Lo que las derrotas enseñan y lo que aprendió San Martín
Las dos batallas perdidas por el Ejército del Norte decidieron el giro de la ofensiva independentista del Alto Perú a los Andes.
El 1 de octubre de 1813, en la fría meseta de Vilcapugio, a unos cien kilómetros al noroeste de Potosí, el Ejército Auxiliar del Perú chocó con las tropas de Joaquín de la Pezuela. Cuarenta y cuatro días después, el 14 de noviembre, ambos ejércitos volvieron a encontrarse en la llanura de Ayohúma. Este año se cumplen 213 años de aquellas dos jornadas que, en poco más de un mes, deshicieron el fruto de las victorias de Tucumán y Salta y cerraron la segunda expedición rioplatense al Alto Perú.

Una mirada al escenario ayuda a entender el desenlace. Después de Tucumán y Salta, Manuel Belgrano avanzó hacia el norte convencido de que el Alto Perú estaba al alcance. Pero el terreno político era muy hostil. Las tropas de Buenos Aires arrastraban una fama pésima, herencia de los excesos y escándalos de la etapa de Juan José Castelli y Bernardo de Monteagudo, y en buena parte de la población despertaban recelo antes que entusiasmo. El teatro de operaciones, además, era montañoso, frío y poco conocido por los mandos rioplatenses.
Del otro lado, el Virreinato del Perú había reaccionado. Pezuela, que reemplazó a José Manuel de Goyeneche, era un militar experimentado. Resolvió los apuros financieros con préstamos forzosos y donativos de las élites locales. Sostuvo una tropa mayormente indígena, muchos de cuyos hombres no hablaban castellano, con el apoyo cotidiano de las "rabonas" que preparaban la comida. Dio además un marco religioso a su causa al nombrar "Generala" a la Virgen del Carmen, del mismo modo que Belgrano había puesto sus armas bajo la protección de la Virgen de las Mercedes. Y contaba con jefes de división profesionales, como Picoaga, Ramírez y Lombera.
En Vilcapugio, Belgrano ideó un plan audaz que preveía coordinarse con columnas auxiliares, como la de Baltazar Cárdenas. Pezuela se anticipó e intentó sorprenderlo. La batalla se perdió menos por la fuerza enemiga que por el desorden propio de los rioplatenses: la caballería no protegió el ala izquierda, la reserva permaneció inmóvil (los testimonios de la época hablan de cobardía) y un jefe se llevó la bandera que servía de señal de reunión, de modo que los cuerpos quedaron sin punto de referencia. Belgrano logró juntar más de seiscientos hombres, pero sus oficiales no acudieron al llamado y un grupo enemigo de unos doscientos alcanzó para hacerlo ceder.

Aun así, no fue el final. El ejército se replegó a Macha y, con el aporte de contingentes de Cochabamba y Charcas, se reconstruyó en apenas 44 días hasta superar los cuatro mil hombres. La escasez era tal que se fabricaron cartuchos con papeles de archivos y escribanías.
La batalla de Ayohúma mostró los límites de esa reconstrucción. Los realistas, unos 3.500 soldados con 18 cañones, ocuparon una altura fuera del alcance de la artillería patriota, que sumaba solo 8 piezas de menor calibre, y descargaron más de cien cañonazos mientras intentaban flanquear la derecha.
Belgrano ordenó a Díaz Vélez hacer frente al movimiento; la orden se delegó en Cano, comandante de Cazadores, y no se cumplió. Testigos como Tomás Manuel de Anchorena vieron a oficiales agazaparse tras los morros o tenderse en el suelo. La tropa quedó sin dirección. Las pérdidas rondaron los 200 muertos, 200 heridos y 500 prisioneros.
Entre los heridos y capturados estuvo María Remedios del Valle, la capitana afrodescendiente que, con las "Niñas de Ayohúma", asistía a los combatientes en primera línea. Aun prisionera, ayudó a escapar a oficiales patriotas y por eso fue azotada en público durante nueve días. Hoy su memoria se honra cada 8 de noviembre, Día Nacional de los Afroargentinos (Ley 26.852).
