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Llamar, escuchar, guiar, custodiar y alimentar

En el evangelio de este domingo contemplamos la imagen de Jesús el Buen Pastor que llama, escucha, guía, custodia y alimenta a las ovejas conduciéndolas hacia los lugares seguros y las pasturas abundantes de modo que no les falte el alimento.

Dice el texto bíblico que en contraposición con los así llamados ‘malos pastores’, el buen pastor llama. No es un llamado cualquiera, el buen pastor llama a la oveja ‘por su nombre’, lo que equivale a intimidad. Nunca podremos entrar en intimidad con el rebaño y con cada una de las ovejas si no nos involucramos en la vida misma de los corderos, y si decidimos mantener la fría distancia profesional asumiendo la actitud de los tecnócratas, que leen las situaciones personales desde claves y métodos aprendidos, como si las personas hubieran sido creadas en serie y no cargaran en sí mismas la dimensión del misterio que cada persona es y a la que no le caben reglas generales. 

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Al ser única e irrepetible la persona merece un cuidado y una atención personal que demanda mucho amor, mucho tiempo, mucha misericordia y gran comprensión. La encarnación misma del hijo de Dios nos enseña que para sanarnos y salvarnos Dios se hizo “uno de nosotros, uno como nosotros”, vale decir, que se ha involucrado sin reservas con el hombre, creando un vínculo intimo con aquellos a los que pretendía salvar.

El buen pastor escucha y lo propio del Dios bíblico, desde Yahvé hasta Jesús, es que Dios escucha el clamor de su pueblo que pide una sola cosa al pastor: tener corazón. Un corazón que vibra y se conmueve ante la situación del rebaño: “Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9,36). Sentir lo del otro como propio, llorar con su dolor, indignarse por la injusticia y tomar partido para defender a las ovejas más lastimadas requiere pechos calientes donde hay corazones que palpitan y no pechos fríos que leen todo desde un cerebro que quizá piensa bien, pero con un corazón que ama muy poco.

El amor se juega, se arriesga, se involucra, diríamos que no mide la consecuencia de su acción cuando el rebaño está en peligro; da la cara y va la frente aunque eso le signifique exponer su propia vida, con tal de salvaguardar la seguridad del rebaño. Dice el Papa Francisco: “Prefiero una iglesia herida pero en la calle antes que un iglesia pulcra pero encerrada en el templo”. Esto, para nosotros pastores, debe tener algún significado concreto en nuestra acción pastoral.

El pastor guía, no de una manera atolondrada, lleva al rebaño hacia las pasturas suculentas donde él sabe que está el buen alimento. Guiar no significa ser policía ni aduana del rebaño, el pastor guía, va por delante, limpiando el camino de posibles obstáculos y asegurándose de que las ovejas no caigan por los riscos o no se adentren en las vegetaciones densas, donde abundan los lobos.

Guiar es poner luz, ayudar en la búsqueda del bien y ser maestros en el discernimiento de la voluntad divina para sí mismo y para los demás. “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas!, porque pagan el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, y han descuidado los preceptos de más peso de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad; esto son las cosas que deben hacer, sin descuidar aquéllas. ¡Guías ciegos, que cuelan el mosquito y se tragan el camello!” (Mt. 23, 23- 24).

El pastor también custodia, custodia al rebaño del peligro. Si el pastor se duerme las ovejas serán devoradas. “Velen y estén alertas porque el demonio anda al acecho y como león rugiente, busca a quien devorar. Resistan firmes en la fe” (1 Pe, 5, 8). Custodia quien tiene la mirada puesta en el rebaño y no en otra cosa. El mismo Señor ha dicho que: “El que pone la mano en el arado y sigue mirando atrás, no sirve para el reino de Dios” (Lc. 9, 62).

Muchas pueden ser las distracciones que en el presente ocupen el corazón y la mente del pastor. En efecto, el mundo con sus artilugios puede atrapar tanto al pastor como a las ovejas, lo cierto es que, quien es responsable ante Dios por el rebaño, es el pastor, por lo cual pueden estar distraídas las ovejas y eso no es tan grave, la distracción del pastor sin embargo, es grave, porque eso significaría la muerte para el rebaño. Sin el verdadero alimento el rebaño perece, sin bautismo; el rebaño perece; sin eucaristía el rebaño perece; sin sacramento de la reconciliación el rebaño perece; sin unción de los enfermos el rebaño se queda sin viatico, acaso en el instante más sagrado de su vida que es el pasaje de esta vida a la otra. Si el pastor hiciera faltar al rebaño cualquiera de los sacramentos de la salvación que la iglesia por mandato de Cristo está obligada administrar, ciertamente el pastor no está alimentando el rebaño y no lo está nutriendo con el alimento que da la vida en abundancia. Alimentar por tanto con la palabra que ilumina y convierte, alimentar con la liturgia cuidándola y embelleciéndola de tal modo que el rebaño pueda entrar en la dimensión del misterio y desde lo sensible elevarse en contemplación hasta encontrarse con el rostro trinitario de Dios. Alimentar con el testimonio de manera tal que la oveja tenga en el pastor el modelo inconfundible al que sigue, cree, escucha e imita. Llamar, escuchar, guiar, custodiar y alimentar, serán entonces las características propias de aquel pastor que pastorea el rebaño al modo de Jesús buen pastor.

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