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15 de junio: Día del Libro

Establecido por Decreto del Poder Ejecutivo Nacional Nro. 103.824, esta celebración comenzó en Argentina el 15 de junio de 1908 como “Fiesta del Libro”. Ese día se entregaron los premios de un concurso literario organizado por el Consejo Nacional de Mujeres.

En 1924, el Decreto Nº 1038 del Gobierno Nacional declaró como oficial la “Fiesta del Libro”. El 11 de junio de 1941, una resolución Ministerial propuso llamar a la conmemoración “Día del Libro” para la misma fecha.

Historia del libro

Antiguamente se daba este nombre a cualquier escrito breve, aunque no fuese más que un catálogo o lista de personas o cosas. La palabra libro en castellano se contrae a un escrito de más extensión y se deriva de liber, nombre que daban los latinos a la segunda corteza de los árboles, de la cual usaban para escribir, formando con ella sus libros.

Los primeros objetos a que se dio el carácter de libros fueron las piedras, sobre las cuales a fuerza de tiempo y con mucho trabajo se grababan las leyes y las inscripciones. Así se escribieron las tablas de la ley, el libro más antiguo de que se hace mención en la historia. Más adelante llegaron a trazarse los caracteres sobre hojas y cortezas de árboles, y principalmente sobre el papiro, del cual tomó el nombre el papel. Después se escribió en tablitas de madera delgada cubiertas de cera, y también de pieles y pergaminos.

Por mucho tiempo se hicieron los libros con ciertas partes de los vegetales: de estas tuvieron origen los varios nombres que se les dieron, como los de folium, tabula, liber, y de ellas hemos formado también nosotros los de hoja, tablilla y libro. Al extremo de las tiras de pergamino o papiro, que no estaban escritas sino por un lado, se solía poner un cilindro o bastón llamado umbilicus, en derredor del cual se enrollaba o envolvía el escrito, como lo denota la palabra biblos en griego y volumen en latín; y al otro extremo estaba ordinariamente el título del libro, llamado frons, el cual se escribió en letras de oro cuando la civilización fue progresando. Además, para que no pudiese leerse su contenido, se les ponía a veces uno o más sellos, de manera que ya no podía desenrollarse el volumen sin romperlos. Estos libros subsistieron hasta el tiempo de Cicerón.

Los hebreos acostumbraban dar al libro el nombre de la palabra con que comenzaba. Por esto el Génesis se llamaba Bereschit, Vaskra el Exodo, y así de otros. Tal vez de esta costumbre se deriva la de dar a las bulas de los papas el nombre de las primeras palabras con que comienzan.

No obstante lo dicho, algunas veces se colocaba el título de la obra en uno de los extremos del bastón, y se colocaban los rollos en los armarios de modo que a primera vista pudiese conocerse por el título el contenido de cada uno. También se solían guardar o encerrar estos rollos, llamados por los romanos volumen, en unas cajitas cilíndricas, cerradas con su tapa, las cuales venían a ser una especie de estuches, divididos en varias casillas para colocar separadamente los rollos. A este mueble se daba el nombre de loculamentum.

Los libros enrollados se fueron desterrando a medida que se introdujo el pergamino, sobre el cual se escribía por ambos lados, y se conservaban en armarios de ciprés u otra madera propia para que no se apolillaran. Para este mismo fin solían rociarlos con esencia de cedro u otra que produjese los mismos efectos. Los monasterios contribuyeron a la conservación de muchos escritos y documentos preciosos que se salvaron. Extraido de:Enciclopedia moderna. Diccionario universal de literatura, ciencias, artes, agricultura, industria y comercio, publicada por Francisco de P. Mellado, Establecimiento de Mellado, Madrid-París 1853, tomo 26, columnas 25-28.