La democracia se construye todos los días
El politólogo italiano Giovanni Sartori dejó una reflexión que conserva una enorme vigencia, especialmente cuando se piensa en la historia argentina. Dijo que la democracia no es un mecanismo automático, ni alcanza con establecer elecciones periódicas para garantizar su buen funcionamiento y advirtió que depende, en gran medida, de la calidad de la opinión pública que la sostiene, de la capacidad de los ciudadanos para informarse, pensar críticamente y tomar decisiones con responsabilidad.
Esta idea invita a mirar hacia el 30 de octubre de 1983, una fecha que marcó el regreso de la democracia en la Argentina y abrió una etapa decisiva para la vida política del país. Después de más de siete años de dictadura cívico-militar, la ciudadanía volvió a las urnas para elegir libremente a sus representantes. No se trataba solamente de votar por un candidato o de decidir quién ocuparía la presidencia. Un día como hoy, millones de personas recuperaron un derecho que había sido arrebatado junto con otras libertades fundamentales. Con una participación superior al 85 por ciento del padrón, la sociedad expresó su voluntad de dejar atrás el miedo, la censura y la violencia estatal. El triunfo de Raúl Alfonsín, candidato de la Unión Cívica Radical, con cerca del 51,7 por ciento de los votos, reflejó también la esperanza de construir un país donde la ley estuviera por encima de la fuerza.
Sin embargo, como advirtió Sartori, la democracia no queda asegurada por el simple hecho de abrir las urnas. El voto es indispensable, pero representa apenas el comienzo de una responsabilidad mucho más amplia. Una sociedad democrática necesita ciudadanos capaces de distinguir los hechos de los rumores, de cuestionar los discursos políticos y de comprender que las decisiones públicas tienen consecuencias que van más allá de los intereses individuales. Cuando la opinión pública se forma a partir de la desinformación, los prejuicios o la manipulación, las instituciones pueden conservar sus formas democráticas y, aun así, debilitarse desde adentro.
El regreso de la democracia en 1983 estuvo acompañado por una demanda profunda de justicia. Alfonsín asumió la presidencia el 10 de diciembre de ese año y, pocos días después, impulsó el juzgamiento de las juntas militares que habían gobernado durante la dictadura. El histórico Juicio a las Juntas, realizado en 1985, demostró que era posible investigar y juzgar a los máximos responsables de graves violaciones a los derechos humanos mediante las instituciones del Estado de derecho. No fue una tarea sencilla ni estuvo libre de presiones. Precisamente por eso, aquella decisión dejó una enseñanza fundamental. La democracia necesita reglas, pero también voluntad política y una ciudadanía dispuesta a defenderlas.
Desde entonces, la Argentina ha atravesado crisis económicas, conflictos sociales, cambios de gobierno y profundas diferencias ideológicas. A pesar de esas dificultades, el sistema democrático se ha mantenido de manera ininterrumpida. Se trata de una conquista histórica que merece ser reconocida, sobre todo si se recuerda que durante buena parte del siglo XX los golpes de Estado interrumpieron la vida institucional y limitaron la participación popular. No obstante, la continuidad electoral, por sí sola, no resuelve los problemas de fondo ni garantiza que las instituciones respondan siempre a las necesidades de la sociedad.
Aquí cobra nuevamente sentido el planteo de Sartori. La calidad de la democracia también depende de cómo debatimos, de la información que consumimos y del respeto que mostramos hacia quienes piensan diferente. En tiempos de mensajes inmediatos y discusiones cada vez más agresivas, detenerse a verificar una noticia o escuchar un argumento contrario puede parecer un gesto menor. Sin embargo, esas prácticas contribuyen a formar una opinión pública más libre y menos vulnerable a la manipulación. Del mismo modo, exigir transparencia, rechazar la corrupción y reclamar el cumplimiento de la ley son formas concretas de participar en la vida democrática.
Por otra parte, no se puede hablar de una democracia plena sin reconocer las deudas sociales que todavía persisten. La pobreza, la desigualdad y la falta de oportunidades afectan la posibilidad de que muchas personas ejerzan sus derechos en condiciones reales de libertad.
Recuperar la democracia fue una decisión de toda la comunidad; sostenerla exige un compromiso permanente. Las nuevas generaciones, que no vivieron la dictadura, tienen el desafío de conocer esa historia y comprender por qué la libertad, el pluralismo y los derechos humanos no deben darse por sentados. Recordar aquella jornada no significa idealizar el pasado, sino aprender de él.











