¿Treinta años no es nada?
Hay un par de rasgos, entre muchos otros, que parecen marcar -al menos a esta altura de los tiempos- a las dos contiendas electorales más importantes que viviremos el año que viene, la que tendrá en juego la presidencia del país y la disputa por la gobernación. Uno de ellos es que, por ahora, la pelea por la Casa Rosada aparece como una de las más inciertas desde el retorno democrático del ’83. El otro, que como pocas veces antes, el escenario provincial estará extremadamente ceñido al nacional.
Horizonte con neblina
En buena medida, la superpoblación de interrogantes sobre lo que podría pasar en 2027 a nivel país se alimenta de la inestabilidad emocional y política de Javier Milei, de la tormentosa interna del peronismo, de la incertidumbre acerca de cómo evolucionará la economía y de la volatilidad de la intención de voto de la mitad del electorado. Todo eso metido en el caldo de una sensación de frustración colectiva con la democracia, la licuación del peso de los partidos políticos y una exacerbación de los liderazgos personalistas.

Un indicador potente de las consecuencias de ese combo es que actualmente las figuras políticas con mejor imagen son, en las encuestas recientes, personalidades que en realidad tienen más imagen negativa que positiva, pero con brechas en rojo menos voluminosas que el resto. Traducido: ser el más aprobado, hoy por hoy, es ser el menos rechazado.
En la semana que pasó, entre otros sondeos, se conoció la Encuesta de Satisfacción Política y Opinión Pública, que realiza la Universidad de San Andrés, que midió los niveles de aprobación y desaprobación de 25 dirigentes. Si uno mira lo que surge de allí en relación con los dos actores principales, hasta ahora, de la campaña de 2027, se entiende más en qué clima se está jugando el partido. Javier Milei tiene un diferencial (la distancia entre imagen positiva e imagen negativa) de 28 puntos en rojo (33% de apoyo, 61% de rechazo) y Axel Kicillof muestra un diferencial, también negativo, de 22 puntos (36% de aprobación, 58% de imagen negativa).
En la volteada caen también Cristina Kirchner (-29), Mauricio Macri (-37), Sergio Massa (-44), Juan Grabois (-27), Elisa Carrió (-33) y Martín Lousteau (-35). No se salva ni el pastor evangélico Dante Guebel, con un diferencial rojizo de 29 puntos. Entre los peores observados están Máximo Kirchner (-51) y Guillermo Moreno (-47). La libertaria Lilia Lemoine y el trapecista Miguel Pichetto empatan en estruendosos -55 puntos. El panorama está tan carmesí que los "mejores" son otras figuras que también reciben más rechazos que aplausos, pero sin tanto déficit en el saldo. El podio tiene a la dirigente de izquierda Miryam Bregman (-9), Natalia de la Sota (dirigente peronista cordobesa, con -14, en parte ayudada por no ser una figura tan conocida a nivel nacional) y Patricia Bullrich (-19).
Momentos de la historia
Se parece mucho a cualquier fotografía de la era del "que se vayan todos", nacida al fragor del estallido de diciembre de 2001, que no por casualidad dio lugar a otra elección -la de abril de 2003- de pronósticos inciertos en los meses previos a su realización. En ella Carlos Menem buscó un tercer mandato, siendo el candidato más votado pero obligado a competir en un balotaje al que renunció, consciente de que en la segunda vuelta no iba a poder doblegar los niveles de rechazo que provocaba su nominación. Así liberó el camino de Néstor Kirchner (el segundo en aquellos comicios) hacia la presidencia, con el 22% de los votos. Menem había obtenido el 24%. Entre el primero y el quinto había una franja de apenas diez puntos porcentuales. Ése era el nivel de atomización.
¿La elección nacional del ’27 se parecerá a aquella? El contexto tiene en común la aridez de la situación económica, aunque la Argentina daba entonces señales de recuperación muy fuertes, al punto que Kirchner iba a conservar en la primera parte de su gestión al mismo ministro de Economía de Eduardo Duhalde, Roberto Lavagna. Pero era similar a hoy el descontento general con la clase política y con el funcionamiento institucional.
