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Turquía: ¿primavera democrática o invierno autoritario?

Por Rubén Tonzar El país euroasiático es pieza central en un rompecabezas geoestratégico en llamas que puede estallar en cualquier momento. El referendo constitucional de hoy se dirime entre el unicato totalitario que propone el presidente en ejercicio, o una disminuida resistencia democrática sin líderes establecidos.

Casi sesenta millones de votantes están habilitados para votar por sí o por no a la reforma constitucional que proponen el presidente Recep Tayip Erdogan y su partido AKP: eliminación del cargo de primer ministro y reversión de sus competencias en el presidente, que además tendrá mayores facilidades y áreas sobre las que podrá decidir por decreto, como la sanción de estados de excepción y el nombramiento de altos cargos en el poder judicial.

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Evet (sí) o Hayir (no). Entre estas dos palabras se dirime el carácter de los próximos gobiernos y las libertades ciudadanas en Turquía. Las encuestas auguran un triunfo aplastante de Erdogan, aunque su confiabilidad está en discusión.

La campaña opositora batalla por la conservación de la república laica, social y de derecho (aunque un tanto disminuida por la reforma de 2010) heredada del nacionalismo kemalista fundador. La suerte de la diversidad política y de las libertades públicas, de las mujeres y de las minorías, especialmente los kurdos, dependen de ello.

Economía y política

Turquía es el 18º país del mundo por población y el 17º por su PBI per capita. Está situado en una posición central respecto del gran nuevo canal comercial terrestre, la Ruta de la Seda, que volverá a unir a China con Europa. Y es paso obligado para los oleoductos y gasoductos provenientes de Asia central con destino al Mediterráneo. Es miembro fundador de la ONU, de la OCDE y del grupo de los 20, e integra la OTAN y la OMC.

Su mano de obra calificada por uno de los mejores sistemas educativos extraeuropeos, y sus salarios deprimidos respecto de Europa, sirven tanto para atraer inversiones como para fortalecer una diáspora que llega a los 10 millones de trabajadores en el exterior, notoriamente tres millones en Alemania. Y un millón y medio de ellos está habilitado para votar en este plebiscito.

Esto nos lleva a los choques de la campaña electoral de Erdogan con las de Angela Merkel, François Hollande y el holandés Rutte, todos ellos amenazados internamente por fuerzas de ultraderecha que señalan a la inmigración como causa y origen de todos los males. Entonces, por ejemplo, el gobierno alemán debió permitir una numéricamente impresionante manifestación de trabajadores kurdos en Frankfurt (Der Spiegel dio 45.000… y aún para exagerar hace falta que haya muchísima gente), pero se apresuró a denegar el permiso para actos de funcionarios de Erdogan en territorio alemán, lo que llevó a un severo incidente diplomático. Situaciones similares se repitieron en Francia y en Holanda.

Golpes y contragolpes

Tanto el intento de golpe de mediados del año pasado, como el giro autoritario con proporciones de autogolpe de Erdogan (miles de encarcelados y casi cien mil funcionarios públicos despedidos, nueve meses de estado de excepción) responden en parte a la desilusión turca por las ingratas manipulaciones de la Unión Europea. El bloque ha pretendido usar de Estado-tapón y peón militar a Turquía, sin concederle a cambio más que algunas de las típicas partidas de “ayuda al tercer mundo”, y embarrándole la cancha en la guerra siria mediante alianzas con las milicias kurdas. Justamente los kurdos han sido la fuerza militar más eficiente en el caos de Siria, y los únicos que impidieron que el Estado Islámico ocupara alguna vez sus territorios.

A la vez, deben tenerse en cuenta las maniobras de la OTAN, que pretende mudarse de la base turca de Incirlik a una en Bulgaria; las presiones rusas para correr a los turcos fuera de la guerra siria; la aparente derrota del Estado Islámico, al que Ankara apoyaba con la idea de mantener fragmentados los territorios kurdos en Irak y Siria. Y, más en general, el salvaje, profundo, e impredecible rediseño del mapa del Oriente medio a manos de las potencias occidentales, que entre otras consecuencias trajo masivas reacciones populares que sólo por ahora parecen aplacadas.

Incertidumbre

Todo ello transmite a la clase dominante turca una incertidumbre y una sensación de peligro que dos sectores intentaron resolver en forma expeditiva: los militares con el golpe, y Erdogan con su autogolpe. Triunfó el presidente, y hoy se propone obtener la venia electoral para proceder a institucionalizar su gobierno basado en el estado de excepción. Un importante sector del pueblo turco tratará de que no lo logre. La última esperanza para la supervivencia de la república y de la democracia estará en las papeletas del “no”. 

Las turcas

Aunque no es un país árabe, Turquía fue alcanzada por la “primavera de los pueblos” iniciada en 2011 en Túnez. En 2013 una gigantesca pueblada juvenil ocupó durante semanas la céntrica plaza de Taksim en la Estambul europea, rechazando los grandes negocios inmobiliarios que hacen las ciudades insoportables para los trabajadores, además de una larga lista de reivindicaciones democráticas anexas. Tras esa rebelión, cerrada a sangre y fuego por el gobierno, el HDP, el partido progresista pro-kurdo, la más clara oposición al liberalismo religioso de Erdogan, realizó la mayor elección de su historia y ganó 81 bancas en el Parlamento. Luego, con misteriosos atentados en los que no se descarta la mano del Estado Islámico; con un discurso “antiterrorista” dirigido centralmente contra el pueblo kurdo, pero que alcanza a todo el país; y sobre todo a partir del golpe y el estado de excepción, el gobierno consiguió revertir ese ascenso popular y regimentar gran parte de la vida social y política. La única excepción en ese encadenamiento de derrotas la protagonizaron las mujeres.

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Manifestación de mujeres en la plaza Kadikoy de Estambul. Ellas enfrentaron al gobierno en el punto más alto de su escalada represiva tras el intento de golpe de Estado.

El gobierno turco propuso al Parlamento, donde tiene mayoría absoluta, una ley por la que hombres condenados por abuso sexual de menores podían ser exonerados a condición de que se casaran con las víctimas. En Turquía, un 42% de mujeres mayores de 14 años ha sufrido violencia física o sexual a manos de su esposo o compañero en algún momento de su vida, según Humans Right Watch. A pesar que desde 1983 el aborto es legal en Turquía, sólo 7,8% de los hospitales lo practican. Este intento del gobierno de restaurar normas feudales promovidas por sus sectores religiosos generó a mediados del año pasado la movilización de decenas de miles de mujeres durante cuatro días seguidos. El conflicto, centrado en Estambul y Ankara, amenazaba con extenderse mucho más lejos y más profundamente, lo que obligó al gobierno a retirar su proyecto. Fue la única derrota de Erdogan desde su contragolpe hasta hoy. Un logro de las mujeres turcas

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