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No cede el fuerte aumento de las importaciones

A medida que avanza la aplicación del programa económico que impulsa el gobierno nacional queda más nítido el escenario de ganadores y perdedores del modelo. Entre los primeros figura, sin dudas, los que apuestan a la renta financiera, mientras que en el grupo de los perjudicados están los que creen en el crecimiento de la producción local, entre ellos los sectores más sensibles de la industria, como los alimentos, calzados, textiles y bienes de capital.

Mientras el mercado local exhibe un debilitamiento como resultado del achicamiento inducido del consumo interno, que se expresa en una fuerte caída de las ventas y, por consiguiente, de la producción; en paralelo aumenta el ingreso al país de productos elaborados en otros países que golpean a la industria nacional. Un estudio realizado por la consultora Radar alertó que en los rubros textil e indumentaria se registró en los primeros cinco meses del año un aumento del 49 por ciento en la compra al exterior de productos terminados (medido en toneladas) con respecto a igual lapso de 2016, mientras que en calzado la importación aumentó 34 por ciento y en ropa de cama y cocina lo hizo en un 36 por ciento. En alimentos y bebidas, en tanto, esa comparación arroja un crecimiento de las importaciones del 25 por ciento medido en dólares, aunque se destacan productos por la fuerte variación en cantidades, como uvas (12.895 por ciento), manzanas (5197 por ciento), vinos (40.907 por ciento) y carne porcina (14.600 por ciento), en producciones que antes eran abastecidas casi totalmente por las economías regionales.

Por otra parte, según el informe de la consultora, las importaciones de bebidas y alimentos continuaron en alza el último mes, afectando a diversos sectores productivos. El agregado arroja para los primeros cincos meses un aumento medido en dólares de 25 por ciento interanual.

El informe destaca, además, el aumento de compras de batatas hasta mayo, con 1100 toneladas provenientes de Brasil, ante la inexistencia previa de importaciones. En uvas se compraron también 1100 toneladas, en un 90 por ciento a Chile, lo que representó un incremento de 12.895 por ciento. En manzanas se registró el arribo de 1200 toneladas de origen chileno, un 5197 por ciento más. En tomates conservas se compraron 7300 toneladas, un 1078 por ciento más, cuyo origen fue en un 80 por ciento Italia. Se importaron también 1400 toneladas de queso fundido, un 246 por ciento por encima de enero-mayo de 2016, y 14.600 toneladas de carne porcina, con un aumento del 72 por ciento. En vinos fueron 50 millones de litros, con un alza de 40.907 por ciento, proveniente en un 90 por ciento de Chile.

Distintos economistas de espacios políticos opositores al gobierno nacional vienen alertando que en un escenario de fuerte caída en los niveles de producción y ventas como el actual, la apertura indiscriminada de importaciones lo que hace es agravar aún más la situación de industrias locales que generan buena parte del trabajo de los argentinos. Sectores como los de la industria textil e indumentaria vienen padeciendo el ingreso de productos que ingresan desde países donde prácticamente no existen leyes laborales, y que compiten en forma desigual con la industria nacional, con el agravante de que esto ocurre en medio de un escenario recesivo.

El sector productor de bienes de capital es otro de los que pierden con la retracción de la actividad. Así lo confirmó la Asociación de Industriales Metalúrgicos de la República Argentina tras dar a conocer que la producción del sector se desplomó un 10 por ciento durante 2016 y sostuvo la tendencia negativa durante los primeros meses del año. Es evidente que se está ante un modelo económico que no alienta la industrialización ni el desarrollo, y tampoco propicia el crecimiento de la producción y la inversión local. Mientras el gobierno continúe con su política de abrir las puertas a importaciones de todo tipo de productos en un escenario recesivo, el impacto negativo se seguirá sintiendo en las economías regionales, donde la pérdida del poder adquisitivo de los salarios y el crecimiento de la desocupación pueden convertirse en una peligrosa mezcla que termine dañando, como ya ocurrió en los años 90, la estructura productiva.

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