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A cuatro años del pontificado de Francisco, el papa argentino

El Papa Francisco cumple hoy su cuarto año al frente de la Iglesia Católica, período en el que ha conseguido lo que parecía inimaginable: acercar aún más Estados Unidos y Cuba, tras su viaje histórico a ambos países; reunirse con el patriarca ortodoxo Kiril, logrando que los jefes de ambas iglesias se encontraran por primera vez, mil años después del Gran Cisma de 1054 o sentar cátedra sobre la necesidad urgente de defender el medio ambiente, con la publicación de su encíclica Laudatio Sí.

Francisco, el 266 sucesor de San Pedro, primer papa argentino y Latinoamericano y el primero jesuita “con corazón franciscano”, afrontó su pontificado dando muestras de cercanía y sencillez, pero con grandes retos.

Desde el inicio de su pontificado  ha marcado su estilo, que  refleja un papado más humilde, en el que el jefe de la iglesia es, más que nada, el pastor del rebaño y no un rey.

Días atrás, en una entrevista, volvió a dejar en claro que no se considera un hombre excepcional.

“Soy un pecador, un hombre que hace lo que puede”, expresó el Santo Padre  y señaló que “no me hacen justicia con las expectativas” a la vez que precisó que la idealización de una persona “es una forma sutil de agresión”.

Su humildad lo ha hecho inmensamente popular, una figura sonriente que camina entre las multitudes en la Plaza de San Pedro.

Pero que el papa sea humilde no implica que sus ambiciones lo sean. Pareciera que Francisco no estuviese tratando de cambiar a la Iglesia Católica sino al mundo.

Habla en términos muy personales acerca de los olvidados por la economía global, ya sean los refugiados ahogados en el mar o las mujeres sin otra opción que dedicarse a la prostitución. Sus profundas críticas a la destrucción ambiental han capturado la atención mundial.

Pero también es un estratega indescifrable; su presión para cambiar a la iglesia ha despertado ansiedad y esperanza, y también escepticismo.

Muchos conservadores proyectan en él sus miedos. Otros tantos liberales asumen que comparte sus posiciones. Y no pocos afirman que no le preocupan tanto las etiquetas de derecha e izquierda como el debilitamiento de la fe de la iglesia en Latinoamérica y el resto del mundo.

Lo cierto es que Francisco aún no ha puesto todas sus cartas sobre la mesa. Pero su misión espiritual de convertir a los pobres en la preocupación central de la iglesia ya le ha permitido intervenir en los principales debates a nivel global, como el cambio climático, la inmigración y la reflexiones sobre la economía capitalista tras la crisis de 2008.

En cierta medida, la pregunta sobre cómo cambiará Francisco a la iglesia y su papel en la sociedad, es ignorar los muchos cambios que ya han ocurrido.

 La doctrina es la misma, pero Francisco ha cambiado el énfasis y proyecta un tono más misericordioso y acogedor en una iglesia desgarrada por los escándalos de abuso sexual de sus clérigos e identificada con la rigidez teológica.

Con gestos y palabras, ha confrontado a las élites una y otra vez, tanto dentro de la institución como fuera de ella. Ha criticado la actitud cerrada de la jerarquía católica por concentrarse en dogmas y en la “dimensión espiritual del mundo”, pero muy poco en la personas común.

También ha atacado la ortodoxia que prevalece en la economía global, pues considera que la creencia de que los mercados y la búsqueda de la riqueza sortearán todas las dificultades, es una ideología falsa que no resolverá de manera integral las necesidades de los pobres.

Como resultado, su influencia geopolítica ha aumentado, y la de la iglesia también.

En suma, en sus cuatro años de pontificado, ha atraído la atención del mundo por sus gestos contundentes, no convencionales;  pero esos gestos tienen su mayor importancia como señales de la nueva dirección radical en la que busca dirigir a la Iglesia Católica: hacia su visión de la promesa del Concilio Vaticano II.

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