Sangre y sudor de Napalpí en Lancaster
Las calles de Londres tienen un aire que hace toser, o al menos, perturba la respiración de cualquier argentino. Si se camina suelto de cuerpo por Southampton, Westminster, Regent, Oxford, o la exclusiva Pall mall, por nombrar algunas, el asombro puede durar un suspiro al tener en cuenta que los ingleses han atravesado nuestra historia.
Por Pedro Jorge Solans
En cualquier esquina londinense se puede encontrar vestigios de argentinidad, en cuestión de mirar o rascar, y más en estos tiempos donde el idioma dejó de ser una barrera. Después de recordar que Buenos Aires fue inglesa por 46 días es fácil presumir que las invasiones al Virreinato del Río de la Plata durante 1806 y 1807 no fueron un fracaso para ellos, porque lograron abrir una brecha en la economía de la colonia española. La idea de Arthur Steel-Maitland estaba en marcha aunque su plan para capturar Buenos Aires y Chile y luego ‘emancipar’ Perú y Quito iba teniendo cambios en la marcha.

José de San Martín llegó a Londres por primera vez en septiembre de 1811 y vivió en una casa de la calle Park Road hasta marzo de 1812. En su estadía mantuvo reuniones con otros revolucionarios latinoamericanos como Andrés Bello en la casa del venezolano Francisco de Miranda. Es decir que nos puede sorprender Fran Full diciéndonos que la epopeya libertadora de América del Sur tuvo su cuna en Londres. ¿Suena raro no?
Los revolucionarios sudamericanos aprovecharon la disputa de los ingleses y españoles para cobijar su anhelo y partieron, sobre todo San Martín, de aquel plan de Maitland, presentado ante el gobierno de William Pitt el Joven, en 1800. El propósito del escocés era convertir las colonias de España en parte del imperio británico. Luego, cuando San Martín ejecutó su plan casi idéntico, dos décadas más tarde con la finalidad de que las tierras del Virreinato sean libres.
La calle de San Martín en el distrito Westminster desemboca en el Picadilly circle, centro neurálgico londinense donde se puede pensar cuánta incidencia tuvieron los intereses ingleses en la prolongada y dolorosa guerra civil que se vivió en la conformación del país en el siglo XIX. ¿Cómo relacionar a nuestros caudillos con esta isla poderosa que encierra a Inglaterra, Gran Bretaña y Reino Unido, que no son lo mismo pero son casi iguales?
La brisa de una primavera soleada como pocas veces se ve en esta ciudad, nos acerca al corazón el dolor de la Guerra de la Triple Alianza. Ese enfrentamiento de Argentina, Brasil y Uruguay contra Paraguay, de 1865 a 1870, respondió directamente a los intereses británicos para acabar con un modelo autónomo de desarrollo que podía devenir en un ‘mal ejemplo’ en el resto de América latina. El modelo paraguayo iba en contra de los objetivos de unificación nacional y defensa de los territorios de los países de la región. Las ambiciones imperiales y mercantilistas británicas encontraron en Argentina, y Brasil a aliados que llegaron a despreciar a los paraguayos. El ministro inglés en Buenos Aires, Edgard Thornton, estuvo presente en el acuerdo. Años más tarde, el ministro brasileño José Antonio Saravia declararía que la alianza no surgió después de la ‘agresión’ paraguaya en el 65, sino en el 64 y que empezó el día en que el ministro rioplatense y el brasileño conferenciaron con Flores en las Puntas del Rosario”.
La primera crisis textil
El ejemplo de autonomía económica e ideológica del Paraguay era considerado nefasto por los británicos. Por otro lado, Gran Bretaña estaba en ese momento atravesando una severa crisis económica, especialmente por la Guerra de Secesión en los Estados Unidos, que causaba una interrupción casi completa de la remisión de algodón desde el sur de ese país. De modo que buscaban por todo el mundo países capaces de producir algodón y en esos años se impulsó una etapa particularmente agresiva de conquista en la India. La necesidad justificó también que la atención se pusiera en el Paraguay como productor de algodón, segundo productor y manufacturero en el mundo.
La contienda produjo un enorme beneficio económico: a la provisión de la mayor parte del armamento, municiones y embarcaciones utilizado por los aliados, se sumaron grandes empréstitos a las tres naciones aliadas y al mismo Paraguay después de la Guerra. De 1863 a 1865 los bancos británicos prestaron al Imperio brasileño más de diez millones de libras esterlinas y a la Argentina un total de 3,5 millones de libras. E independientemente de los beneficios obtenidos por sus comerciantes y financistas, Gran Bretaña se mantuvo en la sombra y su diplomacia no acompañaba los buenos negocios que le generaba la guerra. Además de Thornton, ningún otro diplomático tuvo actuación en el comienzo y luego fue desautorizado también.

