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El peso de una deuda que hipoteca el futuro

De la mano del gobierno nacional de Cambiemos, la Argentina vuelva a transitar el doloroso camino del endeudamiento externo. Esta vez, la estrategia macroeconómica de la administración Macri optó por embarcar al país, y a todos los argentinos, en una peligrosa aventura con la emisión de un nuevo bono con vencimiento en 100 años, lo que despertó una catarata de críticas de economistas y de dirigentes de la oposición.

Se trata de la emisión del título denominado Global 2117 con el que Argentina tomará otros 2.750 millones de dólares del mercado internacional, a pagar en cien años, el plazo más largo en la historia del país. Trascendió que el bono pagará semestralmente a sus tenedores un interés del 7,125 por ciento y un rendimiento de 7,9 por ciento anual, es decir que el Tesoro nacional deberá sumar un costo de unos 200 millones de dólares al año para cumplir con las obligaciones que impone la toma de esta deuda. Consultados sobre la conveniencia o no emitir un bono de estas características, distintos economistas observaron que el problema es que el gobierno nacional no resuelve la cuestión de fondo del déficit fiscal, y lo que hace es esconder la basura bajo la alfombra y patear la pelota para adelante. Para colmo, advierten los especialistas, la toma de esta deuda se hizo a una tasa de interés extraordinariamente alta, que deberán pagar varias generaciones de argentinos. En ese sentido, citan como ejemplo los casos de México e Irlanda que colocaron títulos similares pero a tasas que no superan el 4 por ciento anual, es decir la mitad de lo que nuestro país se comprometió a pagar durante un siglo completo intereses. Otro de las críticas que expresaron distintos economistas es que se trata de una medida audaz que representa una toma excesiva e innecesaria de riesgos en el mercado financiero.

No deja de preocupar a la mayoría de los ciudadanos que desde la llegada a la Casa Rosada del presidente Mauricio Macri el país ha comenzado a transitar la senda del endeudamiento prácticamente sin pausa, con el agravante de tener una economía que no arranca y que no genera puestos de trabajo. Tampoco se conocen medidas que apunten a generar un ahorro nacional, mientras que por otro lado se incentiva la bicicleta financiera, y no se advierte la llegada de inversiones de envergadura que permitan agregar valor a los productos nacionales y que apuntalen el desarrollo.

Vale la pena evocar el pensamiento del recordado economista, Aldo Ferrer, quien sabiamente sostenía que la falta de dólares que periódicamente adolece la Argentina “se debe a un problema estructural que se resuelve con desarrollo, no con deuda”. “En todo caso si se toman créditos en el exterior tienen que ser complementarios del ahorro interno”, aconsejaba. “Pretender resolver la falta de dólares tomando deuda no resuelve el problema de base, y después al problema de base se suma la deuda, que es lo que nos pasó en tiempos de la dictadura y en los años 90‘, advirtió Ferrer. Hoy el país comienza a dejar muy atrás la estrategia de desendeudamiento que, en su momento, con virtudes y defectos permitió encarar una política económica soberana acorde a los intereses nacionales. El giro en las políticas económicas que se puso en marcha a partir de diciembre de 2015 prometió una transformación, pero todo parece indicar que, al menos por ahora, la sociedad argentina continuará fragmentada con pocos sectores que aprovechan las actuales reglas de juego que les permite acumular mucho y muchos ciudadanos de a pie a los que cada vez les cuesta más llegar a fin de mes, en un país que vuelve a cargar sobre sus espaldas el peso de una deuda que amenaza con hipotecar el futuro de varias generaciones.

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