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La fatalidad

La primera vez que me llamó la atención Jorge Cura fue a raíz de un comentario de José Viñuela en su muy buen programa matinal en Radio Libertad. Dijo que había leído el borrador de un libro suyo y que había llorado varias veces con el texto. José contó también que le había recomendado cambiar el nombre previsto para su obra: “Algo tengo que decir”. Aun sin saber mucho más, compartí la opinión. No parecía un título muy atractivo para la primera criatura editorial de un escritor novel.

Meses después el libro se había finalmente editado y presentado, y la crónica de esa velada me puso al tanto de que Cura no se había rendido. “Algo tengo que decir” conservaba todas sus letras. Me quedó la curiosidad de leerlo, pero no hubo la ocasión.

Cuando llegó la noticia del fallecimiento del empresario, en la redacción de NORTE nos quedamos silenciados por la sorpresa. Todos sabíamos del increíble accidente sufrido el 23 de diciembre, cuando un vehículo descontrolado subió a la vereda de una heladería y lo embistió mientras estaba allí sentado con amigos, pero los informes médicos habían hablado de un cuadro que no ponía en riesgo su vida.

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De inmediato, las redes y las publicaciones digitales se fueron llenando de comentarios de pesar y dolor. En aquellos que provenían de personas que habían conocido a Cura, el común denominador eran los reconocimientos a su integridad, a su generosidad, a su bonhomía y al amor por su familia. Entonces busqué el libro.

Caminos e infinitos

Cura había nacido en Rosario, y allí se recibió de ingeniero. La vida lo trajo a Resistencia, donde logró consolidar una compañía referencial en el rubro de la construcción, Hierros Líder. En 2013 fue elegido como “empresario del año” por sus pares de distintas cámaras y asociaciones.

Pero la empresa principal de Cura era su familia. Estaba casado con Dolores Thompson, y con ella había tenido cuatro hijos. Dos mujeres, Guadalupe y Rosario, y dos varones, Federico y Gonzalo. Los dos muchachos habían nacido con problemas genéticos que les provocaron un retraso madurativo. Jorge y Dolores supieron transformar lo que parecía un drama en un mandato de multiplicación del amor y la felicidad. En su libro, Cura relativiza esos méritos y se confiesa algo asombrado por la manera en que sus amigos y conocidos los destacan. Se ríe un poco de eso al citar a Bernard Shaw diciendo que “es muy fácil ser respetable cuando no se tiene la oportunidad de ser otra cosa”. Algo así como plantear que él y su esposa no tuvieron más alternativa que volcar todo el amor que fueran capaces de dar. Es, en realidad, una falacia probablemente empujada por la modestia. Estaba también la opción de regular el esfuerzo, de hacer sólo lo mínimamente necesario, incluso la opción de bajar los brazos.

Cura, en su obra, dice creer que sus amigos no se consideran capaces de alcanzar las mismas metas en situaciones similares porque “no lloraron solos, no necesitaron llorar. No lloraron hasta descubrir que aun así quedan infinitas oportunidades”. Sobre su propio camino, dice: “Mi gran ventaja en el recorrido fue que en nuestra familia siempre lo caminamos unidos. En cada bifurcación coincidimos en qué dirección seguir. Cometimos errores, soportamos las consecuencias, supimos retroceder para avanzar nuevamente”.

Luego de hablar de que cada persona, sea cual sea su condición, tiene infinitos caminos disponibles, da una de las definiciones más sabias y dulces para la contradicción que viven al principio los padres de chicos especiales, esa de amarlos así como son y por otro lado desear que posean también las capacidades con las que no cuentan: “Si tuviera que elegir, preferiría que (Federico y Gonzalo) no tuvieran el retraso (...) Aunque ahora sé que no es problema, preferiría que no lo tuvieran. Quiero que los caminos infinitos tengan más cantidades de infinitos”.

El vacío

Cuando en la vida de Jorge y Dolores parecía casi todo aprendido, llegó el golpe de la muerte de Gonzalo, en febrero de 2013, mientras la familia descansaba en Uruguay. Fue a raíz de una hemorragia intracerebral.

Escribió Jorge aquella vez: “Cascabeles y alegría. Cascabeles y alegría. Las dos palabras que más escuché en las últimas 48 horas describiendo a Gonza. Porque él, mi Poroto del Mundo, era un cascabel que resonaba con alegría en cada lugar que estaba. El Señor de los Mil Abrazos, el continuo demandante de mimos y cariños, el de la risa que contagiaba. El hombre feliz. El bebé feliz. El que nos enseñaba a ser felices”.

En otra parte del libro, hablará del “oxímoron de Gonzalo” (según la RAE, oxímoron se define como “combinación, en una misma estructura sintáctica, de dos palabras o expresiones de significado opuesto que originan un nuevo sentido, como en un silencio atronador”). “Dolores no deja de repetir que Gonzalo la ha dejado llena de amor y yo comparto ese sentimiento. He escrito y lo diré hasta el cansancio que la partida de un hijo nos deja un vacío infinito. De allí el oxímoron de Gonzalo. Un vacío lleno. Tan lleno”. Allí los textos parecen tomar otro color. No deja de estar como telón de fondo la fuerza de un hombre luchador, el empecinamiento por la ración cotidiana de alegría, pero hay también un barniz de tristeza por la ausencia del hijo, por la manera en que Federico busca a su hermano y compañero sin par. “Siento que mi suerte ha cambiado -escribe-. Siempre dije que era un tipo de suerte. Ya no lo digo más. Todo había sido bueno, hasta las dificultades, porque supimos o aprendimos cómo superarlas. Ahora mi problema no tiene solución (...). Vivo en un mundo que ha cambiado, aunque los demás no se den cuenta”.

