De la estrategia de San Martín a la autonomía de las naciones
¿De qué sirve que una nación sea jurídicamente independiente si ha perdido la capacidad de decidir por sí misma?
Esa es la pregunta que me llevó a volver sobre la figura de José de San Martin. La independencia de una nación no se agota en la declaración de un principio jurídico. Una bandera, un gobierno propio y el reconocimiento internacional son condiciones necesarias, pero no suficientes, para que un pueblo sea verdaderamente libre. La libertad política requiere algo más difícil de conquistar y, acaso, más difícil todavía de conservar: la capacidad de decidir por sí mismo.
Esta es, a mi juicio, una de las grandes lecciones que puede extraerse de San Martin. No la del héroe aislado de las circunstancias de su tiempo, ni la del instrumento ingenuo de una potencia extranjera, sino la de un estratega que comprendió que la política internacional está determinada por relaciones de poder y que una nación que aspire a ser libre debe conocerlas, utilizarlas cuando sea necesario y, sobre todo, evitar quedar sometida a ellas.
La paradoja de la libertad es precisamente esa: para conquistarla, muchas veces es necesario operar dentro de un sistema de poderes que no controlamos.
La cuestión decisiva no es si una nación se relaciona con las grandes potencias. Ninguna nación moderna puede vivir al margen del mundo. La cuestión es otra: ¿esas relaciones sirven a un interés nacional definido autónomamente o terminan convirtiendo los intereses ajenos en el criterio de nuestras propias decisiones?
San MartÍn y el mundo que le tocó enfrentar
La emancipación sudamericana no ocurrió en un vacío geopolítico. A comienzos del siglo XIX, el Imperio español atravesaba una profunda crisis mientras Gran Bretaña se consolidaba como una potencia naval y comercial de alcance mundial. La ruptura del monopolio comercial español ofrecía a los británicos enormes oportunidades económicas. Las frustradas invasiones de 1806 y 1807 habían demostrado, además, los límites de una estrategia basada en la conquista territorial directa del Río de la Plata.
En ese contexto, la expansión comercial, la diplomacia y la influencia podían resultar más eficaces que la ocupación militar.
El llamado Plan Maitland, elaborado alrededor de 1800, resulta particularmente sugestivo. El documento contemplaba una secuencia estratégica que incluía Buenos Aires, Chile, el cruce de los Andes y la proyección posterior hacia el Perú. Décadas después, la campaña de San Martín reproduciría varios de esos elementos esenciales.
La coincidencia merece ser estudiada. Pero de ella no se desprende que San Martin haya sido simplemente el ejecutor de un plan británico.
San Martin pasó por Londres antes de regresar al Rio de la Plata y se vinculó allí con círculos relacionados con la emancipación americana. Gran Bretaña tenía intereses propios en la caída del monopolio español. Los independentistas americanos tenían los suyos. Ambos intereses podían converger sin ser idénticos. Que una potencia extranjera se beneficie de un proceso histórico no significa que ese proceso haya sido creado exclusivamente para beneficiarla.
Las grandes potencias rara vez actúan por altruismo. Pero tampoco los pueblos que luchan por su independencia dejan de tener voluntad propia porque una potencia extranjera encuentre conveniente su victoria.
San Martin parece haber comprendido esa realidad. No necesitaba que Gran Bretaña fuera desinteresada. Necesitaba que, en determinadas circunstancias, sus intereses coincidieran con los de la emancipación americana. La diferencia es enorme.
Un estratega no pregunta primero si su aliado circunstancial comparte todos sus valores. Pregunta que intereses tiene, qué recursos posee, qué puede ofrecer y hasta dónde puede llegar la cooperación sin comprometer el objetivo propio.
Esa es la conducta que propongo llamar, en sentido amplio, realismo político sanmartiniano.
