Perderse para siempre en la vanidad del mundo
Estamos en el mundo pero somos cristianos y esto hace una gran diferencia porque nos coloca entre aquellas personas a los que Cristo ha dicho: “Ustedes están en el mundo pero no pertenecen a él”. Vivimos entonces con la conciencia de que somos peregrinos y que el mundo al fin y al cabo es para nosotros un lugar de paso que nos da la posibilidad del ascenso hacia la plenitud en la que real y eficazmente nuestra existencia será cualificada.
Esto, sin embargo, no nos distrae de las responsabilidades que supone nuestra vida en la Tierra, ya que, también es parte fundamental de nuestra espiritualidad cristiana, el hecho de que esa planificación y glorificación, comienza en la Tierra. En efecto, sabemos que el Cielo es una casa que ‘habitamos allá’, pero que ‘la construimos acá’. El Evangelio es categórico contra toda mundanización del Reino que el inaugura en la Tierra, pero también contra todo espiritualismo que nos saque de nuestro compromiso con la realidad. Por lo cual no somos auténticos y verdaderos cristianos si relativizamos a Dios y al mismo tiempo si relativizamos la realidad como el lugar específico donde acontece nuestra salvación.

Comúnmente el mundo nos atropella con su mundanidad cruda y puede incluso en personas muy crecidas en su camino espiritual enturbiarles la visión, y hacerles caer en la trampa de un secularismo velado donde Dios deja de ser el absoluto, para transformarse en un rito, un hábito, una costumbre o una tradición, y entonces lejos de su verdad más esencial que es la de un Dios vivo. El opuesto aquí sería una espiritualidad tan fundamentalista que llega a desconocer la realidad como lugar privilegiado donde Dios se muestra y salva y desde una lectura fundamentalista de la palabra de Dios concluir que toda la realidad es mala y perversa y entonces destinada a su destrucción. En esa selva espesa que es el mundo, sin embargo, se ha encendido una luz potente: Cristo, su palabra y su obra redentora donde está también contenido el modo en como un cristiano debe vivir en el mundo.
Los principios que Dios nos da en su palabra para contraponernos a la propaganda feroz del mundo que quiere dominarnos es entregarle completamente el corazón a Dios con un amor absoluto. Este amor absoluto debe ser superior al amor humano, por ejemplo el amor por los padres y por los hijos. Esto concretamente significa ponerlo a Dios en el centro de la escena de nuestra vida y no en un lugar periférico o marginal. Es lógico que sea así, porque si amamos desde el fundamento del amor que es Dios, todos nuestros amores serán ordenados y armónicos, el amor al esposo y a la esposa y a los padres y a los hijos, porque Dios es orden, armonía y perfección. Quien pone en primer lugar el amor humano por sobre el amor de Dios ciertamente incurrirá en un desorden de afectos y de sentimientos porque le habrá sacado al amor la razón misma de su ser que es Dios. Amar de este modo supone vivir desde un valor que sea realmente capaz de sacrificarlo todo por Dios. Como dice san Agustín: “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, ¡tarde te amé! y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por de fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste Tú estabas conmigo, más yo no estaba contigo .Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían”.
Fuera de Dios, que es amor, reina el caos. Y todo lo que podemos crear fuera de Dios es desorden. Es por eso que Dios nos pide un amor totalitario que sea capaz de sacrificarlo todo, por Él. El amor de Dios buscará nuestra perfección y su amor en toda circunstancia buscara que nos plenifiquemos y eso significará de nuestra parte aprender á a morir a todo lo del mundo permitiendo que todo lo vano desparezca de nuestra vida. Perder la vida del mundo por Dios significa eso. Y ganar la vida en el mundo excluyendo a Dios de esa opción significa en verdad nuestra propia autodestrucción y fracaso. En efecto podemos ganar el mundo con todo el brillo de una vana mundanidad que durará muy poco. Según los cálculos bíblicos “el más robusto vive hasta ochenta”, ¿y después qué?
Según la enseñanza de Jesús de este domingo eso supone perder la vida de verdad, ya que quien se dedicó solo a sus trabajos, sus empresas y a acumular riquezas y tener poder y fama en esa índole de vanidad perecedera desparecerá para siempre en el polvo, como desaparecen las cosas materiales.
Perder la vida por Cristo y entonces ganarla significara haber transformado a Dios en el referente y la opción fundamental de nuestra vida. Muy por el contrario perder a Cristo y ganar la vida, eligiendo al mundo en primer lugar, significara perder la vida para siempre y haber fracasado en la existencia, ya que lo que debió resplandecer para siempre como realidad que se podría haber elevado desde la materia al pedestal glorioso de la vida del espíritu, habrá sucumbido al lugar de los muertos, vuelto totalmente una materia oscura que jamás conocerá la luz.










