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Siguen los impactos del cambio climático

El problema del cambio climático y global es actualmente objeto de un intenso debate, siendo mundialmente reconocido como prioritario en materia de políticas de gestión de alcance nacional e internacional.

Existen evidencias científicas que señalan los impactos de este fenómeno y sus efectos posibles sobre la economía en la Argentina, donde altera las condiciones productivas y energéticas de las actividades industriales y agropecuarias, modifica el mercado, incrementa riesgos sanitarios y profundiza las situaciones de vulnerabilidad de sectores enteros de nuestra población.

Este escenario impone, al mismo tiempo que complejiza dramáticamente, la necesidad de pensar estrategias para su mitigación y la adaptación a sus efectos en una escala local, regional y nacional.

Estas estrategias podrían traducirse en acciones concretas que van desde planes de reordenamiento urbano, políticas impositivas y de subsidios para orientar la producción y el consumo, y la implementación de incentivos para el cambio de la matriz energética (en el plano de las políticas públicas), hasta la toma de decisiones de inversión sobre la base de mapas climáticos y la adopción de modelos productivos que minimicen los residuos, reutilizando o haciendo que se reutilicen los materiales (en el caso de la actividad de empresas privadas).

En nuestro país el sector energético es el más involucrado en las emisiones de gases con efecto invernadero, según consignó un estudio elaborado por la Cepal junto con la Fundación Bariloche, que evaluó diferentes escenarios y posibles consecuencias del cambio climático y determinó que nuestro país es responsable del 0,7% de las emisiones globales, según datos del Gobierno.

La participación de la región es considerada baja, pero no lo es la vulnerabilidad, porque los efectos del cambio climático traspasan fronteras.

Uno de las consecuencias más directas sobre la economía se da en la agricultura, por la pérdida de tierras cultivables o la caída de la productividad.

“A los cultivos estivales, como el trigo, los aumentos de temperatura les juegan en contra”, dice Beatriz Giraudo, coordinadora de Políticas para el Desarrollo Sustentable y el Plan Belgrano, del Ministerio de Agroindustria.

Una investigación hecha en 2015 por economistas de las universidades de Berkley y Stanford proyectó para cada país, considerando su población, su perfil productivo y su clima, el efecto del calentamiento sobre el PBI.

Para la Argentina, se calculó que, en 2100 el PBI per cápita sería un 53 por ciento menor respecto del escenario sin cambio climático.

Diego Moreno, secretario de Política Ambiental del Ministerio de Ambiente, afirma que se está trabajando “en la estrategia de adaptación” pero que hoy no se conoce qué porcentaje de la población está en zonas vulnerables (inundables o susceptibles de ser alcanzadas por otros fenómenos).

La matriz energética, el transporte y las prácticas agrícolas están entre las áreas sobre las que se actuará para la mitigación, según el funcionario, que destacó también que entre las actividades que serán afectadas está el turismo y que el sector inmobiliario deberá prestar especial atención a normas de adaptación.

Un punto preocupante es que, además de los riesgos para la seguridad alimentaria global por las pérdidas de tierras cultivables, las consecuencias de fenómenos como los mencionados alcanzan con más frecuencia a poblaciones vulnerables, sobre todo por la falta de políticas de ordenamiento urbano, que en la Argentina permitió, en los últimos años, un crecimiento exponencial de los asentamientos en zonas inundables o con contaminación, por lo que la acción de los gobiernos para gestionar las tensiones que se producen en la búsqueda de conseguir alcanzar diferentes objetivos es fundamental.

El problema es más alarmante si se tienen en cuenta las tensiones entre actores de la economía y de la política, en una época de transición que obliga a replantear los esquemas de producción, y cuando en Estados Unidos, el flamante presidente Donald Trump, encarna poderosos intereses, en especial los de las industrias más contaminantes.

El avance del magnate puede implicar una profundización y aceleración del tránsito por un sendero que conduce a que el daño ambiental sea irreversible.