Dos caras de la moneda industrial
La industria láctea es uno de los sectores más perjudicados por las políticas económicas que impulsa el gobierno nacional. A la crisis que atraviesan dos de las más conocidas firmas del sector, La Serenísima y Sancor, se sumó ahora el cierre de la fábrica de quesos que la empresa Magnasco tenía en la localidad santafesina de Santa Isabel.
Las compañías lácteas son, junto a las del sector textil, las que figuran entre las industrias que comienzan a quedar rezagadas con el modelo económico que se puso en marcha en diciembre de 2015. El caso de Magnasco, lamentablemente, no es el único. El cierre de la planta en Santa Isabel se suma al cierre de la fábrica de quesos Chateubriand en Carmen, ubicada a 35 kilómetros de Venado Tuerto en el sur de la provincia de Santa Fe. En ambos casos, las plantas dinamizaban las economías de las pequeñas localidades que se nutrieron de los puestos de trabajo generados por la industria láctea que acusa el impacto de la drástica caída del consumo interno. Según un informe elaborado por el Observatorio de Políticas Públicas de la Universidad Nacional de Avellaneda, el año pasado la caída de la producción primaria de leche fue de 14%, el peor rendimiento registrado en los últimos 47 años, mientras que el consumo per cápita fue el más bajo desde la crisis de 2001. No menos preocupante es la situación que atraviesan dos grandes referentes del sector, como La Serenísima -que anunció el cierre de su planta de Rufino para fines de julio- y Sancor.
El actual esquema económico que impulsa el gobierno nacional, orientado a llevar a la economía hacia las exportaciones y a la espera de inversiones, descree del modelo de crecimiento basado en el consumo interno que aplicó la gestión anterior. La gran duda que persiste es si ese plan será eficiente para generar más divisas en un contexto global que no parece tan favorable, al menos en lo inmediato. Pero como sucede con todos los programas económicos que impulsan los gobiernos, la aplicación de las medidas perjudica a unos y crea un escenario más favorable para otros. En este último caso, el de los que tienen un futuro más prometedor, se puede citar la situación de la empresa agroindustrial Vicentín, que opera desde su base entre Reconquista y Avellaneda y cuyo negocio principal es la molienda de soja. Como contracara de la crisis que atraviesan el sector lácteo y la industria textil, Vicentín anunció días atrás que logró obtener un financiamiento de 115 millones de dólares por cinco años, para satisfacer la fuerte demanda de importadores japoneses. Según explicó la empresa, el año pasado firmó un acuerdo con Japón para exportar a ese país 40.000 toneladas de granos y semillas oleaginosas en forma anual, en un período de cinco años, en un acuerdo que responde a la necesidad de la nación oriental de asegurar para su población, de poco más de 127 millones de habitantes, el abastecimiento de alimentos.
En rigor, el perfil agroexportador de esta compañía se ajusta mejor al actual programa que apuesta a potenciar las exportaciones, lo que en sí mismo no es criticable, pero que al hacer solo hincapié sobre la primarización de la economía, deja afuera a sectores industriales y comerciales, en su mayoría pymes, que dependen del consumo interno y que ahora han sido muy golpeados, entre otras cosas, por la caída del poder adquisitivo de los salarios y la apertura de las importaciones. El actual modelo que prioriza a los grandes grupos económicos sigue postergando medidas que favorezcan a las pequeñas y medianas empresas que son las que, aquí y en todo el mundo, generan más empleo genuino y vigorizan las economías regionales.