En Camden Town, donde la extravagancia se adueñó del mercado callejero más colorido del mundo, en los puestos de venta se nota lo que fue la industria textil en manos de los británicos. El barrio deteriorado y la ropa barata indican que hubo una época mejor, y aunque es relativamente joven, sólo ha existido desde finales del siglo XVIII, antes era un paraje peligroso bañado por el desaparecido río Fleet, donde los bandidos rurales como Isidro Velázquez o Mate Cosido solían acabar sus días colgados de la horca instalada cerca de lo que es hoy la estación de metro.
La nueva fisonomía del mercado se atribuye al conde Charles Pratt, quien desarrolló la idea de un bohemio en urbanizar la zona construyendo canales para que se pueda comercializar mercadería que ingresaba por el Támesis, sobre todo, la apertura de los canales, especialmente el Grand Union Canal concluido en 1820 y, a continuación, la llegada en 1837 de la primera línea de ferrocarril.
Desde allí hay una perspectiva interesante de ese enclave colonial que soportó el noreste argentino a fines del siglo XIX y principios del siglo XX con el nombre de La Forestal. La empresa inglesa, con capitales alemanes y franceses, manejó buena parte de la actividad política y económica de la región que abarcó parte del Chaco. Su nombre significa la destrucción de una parte importante de los recursos naturales, la explotación de sus trabajadores y los oscuros contactos con el poder. La empresa que tuvo su inicio en 1872 a raíz de un empréstito perjudicial que obtuvo Santa Fe con aval nacional ante la empresa Murrieta de Londres tuvo a su cargo la explotación de 1.500.000 hectáreas de quebracho colorado en el norte santafesino, sur chaqueño y noreste santiagueño. La empresa exportaba postes y durmientes para el ferrocarril, rollizos y, esencialmente, tanino. Con mecanismos espúreos la compañía se propagó y llevó adelante la compra de tierras a precios miserables, subsidios de la Nación y de las provincias sin pagos de devoluciones y constantes sobornos a funcionarios públicos. Un caso por antonomasia era el de Lucas González, uno de los representantes de la firma Murrieta y a la vez funcionario nacional encargado de negociar con la misma empresa.
Entre los funcionarios de los gobiernos genuflexos que trabajaron para La Forestal estuvieron los Centeno, y de ellos, Fernando, que como interventor del Territorio Nacional Chaco, en 1924, ordenó la masacre de peones rurales aborígenes en Napalpí. Los ingleses saquearon la región de la mano de funcionarios argentinos y pagaban a sus vapuleados trabajadores con cuasi monedas que a su vez debían de canjear en los almacenes de la misma empresa. Aniceto Barrientos, un asalariado de Villa Ana (Santa Fe), llegó a contabilizar que un mismo vale –numerado- pasó 137 veces por sus manos. La empresa además tenía fuerza propia de represión, la ‘gendarmería volante’, financiada, armada y uniformada por la provincia gobernada por Enrique Mosca.
La Forestal se retiró del país en 1966 debido a la brusca caída de los aranceles internacionales de la madera y el tanino reemplazado por nuevos productos. Pero dejó graves consecuencias económicas, ecológicas, y humanas: la acentuación de la tala del quebracho, un 95% de trabajadores sin jubilación, muchos de ellos perdieron sus hogares, la industrialización se destruyó y los pueblos se empobrecieron.

Segundo golpe
La anciana toba-qom Melitona Enrique, sobreviviente de la masacre de Napalpí, (19 de julio 1924), murió sin saber por qué fueron atacados. Ella y su pueblo fueron las víctimas del último eslabón de una larga cadena. Tampoco los victimarios supieron que eran asesinos por encargo, que detrás de su odio, ignorancia y crueldad, había un interés supremo que los manejaba como títeres.
En Manchester había comenzado la revolución que marcó al mundo en los últimos trescientos años. Fue la primera ciudad industrializada, el mayor centro de fabricación textil y manufacturera de algodón, y dio origen al movimiento obrero organizado, y vio nacer el primer periódico.
Poco queda ahora; a lo sumo viejos edificios reconvertidos en museos, que exhibe una réplica de la locomotora del primer trayecto entre Manchester y Liverpool en 1830.
Manchester es también navegable a través de sus canales, que son Patrimonio de la Humanidad. En 1894, se construyó el canal que permitió exportar sus tejidos desde el Mar de Irlanda. La reina Victoria inauguró esta vía de 58 kilómetros que la unía con el estuario del río Mersey, en Liverpool. Actualmente soporta 40 millones de toneladas de carga repartidas en 15.000 barcos al año.
Mientras en el Chaco se corría la frontera agrícola a machetazo y muerte, Manchester y Liverpool formaban parte del condado de Lancashire, cuya capital histórica es Lancaster, un puerto comercial que aún conserva sus muelles. Y reflejo de su importancia estratégica y comercial es un centro urbano con imponentes edificios victorianos.
