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Van dieciséis años sin Nobel a la literatura en español

Este año el Nobel de Literatura fue para Anne Carson. Así volvieron a quedar a fuera las y los escritores en lengua española. Editores y críticos de ambos lados del Atlántico examinan las dificultades de traducción, la desigual recepción internacional y la ausencia de una política cultural común capaz de sostener el prestigio de sus autores.

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El escritor peruano Mario Vargas Llosa recibió el premio Nobel de Literatura en 2010.

Por Karina Sainz Borgo

Han pasado dieciséis años desde que Mario Vargas Llosa recibió el premio Nobel de Literatura. Desde entonces, ningún escritor en lengua española ha vuelto a Estocolmo para recoger el galardón. Francia, en cambio, consiguió dos premios en menos de una década: Patrick Modiano en 2014 y Annie Ernaux en 2022. El contraste alimenta una pregunta que excede los gustos de la Academia Sueca: ¿cómo es posible que una lengua compartida por más de quinientos millones de personas permanezca tanto tiempo fuera del mayor reconocimiento literario internacional?

La muerte de Javier Marías, en septiembre de 2022, convirtió esa ausencia en una pérdida irreversible. El novelista español reunía muchos de los atributos asociados a un candidato al Nobel: una obra extensa, compleja y de alcance universal, traducida en decenas de países y publicada por algunas de las editoriales más prestigiosas del mundo, incluida Bonniers, una de las casas históricas de Suecia. Murió sin recibir el premio. Su desaparición dejó, además, una pregunta incómoda sobre los mecanismos de reconocimiento internacional de la literatura escrita en lengua española.

La traducción, una barrera decisiva

Gustavo Guerrero, catedrático de literatura latinoamericana contemporánea en CY Cergy Paris Université y editor de Gallimard para las literaturas española, portuguesa y latinoamericana, identifica una dificultad fundamental: el acceso directo a las obras. «Los miembros por lo general hablan sueco, alemán, francés e inglés. No estoy seguro de que hoy haya muchos miembros que hablen y lean directamente en español. Los autores de nuestra lengua dependen de las traducciones para ser considerados», señala.

La traducción no garantiza el reconocimiento, pero condiciona la posibilidad de que una obra sea leída, discutida y situada dentro de una tradición internacional. El predominio del inglés añade otra dificultad. En Estados Unidos, donde la proporción de libros traducidos es reducida, escribir directamente en esa lengua permite acceder a circuitos editoriales que resultan más difíciles para quienes publican originalmente en lengua española.

Las estadísticas editoriales permiten medir una parte del problema. Según la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE), la facturación por venta de derechos editoriales al extranjero alcanzó 72,56 millones de euros en 2024, frente a los 72,51 millones de 2023, los 72,31 millones de 2022 y los 71,58 millones de 2021. En 2020 había llegado a 72,89 millones. Cinco años después, el volumen del negocio permanece prácticamente estancado. El inglés concentra el 34,3% de la facturación, seguido del francés, con el 19,4%, y del alemán, con el 8%. A continuación aparecen el chino (3,1%), el italiano (2,7%), el neerlandés (1,2%) y el japonés (0,8%). Respecto a 2021, el inglés ha ganado 6,5 puntos porcentuales y el francés 2,9, mientras que el alemán ha retrocedido uno.

Estas cifras corresponden a operaciones declaradas directamente por las editoriales y excluyen una parte de las ventas gestionadas por agencias literarias. Tampoco expresan el número de obras traducidas, sino el valor económico de los derechos vendidos. Aun con esas limitaciones, muestran la concentración del negocio en unos pocos mercados lingüísticos.

Roland Spar, editor alemán vinculado a S. Fischer Verlag, una de las editoriales literarias más antiguas y prestigiosas de Alemania, fundada en Berlín en 1886, cuestiona la recepción de la literatura española en su país y plantea una posible interferencia entre la percepción política y la valoración estética. «La sola pregunta es desconcertante. ¿Cómo no se puede ver la enorme variedad, riqueza y calidad de la literatura en lengua española? ¿Puede ser que la percepción de España y Latinoamérica sea más política que cultural actualmente? ¿Que esa narrativa oculte o impida una recepción estética independiente? Por lo menos esa es una sospecha que me surge en el contexto alemán, donde la estimación de la literatura española se ha perdido cada vez más en los últimos años».

Silvia Sesé, directora de Anagrama desde 2015 y vinculada también a la dirección editorial del Grupo Feltrinelli en España, identifica otra dificultad: la promoción sostenida de las trayectorias. «¡Difícil! Quizás nos falta promocionar bien fuera las trayectorias de los autores. ¿Habría que invertir más esfuerzos en ello? Me parece que la literatura en español tiene un reconocimiento muy desigual fuera de nuestra lengua».

Pilar Reyes, directora editorial de la División Literaria de Penguin Random House, relativiza la ausencia de escritores en lengua española en el Nobel. Recuerda que entre 1967 y 1990 se produjo un período excepcional, con seis autores premiados en apenas 23 años, y considera que los dieciséis transcurridos desde Mario Vargas Llosa no constituyen una anomalía histórica. La editora también señala que la voluntad de la Academia Sueca de ampliar su mirada influye en los tiempos de espera. «La extraordinaria vitalidad de la literatura en español no depende de que la Academia Sueca la reconozca cada cierto número de años», sostiene. Y recuerda que el Nobel distingue una obra y a su autor, no a una lengua.

Una política cultural todavía fragmentada

La experiencia internacional demuestra la importancia de sostener políticas de traducción. Francia desarrolló desde 1993 mecanismos de financiación para editoriales extranjeras a través del Bureau du Livre. Los Países Bajos han establecido ayudas que pueden cubrir una parte considerable de los costes de traducción. Corea del Sur, por su parte, ha convertido la circulación de sus libros en un objetivo cultural estratégico mediante instituciones especializadas, encuentros internacionales y acuerdos con ferias.

La ausencia de escritores en lengua española en el Nobel admite distintas interpretaciones: desde las decisiones de la Academia Sueca hasta las deficiencias de la promoción internacional, pasando por los mecanismos de legitimación crítica y las propias condiciones de creación literaria. Dieciséis años después de Vargas Llosa, la pregunta permanece abierta. No se trata de reclamar una cuota lingüística en Estocolmo, sino de averiguar por qué una tradición literaria de semejante extensión carece de una estrategia compartida para hacer circular internacionalmente sus obras y consolidar el reconocimiento de sus escritores.

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