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Anuncia, denuncia y testifica

La comunidad de los redimidos, la iglesia del Señor, ha sido edificada a lo largo de los siglos sobre la base del anuncio explícito del Evangelio, la denuncia de todo aquello que se oponía al reino de Dios, y la declaración vigorosa de aquellos que habiendo sido constituidos en los testigos de Cristo, encarnaban esa verdad con un testimonio que era capaz hasta de entregar la vida por sostener ese anuncio.

Toda vez que la iglesia en cada bautizado disminuye esta triple dimensión del anuncio, vale decir: el anuncio, la denuncia y el testimonio, las sombras de la muerte, de la injusticia y la mentira parecieran tomar control sobre la realidad.

Anunciar explícitamente el Evangelio al mundo es hablar de Dios y presentarlo como camino como verdad, vida y salvación para todo el género humano; implica hablar de Cristo, para impregnar todos nuestros ambientes con la buena noticia que Jesús trajo al mundo.

Anuncio explícito supone coraje, creatividad, entusiasmo y alegría, ante un mundo que se vuelve cada vez más ingenioso para mentirle al hombre y atraparlo en esa falsedad.

Los testigos de Cristo tienen una verdad para decirle al hombre y una propuesta de vida que se ofrece como alternativa a aquella banal, oscura y frustrante propuesta que nos ofrece el mundo comercial y consumista.

Si el cristiano toma realmente las banderas de Cristo y las levanta cual estandarte victorioso con su propia vida como testimonio, el contagio del amor y la verdad de Cristo serian como una maravilloso virus de esperanza, de amor y de fraternidad con el que se contagiaría al mundo, tal cual la epopeya evangelizadora de los primeros siglos en las primitivas comunidades cristinas.

Ese anuncio explícito requiere, exige, suplica en la voz del Espíritu santo que nos despertemos los cristianos de la modorra de la comodidad y de los formalismos y que dejemos de sostener aquellas cosas en nuestras comunidades que saben a herrumbre y a cosa vieja, que ya no convoca a nadie, ni desafía, ni enamora a nadie. Supone abrir los ojos, recuperar la visión y salir de la ceguera que no nos está permitiendo ver por dónde está pasando hoy la manifestación del Espíritu Santo que guía la misión de la iglesia y le reclama intempestivamente a los cristianos que vuelvan a su alma, que vuelvan a su esencia, lo cual significa volver al ardor misionero de los primeros tiempos.

Este ardor misionero, lejos de ser oficinas y formalismos institucionales con horarios, eran vida misma en la calle, donde fluía la vida, en el corazón de las familias, dentro mismo del dolor, de la alegría y de la esperanza de la gente y en alma misma del pueblo donde la verdad de Cristo vivía resplandecía.

Supone recuperar la voz y hablar más allá de todo clericalismo, que, lamentablemente, ha hecho del pueblo de Dios clérigos dependientes, como si la acción evangelizadora dependiere de manera excluyente de los curas y de los religiosos y religiosas, mientras la amplia masa de discípulos misioneros del Señor permanecen , al parecer , ciegos, sordos y mudos.

El mundo necesita con urgencia de los testigos de Cristo que denuncien todo lo que se opone al reino de Dios que Cristo ha bajado del cielo a la tierra hace dos mil años para inaugurar la era del hombre nuevo; no la nueva era del hombre perdido en un sincretismo religioso amorfo, sino la era del hombre nuevo en Cristo, ese hombre que sabe cómo hacerse cargo de la historia y desde el corazón mismo de ella transformarla.

Así, en las millones de historias individuales que encarnen la vida de Cristo, harán que el Evangelio sea una palabra viva y una proclamación creíble y no una palabra muerta que es en lo que hemos transformado nosotros al evangelio de Cristo, palabra muerta, por la escasez de testimonio y compromiso de aquellos que se suponen son los testigos del Señor.

No habrá luz, ni el mundo tendrá sabor si aquellos que deben ser los portadores de eso, están dormidos en los laureles del pasado.

La iglesia es un cuerpo vivo que se arraiga necesariamente en estructuras para funcionar ordenadamente en un mundo que necesita de eso; pero a la iglesia no le da vida la estructura, sino el Espíritu Santo que debe que debe vivir en ella, cuando las estructuras no tienen al Espíritu Santo como el aliento de vida que las anima se transforman en un cascaron, en un cadáver, donde no fluye la vida.

Si esa es la realidad en nuestras parroquias, en nuestras comunidades y movimientos, entonces, hay que repensar de nuevo todo; hay, como dice Francisco, “que desarmar todo y comenzar de nuevo con creatividad y sin miedo”.

La luz puesta en lo alto para que ilumine a todos los de la casa está encendida en cada bautizado, basta que comience a levantarla y a encenderla en todo ambiente, en toda circunstancia, en cada contacto personal para que Cristo luz del mundo brille como brilla el sol en cada amanecer.

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