Durmiendo con el enemigo
Por Rubén Tonzar - Nunca se insistirá lo suficiente en que el denominador común, el mínimo común múltiplo y el máximo común divisor de la situación internacional y de los numerosos y constantes fenómenos políticos que produce, es la crisis económica global iniciada en 2007, con epicentro en EEUU y luego extendida a todos los rincones del mundo. Y, como corresponde, es ese país el que ha generado la expresión más rimbombante y amenazadora de la política mundial en la última década.
Trump llegó inesperadamente a gobernar un país cuya deuda supera el 120% del PBI, con tasas de crecimiento anémicas y sin pronóstico de mejora. Las crónicas periodísticas durante la campaña electoral mostraban como una constante la envergadura del derrumbe social: once millones de personas desalojadas de sus viviendas, cinco millones de puestos de trabajo perdidos en la industria, sistemática precarización de la fuerza de trabajo, metrópolis con áreas enteras semiabandonadas, como Detroit, rebeliones contra el gatillo fácil de la Policía sobre los pobres, especialmente en algunos verdaderos bolsones de miseria en grandes ciudades.

Al mismo tiempo, Apple, Citibank, Exxon Mobil, Google, Wal Mart, Glencore, Microsoft, Amazon, United Health o Facebook, por citar sólo algunas de las multinacionales estadounidenses más poderosas, multiplicaban sus ganancias a niveles nunca vistos. Esas mismas empresas crearon sólo el 5% de los empleos recuperados desde 2012, en la mayoría de los casos de menor calidad que los que se perdieron. Como muestra, un botón: entre 2007 y 2009 General Motors despidió a 21.000 trabajadores que ganaban en promedio u$s 20 por hora. Entre 2013 y 2016 reclutó a 7.000 obreros que ganan en promedio u$s 9 por hora.
Trump viene a traer una respuesta reaccionaria y de tendencias autoritarias a esta crisis. Su “Make America great again” propone un nacionalismo xenófobo y policíaco como remedio para los males que los trabajadores y las clases medias sufren debido al éxito que la globalización deparó a otros sectores. Trump dice que agudizando los enfrentamientos con los enemigos de EEUU, pero también con sus aliados, se podrán rescatar porciones de la gloria perdida. A la pregunta de qué camino tomar a partir de aquí, el nuevo jefe del imperio responde: “Sólo queremos salir de aquí. No importa mucho qué camino tomemos”.
Esa es la base filosófica que habilita sus estrafalarias consignas: acercamiento con Rusia, festejo de la ruptura de la Unión Europea, muro con México, amenazas militaristas a China, negación de los desastres ambientales y del cambio climático, ruptura de contratos internacionales, y así siguiendo. Más lógicos suenan sus planteos proteccionistas, aunque las medidas que anuncia para lograrlos se chocan de frente contra la propia estructura económica de su país… y del mundo. Entonces menciona “soluciones” más convencionales: nuevos subsidios impositivos y mayor coacción sobre la mano de obra, destacadamente contra los inmigrantes, las minorías... y las mujeres.
Resistencias
En ese punto es donde aparece el primer obstáculo al arrollador avance del tv star y magnate inmobiliario devenido político: sólo un día después de su toma de posesión, muy flaca de público según las fotos, millones de mujeres en decenas de ciudades de EEUU –y del mundo- salieron a rechazar su reconocido carácter misógino y la amenaza que representa para todas las conquistas del género. Lo peor, sin embargo, fue que las mujeres reunieron, remolcaron y reimpulsaron a una miríada de sectores opositores que tras la derrota y la sumisión de Bernie Sanders ante Hillary Clinton habían quedado huérfanos y dispersos. En consecuencia, obligaron al partido demócrata, que aún no atinaba ni a lamerse las heridas, a volver a la batalla con lo puesto. Incluso el establishment republicano encontró motivos para hacer observaciones sobre algunos nombramientos y resoluciones del nuevo gobierno.
La respuesta de Trump fue de manual: contra la opinión y las aspiraciones de propios y extraños, comenzó a utilizar como armas arrojadizas contra todos ellos las prerrogativas más discrecionales del presidencialismo. A fuerza de decretazos, que en EEUU se llaman ilustrativamente “órdenes ejecutivas”, puso en marcha lo más artificioso y autoritario de su programa: muro con México, quita de fondos a programas para la interrupción del embarazo, derogación del modesto programa de salud de Obama, retiro del país del tratado comercial Transpacífico y denuncia del TLCAN, detención y expulsión de inmigrantes, y prohibición de entrada a residentes y turistas provenientes de siete países musulmanes. Verbalmente, alentó la ocupación definitiva de Territorios Palestinos por parte de Israel, celebró el Brexit y llamó a que más países rompan con la Unión Europea, aumentó la dotación de armas pesadas en Corea del Sur, e intensificó los bombardeos en Yemen y Afganistán, entre otras medidas.
Nuevamente, la primera respuesta automática que hizo frente a su ofensiva no provino de la oposición “oficial” a su gobierno, a saber, los demócratas y algunos sectores republicanos. No, quienes primero se plantaron fueron los inmigrantes, apoyados por estudiantes, sindicatos y organizaciones de derechos civiles como la legendaria ACLU. Durante días, en numerosos aeropuertos del país, tumultuosas manifestaciones bloquearon durante largas horas la entrada y salida de pasajeros.
Lo que se viene

