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Religiosidad e identidad cultural

Por Eduardo Barreto - Un titular periodístico de la primera semana de enero de este año, sostenía: “250.000 personas visitarán este 8 de enero el santuario del Gauchito Gil, en Mercedes, Corrientes

Esta cifra refleja un hecho colectivo creciente: el de los mitos y devociones populares en Argentina. La sociedad va incorporando al panteón de su religiosidad nuevas figuras, las cuales se hacen visibles a lo largo de las carreteras del país.

Religión y religiosidad popular son conceptos diferentes. Ya los grandes teóricos de la psicología, se han ocupado de estos conceptos. De ese enorme constructo, perfectible por cierto, podemos obtener algunos indicios que nos permitirán una primera aproximación a la comprensión de diferencias y analogías de los términos mencionados.

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La religión como creación humana

Ya las comunidades tribales de los primates sintieron la necesidad psicológica de un ser trascendente. Buscaban protección. Y además, normativas que le permitieran una vida espiritual digna, y una trascendencia sobrenatural más allá de la muerte. La palabra religión ( del latín religo-onis) alude al conjunto de creencias acerca de la divinidad, de un Ser Creador, que fija normas morales para la conducta individual y social, y al conjunto de prácticas rituales, que consoliden un sentido de pertenencia.

Esta liturgia y su marco teórico, se ha perpetuado, con algunas modificaciones. La institución Iglesia, sería la estructura creada con el fin de velar por el cumplimiento de esas normas morales.

La Religión Oficial, regula, conduce, esa inquietud del ser humano. Todas las religiones, en todos los continentes, tienen su marco institucional. En un proceso de canonización prolongado, estas instituciones designan sus propios jurados y teólogos. Ellos designarán a los futuros Santos.

Para la Iglesia católica, una persona se trasforma en santa cuando ha alcanzado la gloria, y en ese marco de referencia los milagros son fundamentales. La República Argentina tiene 23 casos en estudio.

En la religión oficial, la superstición fue siempre condenada. En algunos momentos de nuestra historia eran consideradas “herejías”. En América Latina funcionó la Inquisición entre 1570 y 1640, en México, Lima y Cartagena.

En otras oportunidades la Iglesia Católica ha sido más tolerante, y llegó a convivir con esas “transgresiones”. “Cuando esa manifestación de fe es genuina, y tiene como fuente la fe, tiene que ser apreciada y favorecida” ha expresado el Papa Juan Pablo II, respecto a bajar los momentos de tensión.

La religión oficial se transmite institucionalmente, la popular, a través de la oralidad.

En busca de la tierra sin mal

La antropóloga Bárbara King, sostiene que ya los homínidos, exhibían rasgos de religiosidad, que serían una base para la evolución de la religión en los seres humanos.

“La tierra sin mal”, ese paraíso terrenal donde la gente no moría nunca, todas las mujeres eran bellas y la maldad no existía, fue el disparador para el desplazamiento hacia el sur de América de los nómades primitivos. Los pueblos originarios se distribuyeron por todo el espacio americano, y cada uno de ellos asumió rasgos culturales particulares. Pero la mayoría de ellos, fue incorporando “númenes”, dioses y demonios, logrando una cosmogonía tan compleja como heterogénea. Se generó así un Olimpo Religioso muy poblado, que sorprendió a los españoles.

Ritos como el canto y el baile forman parte de la liturgia de estos pueblos, manifestación simbólica de amor y también temor.

Reconocen estos pueblos (como así también los de África y el lejano oriente) una realidad superior distinta de ellos, y con la que entrarán en relación a través de la fe.

Con este caudal de espiritualidad, los españoles y portugueses van tratar de crear un sincretismo religioso, con resultados variables en los distintos espacios.

Los "santos" populares

Sometidos militarmente los indígenas, vino luego el intento de cambiar la cosmovisión de estos pueblos. No fue un proceso histórico lineal. Es por ello que la presencia de aquellos dioses, ha ido aumentando con la re-creación de nuevos seres mitológicos, que se incorporan hasta hoy a sus devociones. Figuras humanas, “con poderes sobrenaturales”, aparecen en distintos espacios, entendiendo que ellos pueden mediar ante su Dios, por fuera de la institución religiosa. Son por lo general personajes que han llevado vidas ejemplares, o bandoleros “justicieros”, o víctimas de muertes violentas.

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Los “santitos populares” son objeto de veneración con manifestaciones cargadas de colorido. “La religiosidad popular constituye la expresión de un comportamiento simbólico, que demuestra la existencia de un imaginario social que incluye lo sobrenatural en la realidad cotidiana” (Santamaría, Daniel; Ceal; 1991).

En ese camino, en la religiosidad popular se manifiestan elementos de la vida cotidiana (gastronomía, vestimenta, folklore) Es una práctica religiosa más solitaria, más individual, y sólo se transforman en multitudinarias, cuando se celebra el nacimiento, o se conmemora la muerte del “santito”.

Históricamente, en nuestro país, el primer santito popular fue “El Quemadito”, soldado del Caudillo federal F. Quiroga, que murió condenado a la hoguera, en un enfrentamiento con los unitarios en 1830. En el lugar (Oncativo), se levantó una cruz y el pueblo comenzó a rendirle culto, atribuyéndole señales milagrosas. Las muertes trágicas son consideradas como un sello divino.

Los “santitos” consagrados provocan empatía en los sectores populares, que consideran que ellos vivieron sus mismas experiencias de carencias, necesidades y angustias.

Juan B. Vailoreto; las almitas Sibila y González, en Jujuy; Pedrito Hallao, en Tucumán; la Telesita, en Santiago del Estero; la Difunta Correa, en San Juan; San la Muerte en Chaco y Corrientes, el Gauchito Gil y últimamente la ex cantante Gilda, e Isidro Velázquez, figuran en el panteón de la religiosidad popular. Procesiones, misas, bailantas, expresan el sentimiento milenario de un imaginario popular, que siempre soñó con conectarse con los dioses y volar hacia la libertad.

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