Hacia un mundo multipolar
Durante décadas, el orden mundial de la posguerra se apoyó en el derecho internacional, el multilateralismo y organizaciones como la Organización de las Naciones Unidas, con el propósito de establecer reglas comunes para limitar los conflictos y favorecer la cooperación entre los Estados. Sin embargo, en los últimos años, este modelo ha perdido capacidad para generar consensos y respuestas eficaces frente a los principales desafíos globales que plantea el siglo XXI. Según algunos expertos, el escenario internacional avanza hacia una estructura más fragmentada, caracterizada por la competencia entre grandes potencias y por la formación de distintas esferas de influencia.
El sistema creado tras la Segunda Guerra Mundial consideraba que los conflictos internacionales podían gestionarse mediante instituciones y normas compartidas, aunque en la práctica las grandes potencias actuaron siempre de acuerdo con sus propios intereses cuando las reglas existentes limitaron sus objetivos estratégicos. De este modo, el derecho internacional perdió, de alguna manera, parte de su capacidad para funcionar como referencia común, especialmente cuando los mecanismos institucionales carecen de instrumentos suficientes para hacer cumplir sus decisiones.
Por otro lado, la idea de muchos países de priorizar los intereses nacionales por encima de los compromisos multilaterales cuestionó los fundamentos sobre los cuales se construyó el orden internacional de las últimas décadas. En este escenario, medidas comerciales, arancelarias y financieras pueden convertirse no solamente en instrumentos económicos, sino también en mecanismos de presión política. Por consiguiente, la interdependencia económica, que durante mucho tiempo fue presentada como una vía para fortalecer la cooperación, se fue transformando en un factor de vulnerabilidad.
Esta situación quedó expresada con claridad en enero de 2026, cuando el primer ministro canadiense Mark Carney intervino en el Foro Económico Mundial de Davos. En su discurso sostuvo que el mundo atravesaba una ruptura y no una transición, al considerar que el antiguo orden basado en normas estaba perdiendo vigencia. Su planteamiento reflejó una preocupación cada vez más extendida entre los Estados que dependen de las instituciones multilaterales para proteger su soberanía y sus intereses. Además, Carney cuestionó la idea de que el sistema internacional anterior pudiera recuperarse simplemente mediante el regreso a las condiciones del pasado. Desde esta perspectiva, dijo, la nostalgia por el antiguo orden no constituye una estrategia suficiente para enfrentar la nueva realidad.
Por otra parte, estudiosos del tema coindicen en señalar que el desgaste del sistema no significa necesariamente el final de toda cooperación internacional. Más bien, puede representar el comienzo de una reorganización; y de este modo, por ejemplo, el predominio que Estados Unidos ejerció durante gran parte de la etapa posterior a la Guerra Fría se enfrenta actualmente a la creciente influencia de China, India y otros actores regionales. A medida que estas potencias amplían sus capacidades económicas, militares y tecnológicas, el poder mundial se distribuye de manera menos concentrada. Por ello, el escenario internacional tiende progresivamente hacia una mayor multipolaridad.
Pero la competencia entre grandes potencias puede dividir las relaciones internacionales en diferentes bloques y esferas de influencia. Las disputas comerciales, la carrera tecnológica y la competencia por el control de recursos estratégicos pueden aumentar las tensiones. Del mismo modo, el desarrollo de tecnologías como la inteligencia artificial introduce nuevas dimensiones de rivalidad, debido a que el dominio tecnológico puede traducirse en ventajas económicas, militares y políticas.
En este escenario, las potencias medias adquieren una importancia particular. Canadá, los países europeos, Japón y Australia, entre otros, no poseen individualmente la capacidad de competir en igualdad de condiciones con las principales superpotencias. Precisamente, Carney planteó la necesidad de una estrategia basada en alianzas plurilaterales que permitan responder de manera conjunta a las presiones económicas y geopolíticas.
Pero esta crisis del orden de la posguerra también plantea la necesidad de reformar las instituciones internacionales. El Consejo de Seguridad de la ONU, por ejemplo, enfrenta cuestionamientos relacionados con su representatividad y su capacidad para responder a los conflictos contemporáneos. Por lo tanto, preservar la cooperación internacional no significa necesariamente conservar intactas las instituciones existentes, sino adaptarlas a una distribución del poder diferente. El desgaste del sistema internacional basado en reglas no implica que las normas hayan dejado de ser necesarias. Por el contrario, demuestra la urgencia de construir mecanismos más legítimos, eficaces y representativos que permitan gestionar la competencia entre las potencias sin convertirla en una fuente permanente de confrontación.