¿Por qué se perdió? Hubo causas secundarias: el terreno, la impopularidad porteña, la superioridad de fuego realista. Pero la "gran causa", sobre la que coincidieron Belgrano, San Martín y Arenales, fue la floja calidad de la oficialidad. Buenos Aires repartía grados de capitán y coronel por padrinazgo político o social, y Belgrano llegó a compararlo con una oficina del mercado de abastos. Anchorena denunció que el Gobierno daba empleos a hombres "sin talento, sin honor y sin educación". San Martín lo resumió con precisión: "En vano combinará un general los mejores planes si le faltan jefes que sepan ejecutarlos".
Hay además una causa más sociológica. En la reconstrucción entre ambas batallas ingresaron numerosos grupos de combatientes altoperuanos, como los de Sacaba, Vallegrande o Arce (las republiquetas altoperuanas), unidos por lazos de territorio y parentesco, no por lealtad al Ejército Auxiliar. Cuando Ayohúma quebró el mando y Belgrano se retiró hacia el sur, esos hombres entendieron que abandonaban su valle para sostener una guerra en tierra ajena, y se marcharon con sus armas. No fue tanto una huida como una realineación de lealtades. Los partes de la época lo confirman: los caídos en combate rara vez superaban el centenar, pero tras la derrota los ejércitos quedaban incapacitados por la dispersión. Más que morir en el campo, se deshacían.

El significado profundo de estas derrotas excede lo militar. Expone los límites de una revolución hecha desde el puerto, que pretendía imponerse sobre un espacio con su propia jerarquía, religiosidad y memoria, sin haber convertido a sus soldados en una identidad común. Un ejército que duplica sus filas sobre lealtades locales no integradas es un gigante con pies de barro. Y deja una verdad incómoda: el poder político premiaba la cercanía antes que el mérito.
Las consecuencias fueron inmediatas. El ejército quedó reducido a mínimos, con la moral quebrada, y debió abandonar el Alto Perú y replegarse hacia Jujuy, Salta y Tucumán. Las autoridades nombradas por Buenos Aires perdieron sustento y, con el repliegue del poder central, la resistencia adoptó formas descentralizadas: las republiquetas altoperuanas y la "Guerra Gaucha" de Martín Miguel de Güemes.
Pezuela instaló un "Tribunal de Purificación" para juzgar a los insurgentes y consolidó una carrera que lo llevaría a virrey. Para Belgrano hubo un trago amargo: el Directorio de Posadas y su ministro Viana ordenaron procesarlo y quitarle el mando. San Martín desaconsejó la medida, Anchorena declaró en su defensa y la causa se sobreseyó. Las banderas del ejército, mientras tanto, se salvaron: escondidas en la capilla de Titiri, cerca de Macha, permanecieron ocultas durante décadas.
Ejército del Norte: de la Junta a las dos derrotas definitivas
El Ejército del Norte nació de la desconfianza de Buenos Aires hacia el resto del territorio. Cuando se formó la Primera Junta en mayo de 1810, el interior no la aceptó de manera unánime, y el Alto Perú menos que ninguno. Es que la tensión venía de lejos. Al crearse el Virreinato del Río de la Plata en 1776, Buenos Aires quedó como capital política pero apenas como sede de un obispado, mientras Chuquisaca, con su Audiencia, su Universidad de San Francisco Xavier y su arzobispado, se sentía la verdadera capital intelectual y religiosa. La "Atenas de América" miraba con recelo a la burguesía mercantil del puerto. En ese clima, la revolución debía ser convencida o impuesta, y la Junta optó por imponerla.
En julio de 1810 organizó una fuerza para "auxiliar" a las provincias, con un esquema tomado de la Revolución Francesa: un jefe militar acompañado por un comisario político que vigilaba la ortodoxia de las tropas. La radicalización fue inmediata. Cuando Córdoba se resistió, la Junta ordenó fusilar a Liniers y a sus compañeros. La fuerza fue cambiando de nombre con sus objetivos: primero Ejército Auxiliar, luego Ejército Expedicionario al Alto Perú, cuando la meta pasó a ser recuperar las provincias mineras y el tesoro de Potosí, y finalmente Ejército del Norte o Auxiliar del Perú. El actual Ejército Argentino actual reivindica esa filiación.