Como reflejo, volvieron las marchas de protesta, por cualquier motivo, en cualquier momento y en cualquier lugar (bancos, Wall Street, edificios y hoteles “Trump”, etc). Sólo entonces la oposición política tradicional, la prensa y la Justicia hallaron forma de invalidar su decreto contra los inmigrantes, descubrieron antecedentes negativos en algunos nombramientos del gobierno, y “filtraron” parte del trabajo de espionaje que hoy domina toda la política hasta conseguir la renuncia del primer alto cargo, el secretario de Seguridad Nacional.
El panorama al cabo de estos primeros lances es que vienen épocas de lucha, cruel y mucha. La ofensiva reaccionaria encarnada por Trump encontrará obstáculos abundantes y más o menos firmes en cada frente que elija. Pero es una incógnita si el programa político que los opositores tienen actualmente o que logren darse en el futuro será capaz de superar la etapa heroica del abroquelamiento y la resistencia, para buscar verdaderas salidas y soluciones reales a los problemas de fondo que la crisis plantea a los trabajadores y a las clases populares norteamericanas. Un sector de la clase dirigente ya lo tiene: se llama Donald. Pero la crisis aún no desplegó todas sus situaciones, no mostró todos sus efectos, y está muy lejos de llegar a su conclusión.
Es la economía, estúpido
La inefable y abarcadora frase de Bill Clinton está más vigente que hace 25 años, cuando se abría la época dorada de la apertura de las economías planificadas al capitalismo global, espejismo que algunos confundieron con “el fin de la historia”. Un cuarto de siglo después, el sistema está sumido en la crisis más profunda de su historia, y los caminos a tomar a partir de aquí son inciertos. Trump es la máxima expresión actual de una receta que se ha probado más de una vez a lo largo de esa historia. Los llamados “populismos”, especialmente en sus versiones nacionalistas o derechistas, se repiten los últimos dos siglos. Citando sólo las cumbres de tales experiencias, se cuentan Napoleón III en la Francia derrotada por Alemania, Mussolini en la Italia de la primera posguerra, Hitler en la anterior crisis mundial. Y decenas de expresiones similares de menor envergadura, como menor haya sido el imperio en el que hallaron campo para sus andanzas.
En todos los casos son una oferta de prevención reaccionaria y violenta de las consecuencias de crisis político/económicas de gran profundidad y extensión. Estas situaciones castigan en forma inaudita las condiciones de existencia de millones y millones de personas simultáneamente. Eso las empuja a la oposición y al enfrentamiento, muchas veces violento, con los gobiernos y los poderes establecidos, que tienden a romper su marco de dominación habitual y abrir situaciones transitivas (de la democracia al Estado policial). Entonces llegan Trump, Marine Le Pen, los neonazis alemanes, y decenas de símiles, a ofrecer sus recetas “ejecutivas”. Por ahora, una buena parte de la clase dirigente en todos esos países considera que es temprano para tales métodos, y eso es lo que presenciamos en este mismo momento en EEUU y Europa. El desarrollo de la crisis y la debilidad o la firmeza de la reacción popular marcarán sus próximas estaciones. Mientras, cada noche el pueblo estadounidense duerme con su enemigo.
Ecuador: el último de los mohicanos

El país de la “revolución ciudadana” elige hoy presidente, y todo indica que el sucesor de Rafael Correa será su candidato Lenin Moreno. Promediando la segunda década del siglo, parece ser el único de los gobiernos llamados “progresistas” del cono sur capaz de seguir ganando elecciones.
Entre las cuestiones de fondo que han tenido al postulante oficialista cómodamente al tope de todas las encuestas durante toda la campaña, dos se destacan nítidamente. La primera, el gobierno de Correa ha sido, lejos, el administrador más eficiente en el periodo de alza mundial de las materias primas, al punto que tuvo resto para capear la etapa declinante de la curva, aún con el país castigado por un terremoto histórico. La segunda, la oposición de derecha no logró renovar su personal ni consensuar un candidato único (presenta cuatro). Apenas consiguió, con una cruzada nacional e internacional de denuncias de corrupción basada en Miami, deteriorar la intención de voto de Moreno: al comienzo de la campaña se aproximaba al 50%, ahora no promedia más que 35%. Tal metodología también consiguió elevar la suma de abstenciones y votos en blanco hasta casi alcanzar el tercer lugar en los sondeos.
El opositor más cercano, el empresario Guillermo Lasso, bordea los 20 puntos, y tercera marcha la conductora de noticieros Cynthia Viteri. Lasso saltó a la fama tras insultar groseramente a la esposa del secretario de Educación, y Viteri, hija de una exjueza de la Suprema Corte, tuvo un papel protagónico en el largo enfrentamiento de las empresas periodísticas con el gobierno de Correa. Con tales números, es probable que haya una segunda vuelta si Moreno no logra al menos el 40% de los votos con 10 puntos de ventaja sobre el segundo. En ese caso, la oposición de derecha conseguiría unificarse “de facto” y aspiraría a mejorar su votación, aunque los sufragios de los postulantes de la centroizquierda (alrededor de un 10%) garantizarían que la “revolución ciudadana” tenga otro periodo presidencial