A ese puerto llegaba el algodón chaqueño, santafesino, santiagueño, formoseño y paraguayo que debía suplantar a la materia prima que no podía salir de EE.UU. ni de India por el azote que sufría por la plaga del picudo algodonero y la primera Guerra Mundial.
Los ingleses previsores salieron a buscar otra vez proveedores alternativos y vieron en el Cono Sur la solución y “le hicieron entender” al presidente de la Nación, Marcelo Torcuato Alvear, la gran oportunidad mundial que tenía el país. Con ese panorama, el santafesino Fernando Centeno fue designado gobernador de Territorio nacional para garantizar la producción algodonera para insertar al país en el mercado mundial. Alvear contó con el asesoramiento norteamericano y en las campañas de 1917 y 1918 se sembraron 11.200 hectáreas en el Chaco. Michel T. Meadows, director de la sección textil del departamento de Comercio de los EEUU, publicó en 1924, año de la masacre de Napalpí, un artículo optimista titulado El Rey Algodón en el Chaco, que concluía con el refrán norteamericano “andá al oeste, muchacho” y su contrapartida en la Argentina, con el “andate al norte, muchacho, andate al norte”. El artículo repasaba el rápido crecimiento del cultivo, comparándolo con el más que exitoso y temprano boom agrícola del café en Brasil y los cereales en las pampas argentinas. Aún a pesar de la consabida falta de cosecheros y los problemas en la comercialización, Meadows depositaba sus expectativas en un futuro promisorio. La información tecnológica proveniente EEUU salvó numerosos obstáculos. Pero faltaba resolver la carencia de brazos para levantar la cosecha y cómo encarar la expansión de plantaciones en tierras ociosas. Estos problemas sólo podían ser resueltos políticamente. Se pretendía la introducción de los aborígenes al capitalismo como mano de obra barata, y el impulso de la inmigración hacia las tierras ocupadas por esas tribus dispersadas en el norte. En 1904 comenzó una campaña para reclutar familias que se abocaran a plantar. Juan Bialet Massé fue contratado para expandir el cultivo y el agrónomo Carlos Girola fue enviado a norteamérica para estudiar métodos de producción. El territorio chaqueño emergió como centro indiscutido de la producción.
Alvear encomendó a Tomás Le Bretón una campaña ambiciosa que involucrara nuevas y audaces estrategias para producir algodón, y distribuyeron gratuitamente semillas en las áreas rurales. Le Bretón estaba preparado para cumplir la tarea. De 1914 a 1918 había sido diputado nacional por el radicalismo. En 1918 renunció para asumir como embajador argentino ante el gobierno de estadounidense, desde donde regresó para asumir como ministro de Agricultura. EE UU se anotició de la potencialidad de los cultivos argentinos mediante los informes de sus agregados comerciales, quienes desde 1920 monitoreaban de cerca la producción.
El Agregado Comercial, Julius Klein, advertía al director del departamento de Comercio: “El capital y los fabricantes y norteamericanos harían bien en no ignorar el ferviente deseo argentino de desarrollar industrias locales como las del algodón”.
En 1923, Le Bretón y una comitiva visitaron al Chaco para observar plantaciones algodoneras. Contrataron al especialista norteamericano Herbert Hoover, quien puso dos condiciones claves: utilizar a los aborígenes como braceros a costos muy bajos y ampliar la frontera agrícola para tener mayor disponibilidad de tierras. Alvear las aprobó. Le Breton, fortalecido por el apoyo presidencial, proveyó en febrero de 1924, 19.000 kilos de semillas a productores chaqueños, y puso en marcha la colonización territorial con inmigrantes. La política provocó consecuencias desastrosas para los sectores más pobres. Los técnicos informaban a los Estados Unidos que se producían revueltas sociales en varias comunidades porque se ofrecía un 30% menos por cada tonelada de algodón.
La industria se había vuelto deprimente. Los elevados precios de exportación no podían convertir al Chaco en el reino del algodón. En ese contexto, Centeno recibió presiones de los medios de prensa que reflejaban una supuesta ola de violencia en el Territorio, provocada por indígenas y criollos rebeldes que no querían levantar la cosecha. Además, Centeno escuchaba las quejas de los colonos que fueron atraídos con cesión de tierras, entrega de semillas y financiamientos para que se establecieran y produjeran algodón. Estos beneficios no alcanzaban a satisfacer a los productores porque el proyecto de cultivo del Oro Blanco era rentable si no se tenía en cuenta el costo de la mano de obra. Se debía aplicar una despiadada explotación de los cosecheros.
Centeno cedió a las presiones y quiso poner mano dura para encarrilar la producción. Cerró las fronteras y ordenó una ‘represión ejemplar’ contra los peones rurales de la colonia de Napalpí que reclamaban el pago y pedían mejoras en las condiciones de trabajo.
Con las conclusiones abiertas llegué a la estación San Pancras, en el corazón de King Cross, para abordar un tren al futuro con mi Chaco en brazos.