El 7 de noviembre de 1810, Suipacha dio la primera victoria y abrió el camino hacia el Alto Perú. Lo condujo Castelli, comisario político de carácter impetuoso y formación ilustrada. El choque cultural fue inevitable: la ilustración radical de Buenos Aires colisionaba con una religiosidad andina profunda. Según una anécdota célebre, en la catedral de Chuquisaca Castelli preguntó "¿Qué queréis, sumisión o libertad?", esperando que el pueblo respondiera "¡Libertad!". Pero la multitud pidió "¡Aguardiente, señor!". Castelli habría admitido entonces que en algo se estaban equivocando. Sea o no literal, la escena resume un error de lectura sociopolítica que los ejércitos de Buenos Aires pagarían durante años.

El 20 de junio de 1811, a unos 4.000 metros de altura y cerca del Desaguadero, el ejército de unos 5.900 hombres se desintegró en cuestión de horas. No fue solo cuestión de números. Se dividió a las fuerzas en columnas incomunicadas, se confió en una sorpresa que el enemigo ya había previsto tras violarse la tregua, y las tropas, en gran parte bisoñas y afectadas por la altura, cedieron al pánico, esa ola contagiosa capaz de disolver jerarquías. Oficiales de familias prominentes huyeron como simples dispersos. En la retirada se logró rescatar cargas de plata de Potosí para el erario de Buenos Aires, y el mando quedó, tras un breve interregno, en manos de Belgrano.
En 1812 llegó al frente un abogado y economista cuya formación militar había sido autodidacta, un ciudadano convertido en general por necesidad. Belgrano impuso una disciplina dura. Durante el Éxodo Jujeño, en agosto, ordenó abandonar la ciudad con lo que pudiera transportarse y destruir lo demás, bajo amenaza de castigos severos para quienes no acataran. Su terquedad dio frutos: la victoria de Tucumán, el 24 de septiembre de 1812, y la de Salta, el 20 de febrero de 1813. La guerra adquirió además una dimensión religiosa: Belgrano entregó su bastón a la Virgen de la Merced, y luego de Salta permitió a Pío Tristán capitular bajo juramento de no volver a tomar las armas. Pero el arzobispo de Charcas, Benito Moxó, declaró inválido el juramento, por haber sido prestado ante un "hereje", y los realistas volvieron al combate. Esa anulación fue un anticipo de lo que vendría: en el Alto Perú la legitimidad se disputaba tanto en los púlpitos como en los campos de batalla.
Detrás de las batallas había un mundo social. Entre 1810 y 1820 la guerra absorbió a unos 90.000 hombres, alrededor de un cuarto de la población masculina adulta de la región. La oficialidad venía de la "gente decente"; la tropa, de los sectores subalternos: campesinos, migrantes, indígenas, esclavos alistados con promesa de libertad y los llamados "vagos y malentretenidos", cuyo modo de vida fue criminalizado para forzar la leva. Se comía carne vacuna en cantidades enormes, hasta tres kilos diarios, acompañada de yerba mate; el cuchillo era herramienta, cubierto y arma; el fusil tardaba casi un minuto en volver a disparar. Las "rabonas", mujeres que en ocasiones superaban largamente en número a los combatientes, cocinaban, curaban y sostenían afectivamente a una tropa arrancada de sus hogares.
La logística dependía de la Caja de Hacienda de Tucumán, crónicamente deficitaria: el "prest", el sueldo, se pagaba de manera irregular, y el impago y la falta de vestuario alimentaban la deserción, el delito castrense por excelencia. Las enfermedades infecciosas mataban más que las balas. Ese ejército, hambriento y desigual, era el que Belgrano condujo a Vilcapugio y Ayohúma.
Tras las dos derrotas de 1813, el Ejército del Norte quedó reducido a los restos de una tropa desmoralizada que retrocedía hacia Tucumán. Había sido un "Auxiliar" que nunca terminó de convencer a quienes decía auxiliar, y sus jefes lo sabían. Faltaba alguien capaz de mirar esa realidad sin ilusiones.
San Martín en el Norte: del desengaño al plan continental
Ese hombre llegó a comienzos de 1814. José de San Martín, reciente vencedor en San Lorenzo, donde había probado que era capaz de enfrentar y matar a sus excompañeros de armas –la exigencia no escrita del Directorio-, fue designado para reemplazar a Belgrano y recibió el mando en la posta de Yatasto. Traía el prestigio de haber formado a los Granaderos a Caballo y la convicción de que la disciplina era la primera arma de un ejército.
