Por la misericordia hacer del suelo un Cielo
Podríamos definir la misericordia como un profundo sentimiento de dolor que conmueve el corazón, hasta convertirse en una conmoción de las entrañas frente a la miseria del otro
La misericordia es el sentimiento típico de Dios frente a la necesidad y el pecado del otro, y lo propio de Dios es sentir dolor ante el caído y marginado por cualquier razón.
Los pasajes bíblicos ya en el Antiguo Testamento revelan esta característica tan representativa del amor de Dios que movido a compasión ante el dolor y el clamor del que sufre, acude presuroso a socorrerlo. Pero no se queda Dios en la llaga, ni en la reacción solo a un nivel de sentimientos, sino que toma partido y se hace cargo, y amándonos hasta el extremo en Jesucristo nos revela que Dios es capaz de dar la vida por el pecador y por el que sufre. En Jesucristo hay claramente un cambio de paradigma en la estructura mental de cómo hasta ese momento se comprendía y conocía a Dios.

Dios antes de Jesucristo era un Dios que intervenía ante el sufrimiento del hombre para sacarlo de la esclavitud y de la indignidad, pero esta acción providencial era siempre desde una perspectiva que venía “de lo alto”. Así, la divina y omnipotente majestad de Dios, rescataba al caído desde arriba hacia abajo. Jesucristo cambia ese arquetipo y rescata al hombre desde abajo hacia arriba. En efecto, Dios debe dejar el cielo y venir al fango para rescatarnos desde ese lugar y descender al mismo infierno para sacarnos a todos de allí. Este cambio de paradigma donde la omnipotencia se hace fragilidad y donde el poder se transforma en servicio es una clave revolucionaria que si llegáramos a aplicarla con todo el rigor con el que lo vivió Cristo, ciertamente tendríamos otro mundo ya que de una manera eficaz nuestro método pastoral transformaría la realidad. Probemos a vivir con el método misericordioso de Jesús un solo día en nuestras vidas y nos daremos cuenta cómo afectamos realmente la realidad. Esto significa: mirar con predilección al caído y hacerlo objeto exclusivo de nuestro amor, no sólo leyendo esa realidad con misericordia, sino haciéndonos cargo de ella, aprendiendo a dar la vida por el que sufre y amando hasta que nos duela. Si queremos poner en práctica de verdad el evangelio de Cristo y devolverle al cristianismo su mística más esencial, tenemos que comenzar a amar de verdad al pecador, hasta que nos duela, tenemos que levantar e integrar al caído de verdad hasta que nos duela, y terminar con esa sutil insidia demoníaca que nos hace vernos o sentirnos mejores que los demás. Si estamos leyendo desde ese lugar la realidad no podremos transformarla, porque lo cierto es que aquél que realmente transformó la realidad y partió la historia en dos, se juntaba con los pecadores, comía con los pobres, y devolvía dignidad y esperanza a los que eran considerados nada por la elite social, religiosa, política y cultural de su tiempo.
Pensarnos como salvadores de la humanidad que miramos la realidad desde un pedestal superior nos deja aun en el método del Antiguo Testamento y su paradigma de omnipotencia y majestad que pretendía cambiar las cosas desde ese lugar; desde ese cielo puro e incontaminado y desde esa suprema perfección. Cambiar la realidad desde arriba es permanecer en el estadio del Antiguo Testamento que con todo el poder purificador y propedéutico que tuvo, sin embargo no alcanzó para salvar en plenitud al hombre. Salvaremos la humanidad si en primer lugar nos sentimos parte de esa humanidad que necesita ser salvada. El Nuevo Testamento nos indica de manera conmovedora y luminosa el extremo del amor divino que decide salvar al hombre desde abajo y entonces se hace uno con el hombre. En términos místicos diríamos que Dios se hace pecado para vencer al pecado. Porque ¿qué es el Jesús del Viernes Santo sino la imagen desgarradora del hombre “hecho vergüenza y escarnio público que muere humillado en una cruz?“ Jesús muere a causa del pecado no de sí, sino de esa carne humana que la divinidad asume para sacarla del fango y redimirla.
La magnitud de ese método de misericordia aún no lo hemos comprendido en la real dimensión de su exigencia y compromiso con el hombre frágil, caído y pecador. Podremos implementar todos los métodos posibles para evangelizar y elaborar los planes pastorales más brillantes; podremos encarar acciones misioneras y campañas de evangelización ruidosas, pero si a todo eso le falta la misericordia, tal cual como Cristo la vivió, estaremos en verdad traicionando el evangelio. Lo que Cristo nos ha enseñado al morir un Viernes Santo en una cruz, es que tenemos que aprender a morir por los culpables. De este modo podríamos decir que la única acción útil que salva es aquella en la que somos capaces de morir por los que hacen el mal. Allí resplandece la victoria contra el mal y contra el pecado, en la cruz que es signo de que hay alguien que es capaz de morir por amor a los malhechores. Eso significará vencer al pecado y al mal en su propio terreno, porque cuando en el credo profesamos que Cristo “descendió a los infiernos” estamos diciendo exactamente eso, que como cristianos debemos aprender a descender al infierno mismo como método de misericordia para para recuperar a todos los caídos, miserables y pecadores que están allí.
Caídos y pecadores que no deben ser el objeto de nuestro desprecio y de nuestra discriminación, sino más bien de nuestro amor, tal cual lo hizo Cristo. Nos daremos cuenta que en eso consiste el nuevo paradigma que Cristo inaugura en pro de la salvación de la entera creación: no alejarnos, sino involucrarnos; no subir sino bajar; no juzgar sino amar; no mandar, sino servir. La gran obra de misericordia es la salvación del hombre con un método que ha sorprendido y sigue sorprendiendo a muchos: la omnipotencia que se hace fragilidad, lo puro e inmaculado que se funde en el fango, lo distante que se hace cercanía y lo más alto que se hace plano inclinado hasta tocar el suelo en su más cruda expresión, para transformarlo en Cielo. Así desde aquel glorioso tercer día de un amanecer de pascua, lo que es suelo por la gran misericordia que Dios nos tuvo, tiene la posibilidad de transformarse en Cielo.










