Literatura con mayúsculas
En noviembre del 2000 Jonatan Barnes escribía en las páginas de NORTE: “Leer a Enrique Gamarra implica adentrarnos en el universo de una de las voces más lúcidas, poderosas y coherentes que ha dado la literatura argentina en la segunda mitad del siglo XX. Hablar de él -como hablar de Saer, Tizón, Moyano o Di Benedetto- es hablar de literatura con mayúsculas”.
Contrariando su fama de hombre duro y poco dado a la exposición pública, accedió gentilmente a la entrevista que a continuación se transcribe.

¿Qué es la literatura para usted?
-La literatura, el arte en general, es la fuente en que se limpia la historia. ¿Nos hemos detenido a pensar alguna vez qué sería de la humanidad sin la literatura, la pintura, la música? Seguramente una sucesión monocorde de guerras y enfrentamientos de toda índole, una larga peregrinación por este planeta sin el aire necesario para el espíritu. No puedo imaginar un mundo así. La literatura es, en mi caso personal, un modo de creer en la eternidad más allá del predio fugaz por el que ahora transito. Sin ella, sin esa esposa del alma, sería solo un nombre llevado por el viento. Ella, la literatura, me crea cada día, me justifica, me define, me asume.
¿Cuál es su opinión acerca de la actual literatura argentina?
-La literatura argentina vive un período de transición. Acaso esta afirmación sea algo eufemística, porque la verdad es que en la actualidad no hay grandes escritores. Hay una medianía alarmante en todo lo que se publica. El escritor de nuestro tiempo ha olvidado el valor de la palabra, su función vertebral, única, intransferible. Es como si desconociera que la literatura es la conjunción de forma y contenido, razón por la cual, creo, hace uso de un lenguaje descolorido, impersonal, cotidiano. Los grandes escritores, los clásicos, jamás han olvidado que importa tanto lo que se dice como la forma en que lo dice. Si se soslaya este principio no habrá literatura propiamente dicha.
Suponiendo que cada autor gesta su obra de modo diferente, ¿cómo nacen sus libros?
-Ningún autor puede soslayar lo que Aristóteles, en su Poética, denomina mímesis. Esta secuencia previa a la ejecución consiste en la exploración del yo respecto de lo que se desea, tratar, de tal modo que autor y obra parezcan uno. De esta concepción deriva el verbo mimetizar. Todos mis libros, que yo recuerde, se han gestado en un instante, en un acto fugaz, como una palabra dicha al descuido. Puedo citar algunos ejemplos. El primero de ellos se refiere al quizá más entrañable de mis libros, Ruido de pájaros, cuya protagonista es María Nuria, mi hija. Tendría unos seis o siete años cuando me preguntó si siempre estaría a su lado. Esa misma noche escribí el primer poema. Extrañamente es el último del libro y en él explico lo que no supe hacer en aquella ocasión con palabras de todos los días. Otro ejemplo: era costumbre de mi padre sentarse en la vereda y golpear las baldosas con la punta de su bastón hasta que expirara el día. Una tarde lo vi cumpliendo esa acción con los ojos entrecerrados, como perdidos en remotas lejanías. Comprendí que estaba en otro tiempo, que se hallaba recordando a personas amadas, amigos entrañables o tal vez a novias ya sin nombres o rostros definidos. En ese preciso instante nació La punta del bastón, historia que volvería a escribir sin alterar siquiera una coma. Un último ejemplo: cierta noche descubrí una fotografía del hermano de mi padre dormido en un banco de la estación de ferrocarril, allá en el pueblo al que vuelvo a menudo en mis noches de insomnio. La fotografía tenía más de cincuenta años. Le pedí a mi padre que me explicara el origen de aquella imagen. Me explicó que su hermano pasaba días y noches esperando el tren que traería a su hijo de vuelta al pueblo. Su hijo nunca volvió porque había muerto hacía muchos años en una ciudad lejana. Al otro día comencé a escribir Florecen los aromos. En fin, podría seguir pero por ahora basta.
También Javier Echarri aseguró que la excelencia de su obra le abrió puertas para encarar otros rumbos, tanto en Buenos Aires como en el exterior. En NORTE (2010) escribió: “Gamarra tiene una literatura de exquisito nivel internacional, y si se hubiera afincado en Europa o Estados Unidos su realidad hubiera sido otra”. ¿Qué puede decir al respecto?