Encontró un cuadro desolador: tropas exhaustas, escasos recursos y una oficialidad que él mismo, como Belgrano, juzgaba insuficiente. Su primer gesto fue de lealtad. Cuando el Gobierno quiso procesar a Belgrano, San Martín desaconsejó la medida y criticó la frialdad de Buenos Aires hacia un jefe que había hecho todo lo posible con lo que tenía. No era solo un gesto personal: coincidía con su diagnóstico de que la falla estaba en los nombramientos, no en el general. Belgrano se retiró a recuperarse, y San Martín se ocupó de rehacer el ejército desde adentro.
Concentró las fuerzas en Tucumán, donde impulsó la construcción de la Ciudadela, un campamento fortificado que sirvió de retaguardia y de escuela. Reforzó la instrucción, exigió disciplina y buscó reemplazar a los oficiales ineptos por otros con condiciones reales, aplicando el criterio que después haría célebre: el mérito y el conocimiento por encima del padrinazgo.
Confió la línea avanzada de Salta a Martín Miguel de Güemes, cuyos gauchos, conocedores del terreno y apoyados por la población, encarnaban lo que el ejército regular no lograba ser: una fuerza arraigada. Desde allí comenzó a tomar forma la "Guerra Gaucha", la defensa móvil y popular que sostendría la frontera norte durante años.
Pero San Martín hizo algo más importante que reorganizar: sacó una conclusión. Los hechos le mostraban que las expediciones por el norte tenían un límite estructural. Un ejército de unos cinco mil hombres debía sostenerse a enormes distancias de Buenos Aires, cruzar montañas y altiplanos a gran altura y enfrentar fuerzas realistas mucho más numerosas, apoyadas en un territorio que conocían y en poblaciones que, tras Ayohúma, se habían vuelto hostiles o indiferentes. Las republiquetas altoperuanas, con su guerra de exterminio de ambos lados, confirmaban que una invasión frontal por esa vía era un suicidio estratégico. Cada expedición se consumía en el camino, y cada derrota abría la frontera a los realistas.
En abril de 1814, en una carta a su amigo Nicolás Rodríguez Peña, expuso su plan con una claridad poco frecuente: mientras se mantuviera una guerra defensiva en el norte, con los gauchos de Salta como escudo, había que formar un ejército en Mendoza, cruzar la cordillera, destruir el núcleo realista en Chile y, con el apoyo de una escuadra, atacar por mar el corazón del poder español en Lima. Sostenía, en esencia, que la Revolución no vencería por el norte sino rodeando al enemigo.
La lógica del plan descansaba en tres pilares. El primero era la defensa del norte, delegada en Güemes: no se abandonaba la frontera, pero se dejaba de intentar conquistarla. El segundo, la liberación de Chile, que además eliminaba el peligro de un ataque realista a través de los Andes contra las provincias de Cuyo, un riesgo real desde que los realistas reconquistaron Chile en Rancagua, en octubre de 1814. El tercero, la expedición marítima a Lima, que golpeaba el centro de recursos y de mando realista, esa Lima de donde salían los ejércitos que Belgrano había enfrentado. El mar, en vez del Altiplano, daba movilidad, evitaba la altura y permitía elegir el lugar del golpe.
Para ejecutarlo necesitaba dejar el norte. Quebrantado de salud, pidió licencia y, en agosto de 1814, el Directorio lo nombró gobernador intendente de Cuyo. Allí aplicó lo que el norte le había enseñado, con una presión fiscal extraordinaria, contribuciones sobre comerciantes y viticultores, expropiaciones a opositores, donaciones en especie y la incorporación de cientos de esclavos, a quienes prometió la libertad. Y aplicó una diferencia decisiva: en el Ejército de los Andes fue prioridad el pago puntual a la tropa, para conservar la moral y evitar el saqueo, mientras que en el Norte gran parte de la masa salarial la absorbía la oficialidad.
El Ejército de los Andes se sostuvo por la combinación de una fuerte extracción de recursos locales, una administración eficaz y un mando profesional, es decir, con todo aquello que había faltado en Vilcapugio y Ayohúma.
La historia pareció darle la razón muy pronto. Al Ejército del Norte, ahora bajo Rondeau, se le ordenó invadir de nuevo el Alto Perú, y fue derrotado en Sipe Sipe, en noviembre de 1815. La tercera expedición repitió los problemas de las dos primeras: distancia, terreno, hostilidad local y mando inseguro. Mientras tanto, Güemes y sus gauchos contuvieron durante años los avances realistas en Salta y Jujuy, cumpliendo el rol que San Martín les había asignado. Y en 1817 los Andes se cruzaron por Cuyo.