No porque San Martin fuera un teórico del realismo político contemporáneo, sino porque su conducta revela una concepción del poder que conserva plena actualidad: conocer la correlación de fuerzas, reconocer las propias limitaciones, aprovechar las convergencias y conservar la autonomía de decisión. La cooperación no es subordinación. La alianza no es obediencia. El pragmatismo no es renuncia a los principios.
Cuando la independencia exigió decir que no
La verdadera dimensión de San Martin no se revela solamente en sus victorias militares. También aparece cuando tuvo que decidir qué hacer con el poder que había construido.
En 1819, en medio de las guerras civiles que desgarraban a las Provincias Unidas, recibió la presión para utilizar el Ejército de los Andes en el conflicto interno. Su negativa es uno de los episodios más significativos de su trayectoria.
San Martín comprendía que emplear el instrumento militar creado para terminar con el poder español en una guerra entre compatriotas podía destruir el objetivo continental de la emancipación.
El Ejército de los Andes no había sido creado para garantizar el predominio de Buenos Aires sobre las provincias. Había sido creado para derrotar al poder colonial. Su concepción de la independencia estaba por encima de las facciones.
Y allÍ aparece el principio que interesa rescatar: la herramienta puede ser extranjera, el aliado puede ser poderoso y la coyuntura puede ser adversa; pero el objetivo debe seguir siendo propio.
Independencia no significa aislamiento
Esta es una distinción fundamental. Defender la soberanía no significa proponer el aislamiento. Una nación aislada no es necesariamente una nación soberana. Puede ser, simplemente, una nación débil. San Martin no fue un aislacionista. Buscó aliados, recursos, apoyo político y medios navales. Comprendió la importancia del comercio y de las relaciones exteriores. La lección no consiste en rechazar el mundo. Consiste en aprender a relacionarse con
el mundo sin dejar que otros definan por nosotros cuál debe ser nuestro destino. Una nación soberana puede establecer relaciones privilegiadas con otra, celebrar tratados, recibir inversiones, cooperar militarmente, desarrollar acuerdos comerciales y buscar asistencia financiera o tecnológica.
Nada de eso implica, por sí mismo, pérdida de soberanía. La subordinación aparece cuando la conveniencia de mantener una determinada relación se convierte en razón suficiente para sacrificar sistemáticamente intereses propios.
Cuando dejamos de preguntarnos qué conviene a nuestra nación y comenzamos a preguntarnos qué espera de nosotros la potencia con la que queremos mantener una buena relación, hemos comenzado a invertir la lógica.
La soberanía como capacidad de decisión
La independencia política tampoco significó automáticamente soberanía económica. Las nuevas repúblicas ingresaron a un sistema internacional en el que las grandes potencias poseían enormes ventajas financieras, comerciales y marítimas. El empréstito contratado en 1824 con Baring Brothers constituye uno de los primeros ejemplos de esa nueva realidad.
No sería correcto convertir ese episodio en una explicación total de la historia argentina posterior. Tampoco atribuir a San Martin la responsabilidad por decisiones tomadas después de su retiro. Pero sí permite observar una paradoja: una nación puede conquistar la independencia política y, poco después, comenzar a perder capacidad de decisión en otros terrenos.
El antiguo dominio colonial puede desaparecer mientras aparecen nuevas formas de dependencia. Por eso la soberanía no debería entenderse solamente como la defensa jurídica de las fronteras. Es también la capacidad de determinar qué relaciones internacionales convienen, qué recursos se consideran estratégicos, qué infraestructura debe protegerse, qué modelo de desarrollo se persigue y cuáles son los intereses que el Estado está dispuesto a defender.
En el caso argentino, esta cuestión adquiere una dimensión evidente en el Atlántico Sur, en las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur, en los espacios marítimos correspondientes y en la proyección antártica. La soberanía territorial no puede separarse de la capacidad estratégica.
Y la capacidad estratégica no consiste solamente en disponer de fuerzas armadas. También reside en la economía, la infraestructura, el conocimiento, la tecnología, la energía, los recursos naturales, la capacidad industrial y la inteligencia con que una nación administra sus relaciones internacionales.
