El eco de una voz
Muchas veces es necesario que nos llamen dos o tres veces para darnos cuenta de que nos están convocando.
Hace unos días sonó mi teléfono. Al otro lado de la línea estaba un lector del diario. Con total honestidad, me confesó algo que me dejó pensando: "Juan Carlos, sigo siempre tus columnas, pero a veces tengo que leerlas dos o tres veces para terminar de comprender el mensaje".
Lejos de tomarlo como una crítica, sentí una profunda gratitud. En un mundo que vive apurado, donde la gente consume textos de tres segundos y pasa de largo, que alguien detenga su marcha para releer una columna es un milagro moderno.
No pude evitar recordar
Mientras hablábamos, no pude evitar asociar su llamada con una de las metáforas más bellas de los Evangelios: "Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen".
En la antigüedad, los pastores no arreaban a los animales a los golpes; caminaban adelante y cantaban o silbaban. Las ovejas, de tanto convivir con él, aprendían a distinguir su tono exacto entre el ruido del viento, de los lobos o de otros pastores. No seguían un mapa; seguían un sonido familiar.
Aquel lector me demostró que está haciendo justamente eso: estimular el oído. A veces, las interferencias de la vida cotidiana, los problemas o incluso el lenguaje técnico que usamos los columnistas hacen que la "frecuencia" no sea clara de inmediato. En ocasiones hay que "releer" la vida para entender lo que Dios nos quiere decir.
Jesús prometió: "Yo las conozco". Él sabe perfectamente el ritmo de comprensión de cada uno. No nos exige un doctorado en teología para seguirlo. Solo nos pide la disposición de aquel lector; es decir, la paciencia de volver a escuchar, de masticar el mensaje hasta que baje al corazón.

La noche cuando Samuel se confundió
La Biblia relata la historia de Samuel, un jovencito que trabajaba como aprendiz del sacerdote Elí. Una noche, mientras dormía, una voz lo llamó por su nombre. Samuel corrió hacia Elí pensando que el sacerdote lo buscaba. Esto ocurrió tres veces.
El joven estaba confundido porque aún no conocía a Dios de manera personal, ni se le había revelado su palabra. Confundió la voz divina con la humana.
Fue el sacerdote Elí —un hombre con la experiencia y los sentidos ejercitados en el discernimiento— quien se dio cuenta de lo que pasaba. Le dio instrucciones claras al joven: "Si te vuelven a llamar, decí: "Habla, Señor, que tu siervo escucha"".
El arte de escuchar la voz correcta
Samuel no tenía conocimiento teológico, pero le sobraba disposición y obediencia. Al cuarto llamado, respondió como Elí le enseñó. A partir de esa noche, aprendió a discernir la voz del Cielo y creció hasta convertirse en uno de los profetas más respetados de Israel. A veces, como a Samuel, nos hace falta un guía que nos ayude a entender que es Dios quien nos está buscando
Si hoy sentís que tenés que repasar tu vida (o esta columna) dos o tres veces para entender el mensaje de Dios, no te preocupes. Estás en el camino de Samuel. Lo importante no es entender a la primera, sino tener el corazón dispuesto a decir: "Habla, que tu siervo oye".
Estás afinando el oído. Jesús sigue caminando adelante, y su voz siempre se termina entendiendo cuando hay ganas de seguirlo.



