Pero las derrotas de Vilcapugio y Ayohúma no fueron solo un fracaso: enseñaron que una revolución necesita oficiales capaces, soldados con una identidad compartida y una estrategia que respete la geografía y la logística. San Martín entendió antes que nadie que la guerra no se ganaría empujando siempre contra la misma montaña, sino cambiando el camino. Belgrano había sostenido la puerta en el norte; San Martín, con su plan continental, decidió abrir otra.
Las niñas de Ayohúma
Valor y sacrificio en el corazón de la independencia
Ayohúma pasó a la historia no solo por el duro revés sufrido por el Ejército del Norte, sino también por la inolvidable actuación de un valeroso grupo de mujeres conocidas colectivamente como las "Niñas de Ayohúma". En medio del estruendo de la artillería enemiga y la desolación del campo de batalla, estas mujeres encarnaron la solidaridad, el patriotismo y la resistencia más absoluta.
Entre ese destacado grupo sobresalió con luz propia la figura de María Remedios del Valle, una mujer afrodescendiente a quien el sistema colonial catalogaba como "parda". Llamada afectuosamente "la parda" y ensalzada posteriormente por la historia como la "Madre de la Patria", Remedios se había alistado en el Ejército del Norte ya en 1810, participando activamente en la primera campaña del Alto Perú junto a su esposo y sus dos hijos, quienes murieron en la Batalla de Huaqui.
Su compromiso no decayó; marchó codo a codo en el célebre Éxodo Jujeño y asistió con denuedo a las tropas. Durante la jornada trágica de Ayohúma, donde los realistas superaron a los patriotas gracias a su abrumadora superioridad en infantería y artillería, las "niñas de Ayohúma" cumplieron un rol vital. Desafiando el fuego cruzado, estas mujeres cruzaron repetidamente el campo de batalla para dar agua, vendar las heridas de los soldados caídos e incluso empuñar las armas junto a los independentistas en los momentos más críticos del repliegue.
El destino de María Remedios tras la derrota fue particularmente cruento. Herida de bala durante los combates, fue capturada por las tropas realistas. A pesar de encontrarse prisionera en el campamento enemigo, demostró una audacia inquebrantable al idear y facilitar la fuga de varios oficiales patriotas que aguardaban su ejecución en los calabozos. Como castigo por su valentía, las fuerzas de ocupación la sometieron a la humillación de azotes públicos durante nueve días consecutivos.
Lejos de quebrantar su espíritu, logró escapar de sus captores y reincorporarse a las filas revolucionarias. En reconocimiento a sus virtudes militares y su inquebrantable lealtad, el propio general Manuel Belgrano le otorgó de manera formal el rango de capitana.
Años más tarde, su legado de sacrificio fue honrado institucionalmente. En 1829, el gobernador Juan Manuel de Rosas la incorporó a la plana mayor de reserva del ejército con el grado de sargento mayor de infantería. Asimismo, su figura y la de sus compañeras inspiraron la sanción de la Ley 26.852 en el año 2013, que instituyó el 8 de noviembre —fecha de su fallecimiento en 1847— como el Día Nacional de las y los Afroargentinos y de la Cultura Afro.
Sin embargo, es necesario distinguir entre la memoria patriótica y la documentación contemporánea. La expresión "Niñas de Ayohúma" se consolidó principalmente a través de relatos posteriores, entre ellos las memorias de Gregorio Aráoz de Lamadrid y las reconstrucciones historiográficas del siglo XIX. No hay prueba concluyente de que en 1813 se utilizara ese nombre para designar formalmente a un grupo organizado ni de que María Remedios del Valle fuera su jefa.
Esto no disminuye su importancia: muestra, más bien, cómo la memoria transformó experiencias diversas en una imagen colectiva. La historia de las "Niñas de Ayohúma" nos lleva a observar el papel social de las mujeres en la guerra. Muchas acompañaban a los ejércitos como enfermeras, cocineras, proveedoras de agua y cuidadoras. Sin su trabajo, las tropas difícilmente hubieran podido sostener campañas prolongadas en territorios alejados de sus bases. Algunas, además, transportaban información, ayudaban a ocultar soldados perseguidos o participaban directamente en acciones militares.











