El río suena
Desde hace por lo menos tres décadas, cada vez que las informaciones locales, regionales y nacionales hablan de tráfico de drogas, las novedades van en un solo sentido: siempre, la conclusión, es que el negocio narco se expande sin freno. Una lenta, muy lenta inundación que en todos estos años creció de modo tan paciente que actualmente caminamos, con el agua hasta la cintura, portando la sensación de habernos perdido el momento en que comenzó todo.
A la realidad, sin embargo, le importan poco nuestras distracciones. Lo concreto es que hoy el Chaco comparte desgracias que hasta los escalones finales del siglo pasado considerábamos con cierto orgullo- patrimonios exclusivos de ciudades geográfica y culturalmente lejanas.
Aunque las declaraciones oficiales no lo reconozcan, las drogas ilegales cada vez más diversificadas en sus características, efectos y orígenes- ganan desde hace mucho el partido. No sólo de la mano de todo lo que ya sabemos (la mayor capacidad operativa de las organizaciones que las comercian, la incapacidad o venalidad de quienes deberían ponerles freno), sino también de algo mucho más difícil de combatir: una era marcada por la deshumanización.
Múltiples puertas
El jueves, La Nación publicó un informe sobre los tres clanes que desde Itatí manejan lo que en conjunto convierte a la localidad correntina en el mayor centro de acopio terrestre de la marihuana que se cultiva y cosecha en Paraguay y luego llega a nuestro país (el tráfico total de cannabis paraguaya hacia la Argentina está calculado en aproximadamente 10.000 toneladas anuales).
La droga llega cruzando el río Paraná, en embarcaciones que habitualmente operan de noche. “Las bandas operan de forma coordinada y con aceitados contactos en fuerzas de seguridad y la política, según las sospechas de los investigadores. Se cree que operan desde 2011. Los nombres de los presuntos capos narcos de Itatí y de sus subordinados figuran -según confiaron a La Nación fuentes judiciales y policiales- en 30 causas en la justicia federal de Corrientes, Rosario, Tucumán, Chaco y Santiago del Estero, donde también tejieron negocios conjuntos con bandas locales”, agrega.
En nuestra provincia, parte de la droga bajada en Itatí llegaría por Barranqueras, donde se habla de al menos dos bandas principales de distribución. Uno de los epicentros está en el Barrio 500 Viviendas.
Como una enfermedad, la oferta y la demanda fueron avanzando de la mano por un lado hacia Vilelas y por el otro hacia el cordón sur de Resistencia, cruzando barrios y asentamientos, derramándose también hacia el centro y hacia Fontana.
No es la única vía de ingreso, claro, porque no se trata de las únicas estructuras narcos. También el negocio penetra desde el oeste y el sudoeste de la provincia, merced a los vuelos ilegales de avionetas paraguayas que siguen aprovechando la cordialidad de los cielos regionales. Además algo podría ingresar también desde Santiago del Estero y el norte de Santa Fe (territorios expuestos también a los vuelos narcos). Y ni hablar de Formosa.
Por si faltara algo, persiste la tradicional circulación por carreteras (que da origen a secuestros frecuentes en las rutas de la zona) y se mantiene como una incógnita en llamas si es verdad la noticia que estalló en noviembre pasado sobre la utilización de la hidrovía Paraná-Paraguay como una gran autopista fluvial narco que hace entrar al país miles de toneladas de marihuana y cocaína.
Bailados y goleados
Todo esto no sería tan dramático (pero aun así sería un problema grave) si parte de todas esas sustancias no quedara en los cuerpos de miles de chicos, adolescentes y adultos que las consumen. Algunos de ellos, los que ocupan una posición social y económica más cómoda, pueden permitirse ciertos recaudos y medidas que les minimizan los perjuicios y los riesgos. La mayoría (habitantes al fin de cuentas de una de las provincias más pobres) no puede pagarse tantas prevenciones. Llegan a consumir mezclas inverosímiles pero baratas- que son verdaderas ruletas rusas.
Cuarenta o cincuenta años atrás, la existencia de un joven adicto en el mundo próximo se convertía en silencioso chisme del barrio al que el chico perteneciera y de otras cuatro o cinco barriadas a la redonda. Era una rareza. Hoy a cualquiera le faltan los dedos de la mano para contabilizar a cuántos consumidores habituales de estupefacientes conoce.
En los barrios, los vecinos medianamente avispados saben en qué kioscos o esquinas se juntan grupos a porrear y tomar alcohol. Si son un poco más curiosos, saben también en dónde compran la droga. Y saben también en qué sitios y en qué horarios se pueden ver chicos “bolseándose” o rendidos a la biaba del día.
En los colegios es común que los estudiantes sepan “quién vende”, y el porro ocupa en los baños el sitio que antes era propiedad de los primeros cigarrillos. En los establecimientos empujados por el propio sistema a ser colectores de los alumnos que no quieren recibir las escuelas del centro, directivos, docentes y preceptores se convierten en asistentes sociales para tratar de contener a los muchachos que se revientan las cabezas con la basura que les venden sus dealers.
Los vecinos llaman a las redacciones o a las radios y piden que alguien haga algo por el kiosco en el que todos saben que se vende marihuana o incluso merca; los padres buscan ayudas que no están disponibles. En una entrevista publicada en diciembre por NORTE, uno de los fiscales provinciales del foro contra el narcomenudeo, Sergio Cáceres Olivera, fue crudo: “En algunos barrios, hay lugares donde hay cuatro bunkers de droga por cuadra”.
El partido viene mal. Hay baile, y perdemos por goleada.
¿Cómo sigue?
¿Se puede revertir esta situación? Lo más generoso que podría hacer un optimista es no contestar la pregunta. El abogado Rolando Núñez, del Centro de Estudios Nelson Mandela, se encuentra frecuentemente con gente que cuenta distintas manifestaciones del avance imparable de la inundación narco. Se lo cuentan en los hospitales, en los parajes, en los encuentros con asociaciones civiles, incluso en sus charlas en off con fuentes oficiales.
“El cuadro es muy difícil. Las fuerzas de seguridad no están preparadas, no tienen recursos suficientes y no tienen una decisión política detrás”, dice. Para él, el Chaco está en el lugar equivocado en el momento menos indicado. Un territorio ineludible para el tráfico, que además se consolida como mercado consumidor.
“Se van naturalizando muchas cosas cuenta-, como familias enteras que entran al negocio, con el sistema de ayudar a la distribución a cambio de recibir droga para su propio consumo. Empiezan a verse muchas mujeres sumándose, incluso mujeres de edades avanzadas. En algunos lugares sabemos que reclutaron a pibes indígenas que conocen los caminos de los montes. También a ellos les dan droga”.
Cuando analiza la actitud de las instituciones del Estado, se vuelve a confesar escéptico. “Si no hay complicidad, por lo menos hay inacción. Esto debería ser una prioridad, y no lo es”, afirma.
El caso Carbón Blanco, con todo su impacto, mostró hasta qué punto el Chaco es parte de esta historia que habitualmente preferimos no contarnos. El río suena, como tantas otras veces, pero ahora nos hace añorar aquella otra vida en la que sólo traía agua.










