Quitar la piedra para que el muerto vuelva a caminar
Desde hace décadas nuestra historia argentina se parece a un cortejo fúnebre que llora un muerto al que nunca termina de enterrar, como no queriendo hacerse cargo del muerto y entonces en un eterno duelo lloramos nuestros dramas sin encontrar nunca el remedio para nuestros males.
El texto bíblico que la iglesia sugiere para la meditación este domingo es el conocido pasaje bíblico de la resurrección de Lázaro, que deja en claro que el único que puede levantar al muerto es Dios, es decir que si no se activan la fe y las reservas morales y espirituales de la patria nuestro llanto no conocerá el fin ya que no podremos revivir jamás al muerto. El pasaje nos habla de una familia amiga de Jesús, María y Marta de Betania que habían perdido a su hermano Lázaro.
Es interesante notar la actitud de cada uno de los personajes que conforman la escena y sacar de allí algunas enseñanzas. Por ejemplo la actitud de Jesús que sabe manejar los tiempos para dar la respuesta justa e iluminar la realidad en el tiempo y en las circunstancias adecuadas. A la hora de tomar acciones decisivas, la prudencia y el discernimiento, que vemos que es lo que hace Jesús, parecen ser relevantes a la hora de actuar para transformar en serio la realidad.
El griterío y el alboroto, la falta de serenidad en los espíritus en la horas desafiantes, no solo no cambian la realidad, sino que la complican aún más. La Argentina del presente se parece mucho a ese alboroto donde todos gritan, se agreden, se echan culpas, sin que ninguna de las partes en confrontación procuren crear un ambiente propicio para el diálogo en búsqueda de consensos que nos ayuden a superar nuestros largos enfrentamientos.
Los factores que nos enfrentan pasan desde el lugar geográfico y estatus social en el que hemos nacido, hasta nuestro sistema de pensamiento basados en partidismos ideológicos que no pudieron en ningún modo resolver nuestros conflictos. Los partidos, más bien, ahondaron nuestras diferencias y profundizaron nuestro enfrentamiento.
Se parece mucho a la recriminación que le hace Marta a Jesús por su hermano muerto: ¡Si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto! Es justamente ese “si hubiéramos” el que nos mantiene inmóviles y en un eterno duelo a los argentinos, “si hubiéramos hecho esto”, “si hubiéramos hecho lo otro”, “si hubiéramos elegido a este”, “si hubiéramos elegido a aquél”.
El verbo conjugado de ese modo hasta el cansancio en las discusiones entre los argentinos nos ha hecho perder cincuenta años de progreso, porque todo lo hacemos en potencial, sin llegar a concretar nunca un proyecto de nación que nos saque de la rigidez cadavérica en la que hemos sumido a la Argentina.
El “hubiéramos hecho esto”, es la instancia decisiva en la que se toma conciencia de lo mal que se hicieron las cosas, justamente para cambiar de dirección, ¡pero no! Nos hemos quedado en el “Si hubiéramos” con una interminable melancolía que fomenta discusiones estériles que no nos sacan del estancamiento en el que nos encontramos los argentinos desde hace años. La patria clama por una decisión moral en nuestros dirigentes, para que de una vez por todas le quieten la piedra que mantiene a la Argentina en el sepulcro.
Los argentinos queremos escuchar la voz que nos despierte del largo letargo en el que nos encontramos como nación. Y esa voz tiene que ser una voz unánime, cargada con el amor de aquel que llora al muerto porque realmente lo ama.
Duele decirlo pero tengo la impresión de que nos falta mucho amor patrio, un funcionario que ama la patria jamás se corrompería y enriquecería a costa de la dignidad de la nación y de su futuro, una justicia que ame a la patria jamás perdería la objetividad en su administración por cualquier razón, dinero o privilegio, porque el dinero y privilegio obtenido por la práctica de la injusticia se convertiría en el veneno que termine corroyendo uno de los cimientos fundamentales en el que se sostiene la vida de una nación: la incorruptible objetividad en la administración de la justicia y la concesión de derechos.
Lo que necesitamos es una acción decisiva con líderes a la altura de las circunstancias para revivir al muerto, una decisión plagada de obstáculos, procuradas por el desánimo y la resignación. Cuando Jesús ordena que quiten la piedra para hacer salir al muerto, Marta, la misma que le había hecho responsable a Jesús por la muerte de su hermano, le responde: “Ya está podrido, no se pueda hacer nada”.
Tiene Marta como los argentinos el pesimismo y la duda absoluta de que la realidad se pueda cambiar”. “No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?”. La piedra es entonces quitada y se escucha la voz potente y clara del líder que sereno y firme ordena al muerto que salga del sepulcro, y así sucede, y el muerto vuelve a la vida. Estamos llenos de pesimismo, de desesperanza y de frustraciones, y es legítimo que sea así por la larga historia de desencuentro y de decepciones, pero aun cierto punto debe aparecer ese liderazgo moral que debe ser también espiritual, para levantar a la patria.
Las fórmulas ideológicas, partidarias y sectoriales y de clase no nos dieron buenos resultados. Pareciera que para que la Argentina salga del sepulcro necesitamos no solo dirigentes con capacidades para liderar sobre la base exclusiva de sus convicciones ideológicas e intelectuales, sino más bien, dirigentes con una base moral y espiritual incorruptibles que desde un profundo amor patrio nos convoquen a todos, y, por hacerse creíbles, nos junten y nos entusiasmen a todos, justamente para que todos los argentinos podamos gritar bien fuerte: ¡Argentina sal afuera! Y que la Argentina reviva, para que no nos quedemos eternamente cumpliendo la fatídica profecía del gran patriota Mariano Moreno que un día dijo: “Será quizá nuestro destino como patria poder vencer al tirano sin derrotar jamás la tiranía”.










