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La tejedora del amor que se volvió bienaventurada

Hablando del evangelio de las bienaventuranzas de este domingo tengo que decir que es mucho más fácil explicar un pasaje de la palabra de Dios, cuando trazos de esta palabra se encarnan en una vida real. Quiero hablarles de un ser simple y extraordinario que representa a los miles o quizá millones de seres que en el anonimato de lo cotidiano, sin fama ni marquesinas, escriben desde el lugar común, paginas luminosas de amor que casi siempre quedan en el olvido.

Todas las vidas ejemplares, debieran ser conocidas, porque edifican el alma y dejan una estela de luz que inspira a todos aquellos que hemos tenido la fortuna de conocerlos. Le decían simplemente “Ramonita”, pero pudiera tener cualquier nombre, de cualquiera que como ella vivió para su familia, para sus hijos, para sus vecinos.

Creó vínculos de amor con todos, y así se fue convirtiendo en un rayo luminoso de amor y de ternura para los que se encontraban con su dulce sonrisa y su mirada mansa. Fue feliz y murió en santidad porque construyó vínculos fuertes, imperecederos, desde la simpleza del amor.

Creció en el campo, al sur de Machagai, en medio de algarrobales y ñangapiríes y entre blancos capullos de algodón. Su infancia en aquel lote veintitrés sabia a fragancias de naranjales, melones y sandías, y todo el amplio patio peinado de manera impecable por la escoba de la abuela, embriagaba de encantos con los dulces perfumes de las rosas, los jazmines, y los matorrales de alelí.

Allí arranca la historia de la tejedora del amor que un día sería bienaventurada.

Ella, mi madre, es parte de aquellas historias legendarias de mujeres chaqueñas, cosecheras, carpidoras, y obrajeras, que salían muy temprano a trabajar la tierra, para sacarle al duro suelo del chaco el pan bendecido de los hijos. 

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Se hizo grande desde del amor y aquí está la clave de todo: no importa el lugar, la profesión ni el status social, el amor nos engrandece y nos hace bienaventurados.

No hay ni un solo ser que se le haya cruzado en la vida que no haya sido tocado por su amor y su sonrisa, y aquí está la otra clave que vuelve a un ser pequeño inmenso e inolvidable: la sonrisa.

La tejedora del amor hablaba y sonreía, su talante siempre fue el cariño, ya que para ella no existían los nombres, a todos se dirigía , como “mi amor”, “mi cielo”, “mi reina”, “ mi chiquitito”, “mi vida”, “papito” , “mamita” , “hijito” ,”hijita”, y últimamente en este tiempo a mí me decía “el padrecito”; no eran adjetivos dulzones, vacíos de contenido real , ya que lo que ella decía le nacía del fondo de su corazón bueno, donde no existía ni pizca de maldad.

Muchas veces le pregunte si era cierto todo lo que de su boca salía como bondad a lo que respondía: “y porque no hijo si todas las personas son buenas”, porque para la tejedora del amor, hasta los malos eran buenos, porque no había lugar en su alma para pensar mal de nadie.

Hay personas así, me costaba creer que eso era posible, que pudiera mirar siempre con amor y con esperanza todo lo que le sucedía y hasta en el trance más terrible de su enfermedad nunca se quejó, diciendo apenas: “Dios sabrá porque hijo”. En esas palabras y en esa mirada mansa, nosotros sus hijos encontrábamos la calma en todas nuestras tempestades.

Procuro encontrarle algún defecto para convencerme que era humana y entonces el recuerdo me lleva a un camino de campo cuando yo era aún muy niño; tomado de su mano caminábamos rumbo a la ermita de la virgen de Itatí, una capilla humilde de una humilde familia, ella de tanto en tanto me soltaba la mano para que yo pudiera cortar las flores silvestres que ofrecíamos a la virgen.

Ante la imagen de la Virgen yo, que tendría cuatro años, miraba sus manitas unidas en profunda oración moviendo sus labios y viendo rodar sus lágrimas

¿Por qué lloras y a quien le hablas? -le preguntaba - A la madre- me decía, mirándome con sus ojos verdes esmeraldas-. ¿Y ella te escucha mama? -le pregunté-. Por supuesto que me escucha”-respondió- ¿Y Entonces ella está viva?, - le dije-.  Por supuesto que está viva y le late el corazón”- me respondió- ¿Puedes alzarme entonces hasta el pecho de la virgen para que yo pueda escuchar sus latidos? -le pedí- Claro mi hijito- me dijo-, y alzándome en sus brazos, me recostó suavemente sobre el pecho de la virgen, cuyos latidos, en mi inocencia de niño pudo sentir nítidamente en el pecho de la virgen de Itatí.

¿Escuchaste?-me dijo - Si mamá- le contesté seguro-, y desde ese día la Virgen para mí no es sólo una estatua, sino un ser vivo, con un corazón palpitante que late para mí. Este recuerdo, sagrado en mi memoria y en mi alma, basta para describir su alma simple, contemplativa y profunda, que desde mi más tierna infancia abrió camino al misterio mostrándome claramente el sendero que me llevaría hacia el Padre.

Honro su vida y le doy gracias a Dios por el ángel que puso en mi camino: Ramonita, la tejedora del amor.

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