Días atrás, en la revista digital Seúl, el periodista Hernán Iglesias Illa habló de que, en cambio, el proceso electoral del año que viene podría tener más puntos de contacto con 1995, cuando Menem terminaba su primer mandato y se preparaba -Pacto de Olivos mediante- para buscar la reelección. Tras el éxito inicial del plan de convertibilidad diseñado por Domingo Cavallo, Menem afrontaba un cuadro desafiante. La recesión económica disparada por el "efecto Tequila" de la crisis mexicana, el altísimo nivel de desempleo (que superaba el 18%), una oposición dura que incluía a sectores del propio peronismo y una prensa crítica de sus extravagancias y escándalos de corrupción.
Las encuestas hablaban de una imagen positiva que había descendido al 30% y, ya llegando a las elecciones, de una altísima probabilidad de segunda vuelta que comprometía las chances de ser reelegido. En ese clima de malestar, el riojano acabó ganando en primera vuelta, con el 49,9% de los sufragios. José Octavio Bordón, del Frepaso, quedó en 29,3%. La UCR ocupó el tercer puesto, con la candidatura de Horacio Massaccesi, que cosechó un 16,9%.
En contra y a favor
Escribe Iglesias Illa: "Lo más probable es que varios factores hayan contribuido a la reelección de Menem: entre ellos, un premio electoral por haber terminado con la inflación, la potencia del voto histórico peronista y la falta de una alternativa opositora convincente. Algo que me sorprendió, sin embargo, de volver a mirar esos meses, es que al gobierno de Menem no le duró nada el envión electoral y un año después tenía apenas un 19% de aprobación, según Gallup. ¿Cómo puede ser esto posible? ¿Cómo puede un gobierno arrasar con el 50% de los votos y pasarse todo el mandato siguiente arrastrándose con índices bajísimos de popularidad? Porque la gente puede votar a favor de un gobierno a pesar de estar a las puteadas. En un paper posterior, la politóloga Nancy R. Powers mostró que, en encuestas cercanas a la elección de 1995, alrededor del 60% desaprobaba la política económica de Menem. Había quejas por el desempleo, pero también por los bajos salarios, la situación de los jubilados y la corrupción. Apenas un 30% aprobaba simultáneamente al presidente y a su programa económico. Esto significa, decía Powers, que millones de argentinos eligieron la continuidad sin aprobar el conjunto de la gestión económica".
Las situaciones no son totalmente asimilables, pero tienen algunas semejanzas. Milei está también frente a una pérdida importante de crédito político y su relación con la oposición y la prensa es pésima. Por el lado de las diferencias, Menem, hasta en los momentos de mayor desgaste, tenía la base de apoyo de la estructura oficial del PJ que amortiguaba golpes. Milei tiene como partido a una pyme política de tremenda inexperiencia, que no tracciona por sí misma.
Pero hay una coincidencia posible que considera el análisis de Iglesias Illa: el voto culposo que le dio la reelección a Menem. Las encuestas decían que solo unos tres de cada diez argentinos aprobaban su gestión, pero ganó con casi el 50% de los votos. Muchos recordarán la famosa broma en todas partes, al día siguiente de los comicios: preguntar a cualquier conocido "¿vos tampoco lo votaste?" La conclusión de muchos especialistas en opinión pública fue que hubo un aluvión de votos de personas que sentían culpa de apoyar la reelección pero lo hacían por no ver una opción mejor. Algunos lo llamaron "voto cuota", explicándolo con el miedo a que un cambio de gobierno provocara una devaluación que hubiera afectado a millones de familias endeudadas en dólares.
El "atrás"
La razón pudo haber estado en lo que arrojaban los estudios que de Nancy Power que cita el artículo. Sus encuestas habían medido que a la par de la mirada social crítica sobre las políticas de Menem había una tendencia también fuerte a no ver una alternativa confiable, traducia en un temor intenso a "volver hacia atrás", que en aquel momento era el pasado simbolizado por la hiperinflación de Raúl Alfonsín.
Hoy algunas mediciones muestran algo parecido. Un descontento que no se corresponde con un deseo simultáneo de rebobinar en la historia. Incluso relevamientos que registran un ansia de cambio, pero sin que eso implique la intención de regresar al kirchnerismo.
Es el desafío que los aspirantes a llegar al poder no pudieron resolver en el ’95 y que, quizás, sea el mismo dilema que deben desenredar ahora quienes ocupan el rol equivalente. Pero se da el curioso caso de que aunque la sociedad parece pedir a los gritos que cambien el gobierno y la oposición, ambos están lejos de darle el gusto.










