Una victoria histórica de Israel
En 1967 fue una abrumadora exhibición de conducción tácticoestratégica, guerra relámpago y cosecha diplomática.
Por Rubén Tonzar
En las dé- cadas siguientes se reveló como un hecho fundante de una época, que estableció escenarios y consolidó conflictos cuya solución parece alejarse generación tras generación.
El hecho militar es ejemplar: un pequeño país, desde el principio situado entre vecinos hostiles que esta vez parecen al fin decididos a “arrojarlo al mar” en forma definitiva, decide defenderse atacando, para lo cual emplea el factor sorpresa y la perfecta sincronización de fuerzas en al menos media docena de frentes casi simultáneos.

Y gana en seis días una guerra imposible. Cuando a mediados de mayo de 1957 el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser exigió a la ONU que retirara las tropas del Sinaí (UNEF), lo hizo más como una proclama política de cara a su país y al resto de sus vecinos árabes, que para crear una nueva situación geoestratégica regional.
Por eso, cuando la ONU emprendió ipso facto la retirada, la sorpresa de Nasser lo llevó a dividir su respuesta en dos etapas.
Primero ordenó la ocupación y atrincheramiento de sus tropas en sitios estratégicos de la península, pero pocos días más tarde mandó el despliegue de las fuerzas egipcias en la frontera israelí y el bloqueo de los estrechos de Tirán.
Para Israel, esta seguidilla de sucesos tenían un solo significado: ataque inminente. A esa conclusión sumaban las informaciones de sus servicios de espionaje sobre la intensificación de comunicaciones entre los ejércitos de Egipto, Jordania y Siria, que a principios de junio tomó la forma de una alianza
militar. Semejante colección de signos y de hechos decidieron al gobierno y al estado mayor israelí a lanzar un ataque preventivo contra la fuerza aérea egipcia. La efectividad de las incursiones aéreas en la mañana del 4 de junio de 1967 fue tal, que en poco más de dos horas Egipto perdió 286 de sus 400 aviones de combate, quedaron inutilizadas las 13 bases aéreas más importantes y 23 estaciones de radar.
Israel perdió sólo 19 de 250 aviones caza. La blitzkrieg fue tal, que cuando al mediodía Jordania respondió atacando Jerusalén y Netanya, la fuerza aérea de Israel ya pudo bombardear algunas de sus columnas pesadas y soltar divisiones de paracaidistas dentro de los muros de la ciudad. Al tercer día de batalla, la victoria de las tropas judías les entregaría Jerusalén oriental, incluida la ciudad vieja, y luego toda Cisjordania.
Al mismo tiempo, las divisiones de tanques comandadas por Abraham Yoffe, Israel Tal y Ariel Sharon se lanzaban a una ofensiva dentro de la península del Sinaí que parecía más una carrera que un avance.
Al fin del cuarto día de combates Israel estaba en posesión de la Franja de Gaza, de toda la península, y había recuperado el estrecho de Tirán. Había provocado quince mil bajas en el ejército egipcio, mientras que las propias no llegaban al millar.
Tan implacable fue la ofensiva israelí y tan expedita la derrota egipcio-jordana, que al quinto día de conflicto bélico el gobierno sirio pudo todavía dar crédito a la falsa propaganda egipcia que el primer día hablaba de triunfos y avances “contra el enemigo sionista”.
Con esa inspiración inició bombardeos y ataques aéreos sobre el norte de Israel, cuya Fuerza Aérea, completada su misión en el sur, pudo sorprender con la misma facilidad a Fuerza Aérea de Siria, que tardíamente comprendió que las noticias de Egipto eran falsas. Bastó la noche del 9 de junio para que el grueso de los aviones sirios quedaran definitivamente fuera de combate.
A ello siguió una nueva ofensiva de artillería y blindados sobre los Altos del Golán, que dejó el sudoeste sirio en manos de las tropas de Israel, que para el día 10 ya podían encaminarse sin obstáculos hacia la capital siria.
A esta altura, una inmensa presión internacional compendiada en sucesivos llamados al alto el fuego del Consejo de Seguridad, obligaron a Israel a cesar las operaciones militares. La Guerra de los Seis Días terminaba con la península del Sinaí, la Franja de Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este (más la Ciudad Vieja) y los Altos del Golán en manaos de las tropas de Tel Aviv. El hecho militar terminaba así.
El hecho político tiene alcances muchísimo más amplios. El más notorio es el inicio del fin del auge del “panarabismo”, o nacionalismo árabe, cuyos ejércitos bien equipados terminaron tan humillados como sus planes políticos regionales, que pronto sería reemplazado por fuerzas y proyectos teocráticos y fundamentalistas que al día de hoy son la imagen del mundo árabe en todo el mundo.
Otra consecuencia menos perceptible pero mucho más trascendente, es la consolidación de esa invención política extranjera llamada Estado de Israel, que por primera vez logró afirmación territorial, superioridad diplomática y tranquilidad militar merced a la enorme la expansión territorial capturada.
A más largo plazo, los territorios adquiridos con esta guerra convirtieron definitivamente a Israel en una potencia ocupante entre una población árabe cuya hostilidad crece a cada año de ocupación. El ejercicio permanente de los roles de conquistador y ocupante proyectan a nivel global una imagen totalmente opuesta a la del “pequeño país asediado”.
En tanto, se complican sus decisiones políticas, como la de postergar periódicamente toda perspectiva de solución negociada y de reconocimiento del Estado palestino. Se reiteran sus acciones punitivas, por lo general desproporcionadas, contra las protestas que surgen de esa situación.
Y se suma a ello el nuevo desbarajuste regional a partir de la destrucción de vecinos como Irak y Siria. Así, la aparente paz gananciosa obtenida en 1967, en estos tiempos se vuelve cada día factor de conflicto y augurio de nuevas guerras.