Aquí, las palabras de Cura me remitieron a “El diario de Adán y Eva”. Mark Twain imagina allí el tiempo de ambos al descubrir ese mundo recién creado en el que tienen la misión de darle nombre a cada cosa viva o inanimada. Jorge también trata de entender el nuevo entorno, busca descifrar las leyes que lo rigen. “Los dos sabemos -dice por él y Dolores- que el problema es que Gonza no está vivo con nosotros. Lo extrañamos tanto. Mi pena es porque Gonzalo no está vivo, no porque Gonzalo está muerto”. Y en otro tramo del libro amplía: “La muerte de mi hijo, vista desde el breve lapso de meses, me crea la sensación de una herida eterna, incicatrizable. De a ratos uno puede dejar de mirarla, pero sabe que la herida está. En este caso no es el recuerdo del dolor, es el dolor mismo”.

¿La vida es justa?

La segunda vez que Cura me llamó la atención fue en la cena celebratoria de los 50 años de un amigo. Él estaba como invitado en una de las mesas. En medio del festejo, se cortó el suministro eléctrico. Para una fiesta, algo así es un torpedo en la línea de flotación. Oscuridad, calor y silencio. Entonces él se puso de pie y se presentó. Dijo que era el mago Pirulín. Alumbrado por un celular, comenzó con sus trucos y sus bromas. Fascinó a los chicos y a los grandes. Se puso la noche al hombro, hasta que la luz volvió. Se ganó una ovación. La magia era otra gran afición suya. Los magos nos hacen creer que lo imposible se puede llevar a cabo; que puede dar pasos hacia atrás lo que consideramos irreversible. En el oficio fúnebre que se realizó el viernes, cuando sus restos llegaron a Resistencia desde Buenos Aires, hubo cientos de personas, y nadie podía hablar por la emoción del adiós. Tampoco los trabajadores de su empresa, que en los días previos le habían escrito mensajes de inmenso cariño y agradecimiento en su cuenta de Facebook. Cura creía que ser bueno sumaba, y que ser bueno era una labor de tiempo y espacio completos. Se definía como agnóstico, pero nadie podría discutir que era más cristiano que cualquiera de esos que nunca faltan a misa pero el resto del tiempo se dedican a joder gente y a vivir farsas.

“La bondad da privilegios. Parece una tesis difícil de probar en una sociedad donde la maldad, la mentira, la falta de palabra o escrúpulos parecen cosas de todos los días y quienes las practican ascienden hasta puestos insospechados (...). Me animo a arriesgar una conjetura, porque sigo creyendo que la bondad tiene su premio. La bondad rebota. Nos crea una coraza protectora y nos abre puertas. Y la bondad también obliga. Los buenos deben tratar de ser buenos siempre”, dice en su libro, con la autoridad moral de haber acatado sus propias palabras.

Luego, vuelve a las cosas del destino: “Nadie está exento de que le quiten la felicidad. Parece injusto, muy injusto. Pero la vida es injusta, nadie nos garantiza que por más esfuerzos que hagas todo te irá bien (...). Si bien propongo que la bondad acoraza y protege, ello no implica que no te ocurran cosas malas, aunque seas la persona más buena del mundo. Hacer las cosas bien te da una ventaja en el camino a recorrer pero jamás hará que la vida sea justa. Quizás ayuda a soportar mejor lo que consideramos injusto”.

Cura dice creer “que la mejor vida es ésta, la única vida, y que es injusto que se corte cuando queda tanto hilo en el carretel. Por eso a la vida hay que disfrutarla y hacerla disfrutar. Ayudar a disfrutarla. Repartir bondad y amor. Ser generoso. Enseñar lo que uno pueda. Dar el ejemplo a los hijos. Festejar”.

En un párrafo cargado de emoción, sobre todo con los hechos recientes a la vista, dice: “Después que yo muera no tendré penas. Tendrán penas mis amores y mis afectos. Pero sabrán cuánto los quise, como yo sé cuánto nos quisimos con Gonzalo. Y sinceramente me resultaría muy lindo creer, estar convencido como muchos están, que Gonzalo está en un mundo mejor, viviendo, o mejor dicho sintiendo, una gran vida con sus afectos, esperándonos. Esperándome”. A esa altura, uno comprende que el libro de Cura lleva el título más adecuado de entre todos los que podría haber portado.

Lo que somos

Cuando pensé en este artículo, mi idea era hablar de lo que somos. De esta sociedad que conformamos y que queda tan fielmente retratada por nuestra manera de convivir en las calles. Esas calles sin leyes ni controles de las que salió el vehículo que arrolló a Cura.

No nos engañemos a nosotros mismos. Aquí no hubo más fatalidad que la de ser como somos. La de pretender que es normal que nuestras leyes y ordenanzas sean decorativas y la de creernos que el problema está sólo en una minoría de funcionarios inoperantes actuales y pasados. Por hoy, ni vale la pena ahondar en eso. Ya se ha hablado tanto del tema y ha servido de tan poco, que no tiene sentido. Pero que no deje de constarnos que esta realidad que sostenemos colectivamente cuesta vidas. Incluso la vida de un hombre bueno que sabía que su suerte había cambiado pero no por eso dejaba de batallar por la alegría y las buenas causas (fue, por ejemplo, uno de los mayores aportantes para la construcción de la Casa Garrahan del Chaco).

Tenemos una inmensa deuda de cosas por hacer, y lo peor es que la lista es la misma de casi siempre. Por eso, nosotros sí que nos hemos quedado sin algo para decir que valga la pena ser escuchado.

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