“Bendito, bendito” o “Crucifícalo, crucifícalo”
La iglesia recuerda este día la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén en el que una ruidosa multitud recibía a Jesús en la ciudad santa con cantos de júbilo, esa misma multitud, sin embargo, pocos días después, habrá perdido completamente la memoria y pedirá la cruz para aquel a quien había reconocido como rey, e, increíblemente, el clamor de “bendito, bendito”, se transforma en el grito infame de “crucifícalo, crucifícalo”, que terminara condenando a un inocente.
Las calles de la patria también están pobladas de multitudes desde hace décadas con el mismo tenor de aquellas multitudes de Jerusalén, multitudes agobiadas y esperanzadas, multitudes entusiasmadas y manipuladas, multitudes con sentido histórico y multitudes desorientadas, multitudes apasionadas y frustradas, multitudes con conciencia social y multitudes defendiendo privilegios, multitudes con sentido patrio y multitudes de cipayos que al grito de “bendito” o “crucifícalo” fueron escribiendo las páginas más bellas o más vergonzosas de nuestra historia nacional.
Tengo la impresión de que fácilmente, como los ciudadanos de Jerusalén pasamos del “bendito” al “crucifícalo” sin revisión histórica ni memoria, ya que en los puntuales ciclos de cada “diez años”, se nos cambia abruptamente el escenario y entonces la multitud fogueada por los intereses oscuros de turno, cambia el grito de “bendito el que viene” por el de “crucifícalo” al que considera un traidor.
Es maravillosa y legitima la voz de la multitud cuando en pro de los intereses comunes se planta frente a la corrupción y la inmoralidad. Lo que no es maravilloso ni legítimo es el enfrentamiento entre los argentinos, y, más grave aún, manipular la conciencia de los ciudadanos a base de mentiras en uno y otro lado, con lecturas sesgadas de la realidad que terminan ahondando aún más nuestra división.
Todo lo transformamos en Boca - River, porteño - provinciano, peronista - radical, macrista - kirchnerista. Que poco bien le ha hecho a la patria el fomentar fanatismos hacia personas y proyectos políticos en base a ideologías que nunca fueron independientes de los intereses mezquinos de sectores disfrazados de “populares” para enriquecerse a costa de los pobres ni tampoco del monstruo de las corporaciones que descaradamente y sin disfraces, fomentan el odio social, racial e ideológico en pro de sus más abominables intereses corporativos. Y en el medio de esa lucha, los pobres, que son los crucificados de hoy, víctimas de un sistema y una dirigencia perversa, con pocas excepciones, a la que no le interesa ni el hambre, ni la educación, ni siquiera la salud de los pobres sino más bien los intereses individuales de personas o de sectores en cuyo nombre se sacrifica el bien común, en desmedro del cuidado a los más pobres.
La pobreza en Argentina es inmoral del lado que se le mire, porque podría resolverse y no se resuelve porque falta una decisión política en la que ninguno quiere sacrificar nada, cada uno piensa en su propio interés, llámese sindicato, partido político o empresa, nadie quiere sacrificar nada para resolver el problema de los pobres y entonces lo que tenemos desde hace décadas es lucha de poder y de intereses que han postergado el progreso de la patria. Esta lucha de poder y de intereses saca la gente a la calle para que se ponga a gritar según convenga: “bendito” o “crucifícalo”.
La redención de la historia sin embargo es un hecho cumplido, esa multitud que acoge como vencedor y Rey a Jesucristo es en realidad el clamor de la historia que sabe que la justicia y la verdad ya han triunfado, es, de algún modo, la irreductible esperanza de que ni los arrogantes, ni los soberbios, ni los que ostentan el poder y maltratan al pobre tienen la victoria, ya que en medio de esa multitud resplandece Cristo, luz del mundo, camino, verdad y vida.
La recepción ruidosa de la multitud a Cristo en Jerusalén es el paradigma de la historia ya que Jesús es la imagen del hombre bueno, del hombre justo, del hombre solidario que renunciando completamente a su propio interés individual es capaz de morir por amor al otro y es capaz de darlo todo por el prójimo. Allí está la victoria y el único modo en el que las multitudes cambiaran la historia; cuando en la consciencia individual de todo ese colectivo alumbre la sagrada responsabilidad que cada uno tiene por el otro y cuando resplandezca de manera inobjetable en el clamor del pueblo, no el interés de un sector, de un partido o de una clase e social, sino el sincero interés y compromiso de estar dispuesto a sacrificar algo por el otro compartiendo hasta que duela. Hasta que eso no nos suceda, no dejaremos de ser multitudes manipuladas por intereses muy mezquinos, que nos harán gritar de tanto en tanto “Bendito, bendito” o “crucifícalo”.
No debemos olvidar sin embargo que mientras estemos en manos de esos intereses mezquinos millones de cristos se encuentran ascendiendo hacia el camino del calvario, sin techo, sin tierra, sin trabajo y muchos de ellos en efecto muriendo inocentemente, sin alternativas, sin compasión y sin patria, al son del clamor manipulado de la multitud que por turnos va gritando “Bendito, bendito “ o “Crucifícalo, crucifícalo”.










