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El país debe apostar a la ciencia y la tecnología

La generación de nuevos conocimientos que tengan aplicación concreta y solucionen los problemas que se presentan en el sector productivo y en la vida cotidiana de las personas es una de los pilares de las economías que guiarán al mundo en los próximos años.

El hallazgo de nuevos materiales que ya comienzan a ser empleados en distintos sectores de la industria y los avances experimentados en el mundo de las comunicaciones móviles y de la inteligencia artificial son algunos indicios de los nuevos escenarios que se configuran a escala global, y que tienen como denominador común a la ciencia y la tecnología.

Los países centrales que aspiran a mantener su liderazgo tienen claro que la promoción del conocimiento científico y tecnológico no es un lujo que se permiten las naciones más avanzadas, sino que responde a la decisión estratégica de apuntalar el desarrollo y de ampliar las bases de su economía. El ejemplo más claro es el de China, que resolvió volcar 300.000 millones de dólares a distintos sectores de la llamada “industria del conocimiento”, para posicionarse en 2025 como la nación número uno en tecnología. El giro que ha tomado el gigante asiático ya generó inquietud en muchas de las naciones de occidente que ven cómo Pekín avanza a paso firme con la aplicación de un plan estratégico para copar las industrias de alta tecnología y dejar en un segundo plano su pasado de productos baratos.

En la Argentina, cada tanto, se cae en la tentación de apostar solamente a un único perfil de país: el de exportador de alimentos y materias primas de origen agropecuario, prácticamente sin valor agregado. Se trata de una modelo que dio resultados en la segunda mitad del siglo XIX (aunque algunos señalan que, en rigor, ese modelo solo sirvió para una minoría y dejó afuera al resto de los argentinos), cuando nuestro país decidió incorporarse al orden mundial de entonces apoyado en esos recursos. Pero el mundo cambió, y en los últimos años lo hizo de manera vertiginosa, de manera que la receta que fue válida para aquella etapa del desarrollo argentino cuando la tierra era el principal recurso, resulta insuficiente en estos tiempos en los que la innovación, las investigaciones científicas y tecnológicas se han convertido en protagonistas de las sociedades modernas y claves para la transformación de las estructuras productivas.

Las universidades, en su rol de generadoras de nuevos conocimientos, deben ser el gran semillero de las vocaciones científicas y tecnológicas en nuestra región. Las casas de estudios superiores deben esforzarse por alentar en los más jóvenes la pasión por la investigación y la innovación en los diferentes ámbitos del conocimiento con el objetivo siempre puesto en lograr mejoras para la comunidad. Áreas como la salud, las energías renovables, la alimentación, el desarrollo de maquinaria agrícola, de polímeros avanzados y el diseño textil, por citar sólo unos pocos ámbitos, ofrecen un enorme campo de acción. De lo que se trata, en definitiva, es de apoyar la tarea de los investigadores, de generar un ambiente adecuado para que los hombres y las mujeres que investigan y hacen ciencia en la Argentina puedan desarrollar sus trabajos más allá de los gobiernos de turno, porque lo que importa es que sus hallazgos sirvan al país y tengan aplicaciones que contribuyan, directa o indirectamente, a erradicar la pobreza y la desigualdad, y a resolver otros problemas no menos preocupantes que aquejan a la sociedad.

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