Una lección para el presente
No podemos saber qué decisiones tomaría San Martín frente a los problemas del mundo contemporáneo. Sería una forma de apropiación política de su figura atribuirle opiniones sobre cuestiones que jamás pudo conocer. Pero sí podemos estudiar su método.
San Martín observaba el escenario internacional, identificaba las fuerzas que intervenían en él, reconocía sus propias limitaciones, buscaba las convergencias posibles y las utilizaba para alcanzar un objetivo que había definido previamente.
No confundía el instrumento con el objetivo. No confundía al aliado circunstancial con el dueño del proyecto. No confundía la necesidad de negociar con la obligación de obedecer. Esa puede ser su verdadera vigencia.
El mundo contemporáneo es mucho más complejo que el de comienzos del siglo XIX. La influencia ya no se ejerce solamente mediante ejércitos. También lo hace a través de las finanzas, el comercio, la tecnología, las cadenas de suministro, los recursos estratégicos, la información y la capacidad de establecer reglas internacionales.
Las formas de subordinación han cambiado porque también ha cambiado el mundo. Pero el problema fundamental permanece: ¿quién decide?
Una nación soberana puede equivocarse. Puede adoptar una política económica. equivocada, establecer una alianza inconveniente o interpretar mal el escenario internacional.
El error no constituye por sí mismo una pérdida de soberanía. Lo que compromete la soberanía es algo más profundo: perder la capacidad de decidir por cuenta propia.
Por eso la Argentina necesita una política exterior que no confunda inserción internacional con alineamiento automático, ni cooperación con subordinación.
No se trata de escoger amigos y enemigos permanentes. Tampoco de reemplazar una dependencia por otra. Mucho menos de abandonar el mundo o buscar una imposible autarquía.
Se trata de recuperar la capacidad de mirar el tablero internacional con lucidez, reconocer que todas las potencias persiguen intereses propios y, a partir de ese reconocimiento, definir los nuestros.
La paradoja de la libertad
La libertad de una nación no consiste en no necesitar nunca a nadie. Eso no existe en el mundo real.
Las naciones necesitan comerciar, negociar, asociarse, recibir inversiones, obtener tecnología, conseguir financiamiento y construir alianzas.
La verdadera libertad consiste en que esas necesidades no determinen por sí solas nuestras decisiones.
San Martin necesitó recursos que no podía producir por si mismo. Necesito apoyo internacional. Necesitó comprender las ambiciones de las grandes potencias de su tiempo.
Pero no convirtió esas necesidades en el propósito de su empresa. Su objetivo estaba definido antes que sus alianzas. Primero estaba la independencia. Después venían los medios para alcanzarla. Esa es, quizá, la diferencia entre utilizar el poder de otro y quedar subordinado a él.
La Argentina contemporánea no necesita reproducir las decisiones de San Martín. Necesita recuperar esa lógica. Puede ser pequeña frente a una gran potencia y, sin embargo, actuar con inteligencia. Puede ser económicamente dependiente en determinados aspectos y conservar márgenes de autonomía. Puede cooperar sin obedecer. Puede negociar sin someterse. Puede pertenecer al mundo sin dejar que el mundo decida por ella.
La independencia, entonces, no es un estado que se conquista una vez y para siempre. Es una capacidad que cada generación debe volver a ejercer.
San Martín no nos dejó únicamente un territorio liberado ni una página gloriosa de nuestra historia militar. Nos dejó, sobre todo, una demostración de que la política internacional debe ser comprendida desde la realidad del poder y que las circunstancias pueden ser aprovechadas sin convertirse en destino.
Una nación verdaderamente libre no es aquella que no depende de nadie. Es aquella que, aun necesitando de otros, conserva la capacidad de decidir por sí misma.
Esa es la paradoja de la libertad. Y esa es, también, la tarea pendiente de toda nación que aspire a ser verdaderamente soberana.
(El autor es ingeniero civil, escritor, ensayista)










