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El derrocamiento de Yrigoyen

"Yo recuerdo que el presidente Yrigoyen fue el primer presidente argentino que defendió al pueblo, el primero que enfrentó a las fuerzas extranjeras y nacionales de la oligarquía. Y lo he visto caer ignominiosamente por la calumnia y los rumores. Yo, en esa época, era un joven y estaba contra Yrigoyen, porque hasta mí habían llegado los rumores, porque no había nadie que los desmintiera y dijera la verdad".

Juan Domingo Perón, 29 de abril de 1953.

¿Quién fue Hipólito Yrigoyen?

Nació el 12 de julio de 1852, fruto del matrimonio entre Martín Yrigoyen Dodagaray y Marcelina Alem. A los dieciocho años, el presidente Sarmiento lo nombró escribiente en la Contaduría General de la Oficina de Balances e Importación, y en 1872 fue designado comisario de Policía. En 1877 aprobó el tercer y cuarto año de la carrera de Derecho Civil y, si bien no existen constancias de sus estudios posteriores, se supone que los concluyó, porque se gestionó para él el cargo de auditor de Marina, para el cual era indispensable poseer título de abogado. Yrigoyen se afilió al Partido Republicano que dirigía Aristóbulo del Valle y fue elegido diputado provincial cuando contaba con solo 25 años.

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Entre 1880 y 1910, la figura de Julio Argentino Roca y el Partido Autonomista Nacional dominaron la escena nacional. El "Zorro" llevó adelante la llamada política del Acuerdo y la "alianza de los notables" para mantener el poder hegemónico —político, social y económico— en manos de la oligarquía. Yrigoyen, junto con otras personalidades como Leandro N. Alem y Bernardo de Irigoyen, entendió que la única alternativa posible para alterar esa situación era una revolución que permitiera tomar el poder. Desde allí, se provocaría una profunda transformación en el régimen electoral y se convocaría a elecciones. Invirtieron sus bienes personales para financiar los movimientos. La consigna era clara: producir una reforma electoral que garantizara la participación de todos, la limpieza del sufragio y la transparencia administrativa en el manejo de la cosa pública. A estas banderas adhirió la gran masa trabajadora de la Argentina.

Consecuentemente, se produjeron en esta etapa las revoluciones de 1890 —que provocó la caída de Juárez Celman—; la de 1893, siendo Yrigoyen presidente del Comité Central de la Unión Cívica Radical, y la de 1905.

Al asumir como presidente Roque Sáenz Peña en 1910, efectivizó un convenio con el radicalismo para evitar futuros levantamientos. Prometió una profunda reforma electoral que se llevó a cabo a través de la Ley Sáenz Peña, en 1912. Esta señaló el fin de una clase gobernante surgida hasta entonces entre los "notables".

La primera presidencia  

La fórmula radical Hipólito Yrigoyen – Pelagio Luna triunfó por escaso margen en 1916 y asumió con un Congreso Nacional dominado por la oposición. Etchepareborda sostiene: "En sus filas militaban miembros de todos los sectores sociales, desde el peón al estanciero, desde el proletario al comerciante, tanto el modesto empleado como el profesional liberal".

Se caracterizó por su personalismo, pero fue respetuoso de los derechos y de las libertades constitucionales. Dejó obrar con independencia al Poder Judicial y se destacó por su probidad en el manejo de los fondos públicos. La libertad de expresión fue respetada a ultranza. Nunca se arrestó a nadie por manifestarse, no se cerró ningún periódico ni hubo medidas coercitivas.

Yrigoyen se destacó también por su austeridad en la función de gobierno, en un tono contrapuesto a las presidencias que lo precedieron. Continuó viviendo en su modesta casa de la calle Brasil, utilizando los dos viejos vehículos que tenía la Presidencia, y su estilo de vida se mantuvo estrictamente sobrio.

La segunda presidencia

En las elecciones de 1922, el radicalismo triunfó con un margen mayor de votos, llevando a la Presidencia a Marcelo T. de Alvear. Durante su gobierno surgieron diferencias dentro del partido, que originaron tendencias internas: los personalistas o yrigoyenistas y los antipersonalistas o alvearistas. Sin embargo, la gran masa de radicales permaneció fiel al caudillo, e Yrigoyen obtendría entonces una importante ventaja en los comicios de 1928.

Asumió su segunda presidencia a los 76 años de edad y ya no tenía la vitalidad física y mental de otras épocas. Aun así, era el líder más importante dentro de su partido y a nivel nacional. En esta nueva oportunidad que le otorgó el pueblo argentino, debió enfrentar problemas distintos a los de su primera presidencia. Entre ellos, las tendencias internas del radicalismo, la política petrolera, la intromisión del Ejército en la vida política nacional y la crisis económica mundial de 1929.

