Automedicación, una peligrosa costumbre
Tan habitual como peligrosa, la costumbre de consumir medicamentos sin una autorización médica o asesoramiento de un especialista se repite a diario y no hace distinciones de género o edad.
Los peligros de la automedicación se alientan con la premura y vertiginosidad de la rutina diaria. En ese contexto, muchas personas suelen optar por consultar en Internet, o valerse de su experiencia personal para evitar una adecuada revisación médica que le demande tiempo y dinero.
Un informe estadístico reveló que ocho de cada diez argentinos no consultan a ningún profesional médico antes de consumir fármacos y el cinco por ciento termina hospitalizado, lo que equivale a 162.000 pacientes, a un promedio de 443 cada jornada.
El relevamiento también constata que 26 personas por día mueren en todo el país por automedicarse; es decir, un total de 24.000 fallecidos cada año como derivación de la medicación (65 cada jornada). El 40 por ciento (26 por día) de ese total corresponde a personas que toman medicamentos sin control, ni consulta con médicos.
Otro 40 por ciento de las defunciones se vincula con pacientes que toman medicación de venta libre, y el restante 20 por ciento son personas que resultan medicadas con demora o ni siquiera llegan a tratarse.
El problema afecta principalmente a los mayores de 65 años, muchos de los cuales son medicados con 15, 18 y hasta 21 medicamentos distintos por día.
Los modelos sociales promovidos en la actualidad suponen la solución de casi todos los problemas de la vida diaria a través del consumo de fármacos o sustancias.
El fenómeno de la medicalización pasó a ser el modo de ordenar los disfuncionamientos sociales, propiciado por la difusión y circulación masiva de los fármacos.
La sociedad argentina está, en general, sobre y polimedicada.
La publicidad masiva de fármacos contribuye en parte en la automedicación, al influir en el habitual desempeño de los médicos en la consulta.
El impacto de este fenómeno en la práctica médica es indiscutible: pocos pacientes se retiran de la consulta sin una receta y cada vez son más los que cambian de médico si no reciben la prescripción de un fármaco en la primera consulta.
Por otro lado la publicidad y promoción activa por los medios masivos de comunicación, aumenta la automedicación irresponsable y el uso irracional de medicamentos, que abandonan así su lugar de bien social, esencial para la salud pública, y pasan a ser un bien de consumo.
Además el rol del farmacéutico está cada vez más visto como el de un comerciante, por lo que se necesitan medidas en educación social para corregir ese tipo de pensamiento y para que sea tomado como una responsabilidad social tal como la del médico.
No existe medicamento inocuo. Todos, sin excepción, empleados en dosis excesivas o durante períodos demasiado prolongados, en situaciones en que no estarían indicados, pueden producir efectos secundarios, indeseables o adversos, generar interacciones con otros fármacos o sustancias, inducir conductas de abuso o dependencia e incluso retrasar el diagnóstico de una afección que requiera cuidados médicos. Existe una preferencia en el consumir un remedio antes de adoptar conductas que nos ayuden a prevenir su utilización, lo cual implica todo un desafío.
Optimizar el uso de medicamentos impactaría en la reducción de gastos en salud pública, pero para ello se requiere de la participación consciente y activa de los diferentes eslabones de la cadena del medicamento: el productor, es decir los laboratorios; el prescriptor, el dispensador, y el consumidor.
El estado, por su parte, debiera regular estrictamente la venta de medicamentos con leyes que autoricen y supervisen su venta en farmacias habilitadas, y multando severamente a quienes que las infrinjan.
Comprender entonces que somos todos en parte responsables de la automedicación y del uso irracional de medicamentos, así como de su posible prevención, es estar en el camino adecuado hacia el cambio.