-Lo que declaré en aquella oportunidad. Elegir vivir en la Argentina, y más en el Chaco, significa renunciar a muchas cosas, fundamentalmente al reconocimiento internacional. Soy consciente de ello y jamás me he arrepentido. Nunca me ha interesado la fama. Escribo solo porque no puedo dejar de hacerlo, porque la labor literaria es para mí una cuestión casi fisiológica. Quien escribe solo para ser famoso no debiera ser escritor.

Tiene fama de solitario y se lo ve poco en actos literarios, ¿a qué se debe este apartamiento, esta búsqueda de perfil bajo?
-Creo que la soledad es el ámbito propicio para la creación literaria. Ella despierta resonancias íntimas que predisponen a una indagación interior absolutamente necesaria para todo creador, si bien es cierto que no se puede prescindir del contacto con el mundo. Pero ese contacto, en ocasiones, residirá en uno mismo, trascendiendo las puertas y las calles de la ciudad. En la historia de la literatura se registran numerosos ejemplos de esta actitud, de esta búsqueda de la soledad. Proust vivió encerrado durante veinte años para escribir En busca del tiempo perdido.
Rolando Cánepa lo designa primus inter pares (primero entre sus pares), ¿está de acuerdo con eso?
-Pregunta difícil. No estoy en condiciones de responder a eso. Creo, en todo caso, que eso lo decidirá la posteridad. Yo jamás he emitido juicos sobre mi obra, porque creo que no corresponde a ningún escritor, aunque creo, también, que muchos escritores tienden a sobrevalorarse. Hay numerosos ejemplos. Tal vez más de lo debido. Yo no soy uno de ellos.
Hace algunos días se reeditó su última novela, ¿qué puede decir de ella?
- Solo me referiré al origen de esa novela, a las circunstancias que la generaron. Para ello debo remitirme a los últimos años de la década del 70, cuando la dictadura militar me separó del cargo de rector del bachillerato nocturno “Juan S. Mac Lean”, solo por no estar de acuerdo con el régimen. En aquellos días recibí numerosas amenazas de muerte. Finalmente, con el advenimiento de la democracia en 1983, me fue restituido el cargo. Al sur de todas partes se refiere a ese período oscuro de la historia argentina. He tratado en la novela de despojarme del recuerdo de aquel infausto episodio para que la obra no tuviera carácter de simple libelo o algo parecido. Pretendí esbozar una galería de personajes inmersos en un clima casi irreal, como si todo hubiera sido soñado o imaginado por alguna mente en puja con la razón. En ningún momento califico o denuesto. La literatura constituye un fin, nunca un medio. Esto no significa negar la crítica, pero en todo caso esa crítica será velada, nunca expresa y menos enfáticamente. En arte lo explícito no tiene lugar, sobre todo en nuestros tiempos.
Recibió algunas de las distinciones más importantes que se otorgan en el país: el premio del Fondo Nacional de las Artes, la Faja de Honor de la SADE, el premio de la Subsecretaría de la Nación. Es Miembro de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía y en 2012 el Congreso le rindió homenaje, algo pocas veces registrado
- Lo he afirmado siempre. Los premios no garantizan la excelencia de un autor. Pero es indudable que crean un estado propicio para persistir en lo que uno se ha propuesto. Y esto es sencillamente insistir en este oficio que considero el más solitario. El escritor se halla solo ante la computadora (antes era la máquina de escribir) y nadie puede asistirlo, darle una mano en determinado momento. Pero saber que es escuchado, que está entablando un diálogo quizá con un lector de otro tiempo ayuda, hace que el camino sea menos ríspido.
¿Puede mencionar algún referente provincial?
- Nuestra provincia tiene una rica tradición literaria. Me refiero a los que ya no están. En cuanto a los escritores de nuestros días no creo que sea conveniente referirme a ellos. Son muchos y puede que me olvide de algunos. Y eso no es justo. Pido disculpas.
¿De no haber sido escritor qué le hubiera gustado ser?
-Escritor.
Algunas de sus publicaciones