Desde hacía unos años, en Europa habían nacido nuevas ideologías, a las cuales no fueron ajenas las Fuerzas Armadas y a las que adhirieron amplios sectores de las mismas. El nacionalsocialismo se hizo carne en los cuadros militares y basaba su crítica en el sistema democrático y el liberalismo político. A la cabeza de estos estaba el general José Félix Uriburu, quien expresó los objetivos de su movimiento: "Hacer una revolución verdadera que cambie muchos aspectos de nuestro régimen institucional, modifique la Constitución y evite que se repita el imperio de la demagogia que hoy nos desquicia. Haré un levantamiento trascendental y constructivo con prescindencia de los partidos".

Las acciones militares y el derrocamiento

Algunos medios periodísticos nacionales de la época realizaron una intensa campaña para desacreditar y debilitar al presidente, como ocurrió con el diario Crítica. A esto debió sumarse el hecho de que, desde mediados de agosto, la salud de Yrigoyen se resintió y debió permanecer en su domicilio. Los acontecimientos se precipitaron.

Aprovechando las circunstancias del momento, el 6 de septiembre de 1930 el general Uriburu encabezó una marcha desde el Colegio Militar de la Nación hasta la Casa de Gobierno, logrando el apoyo de distintos regimientos. El historiador Félix Luna expresaría sobre la intencionalidad de estos grupos levantiscos: "Querían liquidar al gobierno, liquidar al radicalismo, liquidar la Constitución. Ninguna concesión parcial los conformaría. La decisión estaba ya tomada. Y la ingenuidad o la deslealtad de algunos colaboradores de Yrigoyen les facilitaba estupendamente el camino".

Los insurrectos llegaron a la Casa de Gobierno, obligaron al vicepresidente Enrique Martínez a redactar su renuncia y comunicaron a la Corte Suprema su instalación. Esta consideró como "revolución triunfante" al golpe y reconoció al gobierno como "de facto". Sería un terrible precedente para la historia argentina.

Ese día, el Ejército atentó contra el sistema elegido por el pueblo argentino: un sistema sustentado en el sufragio universal y la democracia participativa. Rompió el orden institucional y dio origen a un período de la historia nacional signado por la interrupción del mandato popular y la violación de la Constitución.

La implantación del terrorismo de Estado

Los golpistas no consideraron el delicado estado de salud del presidente: Yrigoyen fue arrestado y, luego de pasar varios días en un buque de la Armada -el acorazado "Belgrano"-, lo trasladaron a la isla Martín García. No fue respetada su voluntad de exiliarse en Montevideo o quedarse en su casa de la calle Brasil. En 1932 rechazó un indulto presidencial. Volvió enfermo a Buenos Aires en enero de 1933, a su vieja casa de la calle Brasil, donde recibiría pocas visitas. Falleció la tarde del 3 de julio del mismo año. Sus últimas palabras fueron: "No quiero una gota de sangre, pero, si es posible, quiero la unión del partido". A partir de entonces, como dice Luna, "el pueblo se quedaría solo, sin una presencia que había parecido eterna".

La actitud de los vencedores no tenía precedentes en la etapa constitucional argentina: saquearon e incendiaron casas particulares, comités del radicalismo, confiterías céntricas de Buenos Aires y diarios como La Época y La Calle. Implantarían el terrorismo de Estado para mantener el control, que serviría de modelo a otros que los continuarían: Ramírez, Lonardi, Rojas, Onganía, Lanusse, Videla, Massera, Viola, Galtieri, etc.

El autoritarismo era la norma: encarcelaron a camaristas federales y jueces sin el cuestionamiento de la Corte Suprema, intervinieron la Universidad de Buenos Aires, se reprimió a las organizaciones obreras y se apresó y ejecutó a dirigentes. Militantes radicales fueron detenidos y expatriados o deportados al presidio de Ushuaia. El gobierno de Uriburu fue el primero en la Argentina constitucional en aplicar la tortura: la cuña, la silla, el balde, la picana. Procedimientos que para otros gobiernos se tornarían habituales. Una figura emblemática de la época fue el jefe de la Policía Federal, Leopoldo "Polo" Lugones (hijo), quien introdujo la picana eléctrica como método para obtener información.

Estos aventureros fascistas comandados por Uriburu, que intentaron formar un Estado corporativista, fracasaron por una oposición interna encabezada por el general Justo, quien triunfaría en las elecciones de 1932, implantando la conocida "Década Infame" en la Argentina.

(El autor es Miembro de Número de la Junta de Estudios Históricos del Chaco)

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