su trabajo honesto, la verdad cae por sí misma cuando las decisiones que toman, cuando votan leyes y ejercen el poder, lo hacen con un total desprecio por el pobre, ya que votan pensando en su obscenos y oscuros intereses sin importarle un rábano el sufrimiento de ellos. Lo único que hace legítimo un discurso es la obra eficaz, la que se ve incluso cuando no se publica, porque obra son amores y el amor aunque no se hace propaganda a sí mismo, si se hace visible en la gratitud de los humildes que saben reconocer de manera indudable quienes son los que se juegan por ellos.
Es sabido como dicen los libros sagrados que la corrupción y la inmoralidad conduce al fracaso y a la muerte. Dice la palabra de Dios sobre el gobernante corrupto: “No morará en mi casa quien cometa fraude” (Sal. 101, 7). “No juntes mi alma con los pecadores, ni mi vida con los hombres sanguinarios, que tienen en sus manos la infamia, y su diestra repleta de soborno” (Sal. 26, 10). “Sus hijos no siguieron su camino: fueron atraídos por el lucro, aceptaron regalos y torcieron el derecho”; “envejecido en la iniquidad, ahora han llegado al colmo los delitos de tu vida pasada, dictador de sentencias injustas, que condenabas a los inocentes y absolvías a los culpables” (Dm. 13, 53).
Contundente enseñanza de la palabra de Dios acerca del destino que les espera a quien corrompe su alma por dinero o por poder. El fracaso como existencia les espera y sus almas nunca conocerán la luz. Para esto vino Cristo al mundo, para salvarnos de las tinieblas del pecado y de la inmoralidad de los que ejercen el poder que sacrifica millones de inocentes en el mundo todos los días.
Dios ha proveído al hombre de todo lo que necesita en sobreabundancia para que lo administre y distribuya, el hambre y la injusticia de nuestros hermanos clama al cielo y la maldad, el egoísmo y la avaricia de los partidarios del maligno que se resisten a convertirse en ciudadanos del reino, no quedará impune. Así como los partidarios del maligno son fácilmente distinguibles, también los ciudadanos del reino se distinguen fácilmente; no por la propaganda que hacen de sí mismos, sino por la obra de amor que crece como fruto del compromiso que tienen con los más frágiles de la sociedad. No tienen propiedades, no se mueven en autos suntuosos, no viven en mansiones, son austeros y discretos y tienen una opción decisiva y un amor incondicional por los pobres. Allí está realmente el grano de mostaza y la levadura que fermenta toda la masa, para transformar el mundo en un lugar más digno y más justo para todos. Dice la palabra de Dios sobre ellos: “El que rehúsa ganancias fraudulentas, el que se sacude la palma de la mano para no aceptar soborno, el que se tapa las orejas para no oír hablar de sangre, y cierra sus ojos para no ver el mal. Ese morará en las alturas, subirá a refugiarse en la fortaleza de las peñas, se le dará su pan y tendrá el agua segura” (Es. 33, 15-16). Podríamos concluir esta reflexión apelando al examen de conciencia que cada uno de nosotros debemos hacer para que, aunque nos cueste, descubramos de qué lado estamos, si del lado de los partidarios del maligno o del lado de los ciudadanos del reino.
El lugar en el que nos descubramos no es irrelevante, se los digo con infinita caridad y al mismos tiempo con toda la crudeza de la verdad, si no nos convertimos en ciudadanos del reino, el absoluto fracaso será el lugar adonde iremos a parar, allí en la nauseabunda atmosfera de nuestras miserias más inconfesables en la más sórdida soledad y oscuridad, navegaremos eternamente como gusanos por los túneles más oscuros y horrorosos de la malignidad que nosotros mismos nos hemos creado mientras vivíamos en el mundo para ir habitar allí por toda la eternidad.










